lunes, 30 de septiembre de 2024

MULTIÉTNICOS Y MULTISÓNICOS

LAS SEÑAS DEL MESTIZAJE

Siempre hemos sido multiétnicos en la Costa Chica. Y multisónicos, diría Higinio Peláez. O, ¿lo dijo Juan Morales? En ambos casos, o en uno solo, vale. Multisónicos y multiétnicos.


Ahora se agregó el concepto “multiétnica” a la caracterización oficial de la nación mexicana, la que hizo el Estado mexicano, a través del Gobierno y de los legisladores federales, en la reciente reforma constitucional sobre derechos humanos colectivos de los pueblos y comunidades indígenas y afromexicanas. Al respecto, J. Alberto González Galván apunta: «Se adicionó en el párrafo segundo que la nación es también “multiétnica”, lo cual refuerza el sentido del principio de la diversidad cultural mexicana con etnias, culturas y pueblos originarios, derivados y extranjeros». Es lo que se llama “reconocimiento” constitucional y se funda en la idea de que lo que no se nombra no existe; por ende, estas «etnias, culturas y pueblos originarios, derivados y extranjeros», ahora sí existen para el tal Estado de derecho, ahora somos legalmente más diversos. Idea falaz, claro, o inexacta, ésa, de lo que no se nombra no existe, porque, también, éstas “etnias” han sido fundadoras del Estado mexicano: desde hace siglos, desde hace miles de años, lo que ahora conocemos como Costa Chica ha sido un territorio en el que han existido y convivido diversas civilizaciones, pueblos y culturas, o “etnias”. Es decir, aunque no habían sido reconocidos por el Estado, en este territorio existían y transitaron o moraron, guerrearon y se aliaron, y dejaron sus huellas arqueológicas los olmecas, los teotihuacanos y los zapotecas (utilizo los nombres usuales en español, aunque provengan de lenguas pretéritas, por no conocer las originales), de acuerdo con datos de Aarón Arboleyda Castro, Elizabeth Jiménez García y Guadalupe Martínez Donjuán, aparecidos en el primer tomo de la Historia General de Guerrero. Época prehispánica. Arqueología-Etnohistoria, del INAH.

Veamos algunos datos. Con relación a los olmecas guerrerenses, estos investigadores hacen la acotación siguiente: «Debemos considerar como concepto “olmeca” a un sistema de representación, un complejo de rasgos formales que fueron plasmados en piedra, cerámica, madera, concha, etcétera, donde las formas y diseños iconográficos integran un sistema dual compuesto tanto por elementos naturales o reales como por sobrenaturales o entidades compuestas. En Guerrero, el material arqueológico de estilo olmeca parece haber estado vigente por un periodo de 800 años, iniciando quizás desde el año 1500 a. C. y ocurriendo en diversos puntos del estado». Y anotan dos nombres: San Luis Acatlán y Charco Ometepec; en ambos se encontraron objetos de estilo olmeca.

En el caso de los teotihuacanos, asientan: «Las estelas de Costa Grande y Costa Chica señalan una marcada influencia del Altiplano Central, posiblemente de Teotihuacan, pero la ejecución de estas piezas pudiera corresponder a la etapa final del periodo Clásico, cuando decae el control e importancia de Teotihuacán entre el 600 y 800 d. C. aproximadamente». Sobre los zapotecas, dicen: «La presencia zapoteca en Guerrero es clara, sobre todo en las regiones de La Montaña y Costa Chica, donde los materiales significativos son la cerámica y la iconografía plasmada en estelas. Durante el Clásico de Costa Chica, los objetos estudiados indican una relación más estrecha con Oaxaca que con el Altiplano Central. Los sitios con evidencia zapotecas son …Comaltepec, El Terrero [Cuajinicuilapa]… Piedra Labrada [Ometepec].

»Zapotecas y mixtecas determinaron en cierta medida sobre la vida de varios pueblos limítrofes de Guerrero, debido quizás a su presencia física. Tanto en Oaxaca como en Guerrero hay estelas lisas frente a patios y montículos; cerámicas Gris incisa, Rojiza-naranja y Policroma laca, presentes desde el Clásico hasta el Posclásico; también grifos y estelas hechos al estilo zapoteca; esculturas monolíticas; así como los soportes altos de vasijas, que tienen personajes y glifos que parecen haberse derivado del estilo zapoteca. La convivencia de rasgos teotihuacanos y zapotecas puede verse, por ejemplo, en Piedra Labrada [Ometepec], donde existen monolitos con relieves de personajes muy parecidos a Tláloc o Chalchiuhtlicue, de estilo teotihuacano, aunque los penachos de plumas que los decoran forman parte del dios Cocijo plasmados en urnas, deidad acuática zapoteca de la época clásica de Monte Albán. Las figurillas de barro hechas en molde, huecas, que representan deidades como Tláloc y Huehuetéotl, así como mujeres, ancianos, jaguares, ranas, pelícanos y otras aves marinas, fueron hechas en la Costa Chica, como se observó claramente en Ometepec». Esos restos arqueológicos sugieren el mestizaje de Teotihuacanes y zapotecas.

En el campo de la etnohistoria, Raúl Vélez Calvo menciona a los mixtecas, los amuzgos, los ayacastecas, los yope-tlapanecas como moradores del territorio desde la época precortesiana o precolombina o mesoamericana. Los mixtecas, plantea, en la Costa Chica estaban asentados al norte de los municipios de Tlacoachistlahuaca, San Luis Acatlán y Ayutla; también dice que en Cuahuitlán (cercana al actual municipio de Cuajinicuilapa) se hablaba la lengua mixteca. De los amuzgos escribe que habitaron los actuales municipios de Ometepec, Igualapa, Xochistlahuaca y Tlacoachistlahuaca; y que fundaron Xochistlahuaca, Cozoyoapan, Cochoapa, Zacualpan, Huehuetónoc, Tlacoachistlahuaca, Ayotzinapa, Cuananchinicha, Huixtepec, Acatepec, Acalmani, Quetzalapa, Chalacachapa y otros pueblos más en Igualapa y Ometepec.

Sobre los ayacastecas refiere: «El ayacasteca o, más propiamente, ayacachteca, fue un grupo que tuvo un asentamiento no muy extenso pero sí importante, tanto es así que una porción de la Costa Chica colindante con el estado de Oaxaca recibió la denominación de Provincia de Ayacachtla. Ello se debió, seguramente, al hecho de que este grupo dominó a sus vecinos de otras etnias». Se asentaban en Ometepec e Igualapa, apunta, y menciona: «En las Relaciones del Obispado de Antequera se menciona que eran pueblos de las Provincias de Ayacastecas Igualapa, Tlacolula, Ometepec, Cuahuitlán y Azuyuqi; no así las estancias de Ometepec, que Pertenecían a la Provincia de Amuzgos».

En el caso de los yopes-tlapanecas explica que: «Por varios documentos del siglo XVI sabemos que la lengua yope y la lengua tlapaneca eran una sola. La diferencia entre ambos grupos era, al parecer, únicamente su asentamiento geográfico y, quizá, su tipo de señorío jurisdiccional… Los yopes habitaban el territorio de Yopitzinco, que abarcaba los actuales municipios de San Marcos y Tecoanapa, así como pequeñas porciones de los municipios de Ayutla, Acapulco, Juan R. Escudero y Quechultenango. Por su parte, los tlapanecas estaban asentados en una gran parte de lo que a la llegada de los españoles era la Provincia Tributaria de Tlappan (hoy Tlapa) y que comprendía los municipios de Malinaltepec, Tlacoapa, Zapotitlán Tablas y Acatepec. Ocupaban también porciones de Atlamajalcingo del Monte, Atlixtac, Metlatónoc, Tlapa, Xalpatláhuac, Ayutla, San Luis Acatlán y Quechultenango».

Vélez Calvo también registra las incursiones guerreras nahuas: «Otro asentamiento nahua fue una franja ubicada en la Costa Chica con pueblos dispersos dentro de los municipios de Ometepec, Igualapa, Azoyú, Copala, Cuautepec, Florencio Villarreal, Ayutla, Xochistlahuaca y, quizá, Cuajinicuilapa». Anota que Netzahualcóyotl y sus ejércitos incursionaron este territorio: «…en el año 4 calli o 4 casa (1457), por el sureste, por la Costa Chica de Oaxaca se adentra a la de Guerrero con sus ejércitos divididos en dos frentes: uno, el del norte, siguió la ruta de Ayacachtla … El frente que recorrió la ruta sur tocó Cuahuitlán (Cagüitán, Oax.), Huehuetlán (Huehuetán, municipio de Azoyú), Atozyuc (Azoyú), Cuauhtépec (Cuautepec), Xochitonalla y Ayotlan».

Agrega, además: «La Relación de Xalapa, Cintla y Acatlán afirma que “antiguamente, antes de la venida del Marquéz, […] (Ayutla) era de Moteuçuma […] y que todos los d[ic]hos pu[ebl]os que tiene declarados le daban este tributo antiguamente, cada seis lunas”. Los pueblos a que se refiere son todos los incluidos entre Ayutla y Cuahuitlán. Los nativos de éste último pueblo se muestran muy poco precisos y declaran que “fueron antiguamente estos pueblos, o los indios de él, sujetos a Montezuma”». En el Códice Azoyú se refiere que en el año 1461 (ocho viento, del calendario tlapaneca) se inicia el dominio azteca de Tlachinoltípac sobre antiguo de Tlachinollan (hoy Tlapa).

Es decir, el territorio de la Costa Chica, visto desde ahora y nombrado con conceptos actuales, desde hace siglos ya era plural, diverso, multicultural, pluricultural, intercultural, etcétera. Y, con el paso del tiempo, esa pluralidad se ha ensanchado, con los europeos mediterráneos, con los subsaharianos, con los asiático-pacíficos, fundamentalmente. Es decir, esa realidad ya existía desde antes de que los países capitalistas inventaran esas políticas públicas de la inclusión, concretadas a partir del Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo, al que se adscribió el Senado mexicano en 1990, dándole rango de ley constitucional, y que implica, entre otras concesiones,  “reconocer” a las minorías raciales o étnicas. Y esas políticas de la inclusión derivan en la justificación de que esas minorías, indígenas y afromexicanos, por ejemplo, ahora “ya existen, ya están reconocidas constitucionalmente, ya tienen derechos humanos específicos”, pero, con ello, no se resuelven las problemáticas que hacen posible y perpetúan su pobreza, su marginación, su exclusión, su racialización, como ha ocurrido en el país los últimos cinco años, después de la reforma constitucional de 2019, porque la mera “inclusión” y el mero “reconocimiento” fueron una victoria de papel, de la que sólo se beneficiaron sectores de la élite de los tales movimientos “indígenas” y “afromexicanos”. Al final, creo que Andrés Manuel tiene razón: todos los derechos para todos. A fin de cuentas, siempre hemos sido multiculturales y lo seremos, al margen o incluidos. Lo que falta, es la justicia para nuestros pueblos y comunidades que ahora llaman “indígenas” y “afromexicanas”, como entes separados, siendo que, en los últimos cinco siglos, hemos sido lo mismo: hijos de un mestizaje que fue uno y que, durante esos siglos, lo sigue siendo, pero ya otro, porque éste es un proceso interminable, de encuentros y desencuentros, de amores y desamores, de pliegues y repliegues, de lo propio y lo ajeno, de lo igual y lo distinto, de lo fino y lo grotesco, de la violencia y de la amistad, de lo indómito y de lo hospitalario, de lo sagrado y de lo profano, de la alegría y de la tristeza, de indios y de negros. No me apresuren, pero, somos afroindios, y mexicanos, fundamentalmente, acá, en la Costa Chica. O algo así.

Ahora, escuchemos tocar y cantar a Los Multisónicos en su “Cuarto fandango costeño”, y bailemos, que la vida es breve y aleve: «Parece ballena/ parece elefante/ un rinoceronte/ Parece un bombón». ¡Voy polla!

AÑIDIDO:

En el censo del último año [1791], casi todas las personas de origen africano fueron clasificadas como pardos, es decir, que eran resultado de un mestizaje más complejo del que había cuando se hizo el conteo a mediados del siglo XVIII en que fueron mencionados como mulatos. Los afrodescendientes tixtlecos habitaban en 108 de las 335 casas que había en el pueblo. La mayoría residía en vivienda propia, en algunas compartían con varias familias, en otras estaban como sirvientes y en una había un hombre y tres mujeres esclavizados. Era una población principalmente urbana, pues en la hacienda y ranchos de la cabecera sólo habitaban 39 personas de origen africano. Los indígenas, por el contrario, residían principalmente en el área rural, en la cabecera de Tixtla sólo ocupaban 21 casas y en otras 15 cohabitaban con personas de otros grupos: en tres con españoles, en 11 con mestizos y en cuatro con pardos. La distribución de casas que muestra el padrón permite vislumbrar que había coexistencia entre los diferentes grupos, pues las viviendas de los pardos se intercalaban con las de españoles, mestizos e indígenas, aparentemente, sin problema. Pero no era así en la calle Real ni en la de Miranda, que por el orden del censo eran las más importantes, pues en éstas residían sobre todo españoles que eran funcionarios, curas, comerciantes, propietarios de haciendas o dueños de atajos de mulas, entre otras ocupaciones que indicaban que eran las principales familias del pueblo social y económicamente. Por otro lado, casi todos los afrodescendientes que vivían en Tixtla eran nativos del lugar, sólo encontramos una persona procedente de Amilpas Cuautla, así como una familia  de cuatro mulatos que llegaron de Guamantla. Cabe mencionar que, en el censo, los apellidos de pardos, en su mayoría, no coincidían con los de las familias de otros grupos y, respecto a las relaciones maritales, se pudo observar que los matrimonios de afrodescendientes con españoles e indígenas eran escasos. Lo más habitual era que se casaran con mestizos y entre sí. En el primer caso, hemos identificado 20 uniones de hombres pardos con mujeres mestizas y 14 de pardas con mestizos, mientras que matrimonios en los que ambos contrayentes eran afrodescendientes se contabilizaron 25. La frecuencia de uniones de individuos de origen africano con mestizos permite apreciar que, en Tixtla, el “mestizaje” en el sentido amplio y pluriétnico del término era común y se puede pensar que varias personas clasificadas en los registros de la época como mestizas, en realidad, eran afrodescendientes.

[Tomado de “Vicente Guerrero: Lo cierto e incierto de un insurgente de origen africano”, de María Teresa Pavía Miller]


(28 de septiembre de 2024)

sábado, 21 de septiembre de 2024


DE LO 
AFROMEXICANO A LO AFRICANO

(21 de septiembre de 2024)

En la página Vidas afrodescendientes. Experiencias de vida en el periodo novohispano (1521-1821) del sitio Memórica México, del gobierno federal, se lee: “En lo que respecta al periodo colonial (1521-1821), las regiones de procedencia y embarque de africanas y africanos hacia América fueron cambiando conforme las potencias europeas extendieron su control a distintos puntos del continente, estableciendo factorías y puertos desde los cuales embarcaron a las personas esclavizadas”. Aunque este discurso se refiere a la condición de personas (humanos, no animales) de esas africanas y africanos, ya no, “esclavas”, como se les denominaba antes de lo políticamente correcto, sino “esclavizadas” (es decir, que no eran esclavas per se, por haber nacido así o porque esa fuera su condición natural o normal, sino que lo fueron por alguna violenta acción externa, la cual no se menciona, a pesar de que se sugiere al hablar del control de las potencias europeas, quienes las “embarcaron”), se omite que la mayoría fueron secuestradas y comerciadas por sus propios paisanos o por los portugueses, holandeses, franceses o ingleses. Pero este sesgo es menor si pensamos en que se inicia a contar esta historia ubicándolas como esclavas o esclavizadas (para el caso es igual), como si individualmente no tuvieran historia ni, tampoco, la tuvieran sus pueblos y civilizaciones a las que pertenecían. Es decir, el punto cero de este inicio es que nuestros antepasados africanos eran esclavos, que descendemos de esclavos. Hace años, el gobierno federal, en complicidad con el estatal y el municipal, promovió la ubicación de una placa de memoria de la esclavitud en Cuajinicuilapa, tal vez para que nos convenciéramos de que descendemos de esclavos, de bozalones, de piezas de ébano, de bestias de carga, de animales y no de personas, no humanos, no seres racionales, no civilizados, no personas dignas, de personas no dueñas de su ser y su hacer…

Y en la introducción de ese expediente de Memórica México tampoco se utiliza la palabra “negros” para referirse a esas personas antepasadas nuestras. Cuando menos dos de los libros de uno de los estudiosos que con mayor rigor ha estudiado estos temas, Gonzalo Aguirre Beltrán, sí utilizan este término: La población negra de México y Cuijla. Esbozo etnográfico de un pueblo negro. Negros somos. Bien lo definió nuestro tata principal Álvaro Carrillo: “Soy el negro de la Costa/ de Guerrero y de Oaxaca”. Este término se utiliza entre nosotros para aludir al color de la piel. En ese sentido hablamos aquí; no, como un concepto expresamente político, de reivindicación o de lucha; al menos, no todavía.



Nuestra historia, la de los negros de la Costa Chica, inicia con la esclavitud, nos dicen. Descendemos de esclavos, insisten; que venimos de personas consideradas como bestias, como animales —nos han enseñado—, quienes no eran dueños de sus personas ni de su fuerza de trabajo (en minas, haciendas y trapiches), la que, desde mediados del siglo xvi, abonó sustancialmente al amasado de grandes fortunas, es decir, nuestros antepasados negros contribuyeron a que la economía de la Nueva España fuera relevante en el mundo, para beneficio de los colonizadores europeos. Además y, nada más ni nada menos, estas personas, nuestros antepasados negros, a partir de ese tiempo, contribuyeron a repoblar ese territorio, dado que las civilizaciones y los pueblos originarios, mesoamericanos (también, nuestros antepasados), fueron grandemente diezmados por la explotación de su mano de obra, por parte de los colonizadores, por epidemias como la viruela y el sarampión y por el choque cultural al ser sus múltiples fuerzas espirituales derrotadas, a través de una cruenta guerra, por ese ciego y vengativo Dios católico, apostólico y romano. Desde esa época, los mestizos pobres (producto de las mezclas entre peninsulares e indígenas) y los zambos o zambaigos (de la mezcla entre indígenas y negros) y sus múltiples mezclas acrecentaron la población de la Nueva España, la repoblaron.

En la reciente reforma al artículo 2º de la Constitución Política, a fin de reconocer a pueblos y comunidades indígenas y afromexicanas como sujetos de derecho público, con personalidad jurídica y patrimonio propio y con respeto irrestricto a sus derechos humanos, se lee: “Los pueblos y comunidades afromexicanas se integran por descendientes de personas originarias de poblaciones del continente africano trasladadas por la fuerza, asentados en el territorio nacional desde la época colonial, con formas propias de organización social, económica, política y cultural, y que afirman su existencia como colectividades culturalmente diferenciadas”. Tampoco aquí, ni el Ejecutivo ni el Legislativo aluden a esas civilizaciones y culturas africanas antepasadas nuestras, sino que se hace un corte y hacen iniciar ésta, nuestra historia, “en el territorio nacional desde la época colonial” y, aunque no se refieren a la esclavitud o a la esclavización, sí se dice que fueron “trasladadas por la fuerza”, enunciado esto de manera timorata, omitiendo nombrar que fueron secuestradas y vendidas, en innumerables casos.

Nicolás Ngou Mve escribe: “En efecto, desde el siglo xv hasta la actualidad y, probablemente, para la eternidad, gracias al expansionismo europeo, África se colocó en una comunicación directa con Europa y con América, al otro lado del Océano Atlántico, a través de lo que se ha denominado el comercio triangular, es decir, la circulación directa y el intercambio entre estos tres continentes. Durante muchos siglos, nada ha escapado de estos movimientos e intercambios: ni los bienes, ni las personas, ni las culturas”. A partir de esta premisa, este estudioso pregunta, al referirse al rechazo de los africanos a la esclavitud en la Nueva España: “Porque el cimarronaje es la única actividad en la que los negros tuvieron la iniciativa a la que los españoles tuvieron que reaccionar. Pero, ¿cómo entender estos movimientos y sus autores, sus orígenes y sus objetivos y su funcionamiento si ignoramos a África?”. Es decir, propone que, para conocer la historia de los negros y sus descendientes en la Nueva España y, por ende, en el México actual, debemos escudriñar y conocer las civilizaciones y culturas de donde provenían nuestros antepasados (desde antes de ser secuestrados, vendidos y esclavizados, por cientos de millares) a través de un enfoque triangular: “Por lo tanto, el enfoque triangular se define como un método global y multidisciplinario, cuyo campo histórico parte del siglo xv y aborda la sincronía de las circulaciones y de las interacciones generadas desde entonces entre los tres continentes del Atlántico. En ese sentido, conecta la historia de los pueblos y las culturas de África con la trata negrera atlántica (siglos xv y xvi); esta trata, con la esclavitud de los negros y con la colonización del continente americano; esta colonización con el auge de las economías europeas; y este auge con el estado actual de las sociedades, de las culturas y de las economías de Europa, África y América. Del mismo modo que no puede entenderse América sin Europa y África, ni África sin América y Europa, ni esta última sin África y América. Así son las cosas desde el siglo xvi”.

Ngou Mve, una vez que plantea esto, enuncia su propósito al utilizar este método: “…el enfoque triangular quiere poner a África en el centro de las circulaciones atlánticas del siglo xxi; para ello, invita, primero, a restituir al continente africano este protagonismo que tuvo en el proceso de globalización comenzado en el siglo xvi”. El cimarronaje fue “una forma de resistencia típicamente africana —ejemplifica, para fundar su idea del protagonismo—, agresiva, vehemente e invencible: el kilombo de los Imbangala. Así, un puñado de guerreros podía llegar a enfrentar y vencer a los ejércitos regulares. Este método fue trasplantado en América… Los negros cimarrones no eran meros esclavos escapados: los fugitivos no hacen ruido, se esconden; pero los cimarrones de Panamá, de México, de Colombia, de Santo Domingo, de Jamaica, de Cuba, de Venezuela o de Brasil eran mucho más que simples fugitivos, no se escondían. Actuaban, atacaban y conquistaban su libertad con las armas en mano”. Pienso, aquí, en las luchas de Yanga y Francisco de la Matosa, en la zona de Perote, Veracruz, y en la de las huestes del negro independentista Vicente Guerrero y su subalterno Pedro de Algeciras en lo que ahora es la zona norte del estado de Guerrero; en ambas, los negros estuvieron acompañados por mestizos e indígenas y otros individuos de los “confinados” en castas por los españoles: lo que los unía era ser excluidos, marginados, explotados y empobrecidos por estos. Hay una línea que puede trazarse, observando la lucha de los guerrilleros negros en la Nueva España, la que Morelos llevó a formas de organización militares excelentes, controlando gran parte del territorio: inicia en las rebeliones del siglo xv y concluye con el pacto que la independiza, en 1821.

Ahora, en esta reforma constitucional se reconoce ahora que la nación mexicana también es multiétnica, además de ser pluricultural (como ya se reconocía, a partir de la reforma de 2019). Hay una idea que leí en textos de Enrique Florescano y de Luz María Martínez Montiel, la de la escritura de una historia mexicana, desde las instituciones del Estado, en la que se incluyeran las de los pueblos y civilizaciones mesoamericanas (mixteca, amuzga, zapoteca, yopime, nahua, tlapaneca, etc., en el caso de la Costa Chica). A ella hay que sumar la idea de Nicolás Ngou, que incluye la historia de los pueblos y civilizaciones africanas (bantús, congos, yorubas, guineos, mandingas, angolas, cafres, etc.); además, claro está —agrego— la de los pueblos y civilizaciones mediterráneas (occidente-oriente: griegos, fenicios, romanos, árabes, castellanos, hispanos, etc.) y asiático-pacíficas (filipinos, malayos, etc.). Pero, por ahora, con urgencia, el conocimiento de lo africano es necesario entre nosotros, para restituir esa historia; no, la que inicia en la esclavitud, como se pretende, sino la que inicia con pueblos y civilizaciones sofisticadas (como los reinos Buganda, Ruanda, Burundi, Vungu, Zimbabwe, Congo, Bungu, Matamba, Loango, Ngoyo, Kakongo, Ndongo, Loango, Congo, Ma-koko, etc.), cuyo legado está entre nosotros (la religiosidad, la “tarea” de transmitir la sangre de una generación a otra, la pulsión hacia la autonomía, la vital “filosofía” del ser y del actuar, de asumirse como responsable de uno mismo —tal el existencialismo francés— por ejemplo, o en plantas como la jamaica, la sandía, el café congo u okra, etc.). Muchos veneros alimentaron nuestra cultura, están en nuestra historia, ocultos: hay que descubrirlos. Ya lo dejó por escrito Gonzalo Aguirre Beltrán: no podemos conocer y entender nuestro país si no conocemos ni incluimos la historia de los negros (y mulatos, zambos, zambaigos, morenos, prietos, etc.) y su contribución a la economía, a la política, a la religiosidad, a la música y, en suma, a la cultura mexicana, a lo largo de los últimos cinco siglos.



No somos viles e indignos por tener una gota de sangre africana en nuestras venas (como sostenía la ideología colonial): somos personas dignas, y detrás nuestro hay infinidad de personas y de culturas, de historias: somos mestizos, productos de relaciones históricas provocadas por el encuentro de esa multitud, de esas multitudes, entendido el mestizaje no sólo como una relación de dominación y sometimiento, sino como “ese movimiento que consiste en acoger lo que no viene de nosotros, sino de otra parte: la lengua y la cultura de los otros, que al comienzo nos parecen extranjeros y luego, progresivamente, van a engendrar un sentimiento de extrañeza. Acoger al otro sin tratar de retenerlo (como la pasión amorosa), mucho menos de apropiárselo, es lo propio del diálogo, de la entrevista, sin los cuales no se concibe cómo podría corporeizarse una relación mestiza… No hay mestizaje sin don, sin amistad, sin confianza, lo que en modo alguno significa ausencia de conflictos… comprensión hecha de proximidad y de distancia, de fuerte implicación, pero, también, de discreción… de fraternidad inventada, fraternidad de aquellos que no necesariamente nacieron en la misma cultura, la misma lengua, ni comparten las mismas costumbres… entre varios, sin que haya una relación de subordinación”, como escriben François Laplantine y Alexis Nouss.

Hablemos ahora de nuestra dignidad.

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