lunes, 3 de marzo de 2025

Suspiro con tiranía

[Cimarronaje, en la copla de mujeres]

Soy cáscara sin olor

y a ninguno le doy tufo.

Quien quiera tener mi amor

debe saber que es un lujo.


Copla de la tradición versera

Sumisión y rebelión

La presencia de los africanos en México está ligada a la violencia. Arrancados de sus culturas, sus familias, sus territorios y sus personas, los africanos fueron esclavizados y reducidos a la condición de mercancías, de cosas. Este proceso de esclavización se basó en la fuerza bruta, utilizó la violencia, la guerra, para capturar hombres y mujeres que sirvieran como fuerza de trabajo en las plantaciones de caña de azúcar, de tabaco y algodón, en las minas y los obrajes, en la cría de ganado, en las casas de los europeos, etc.

Desde los inicios de la Colonia en la Nueva España, los africanos esclavos tuvieron dos modos de asumir la sujeción: la sumisión o la rebeldía. Los europeos poderosos tenían como esclavos acompañantes a negros autorizados para portar y utilizar armas en defensa de su amo. Los esclavos domésticos, sobre todo, se asimilaron a través de la servidumbre y, en ocasiones, pudieron obtener su libertad como dádiva “cristiana” o comprándola con oro. En las ciudades, los esclavos se rebelaron contra los españoles (para ejemplo, el alzamiento de 1537 en la ciudad de México, que fue reprimido a sangre y muerte por órdenes del virrey Antonio de Mendoza); y en las zonas rurales, la huida y las rebeliones fueron más frecuentes.

Aunque muchos investigadores niegan el fenómeno y pretenden “desmitificarlo”, el cimarronaje fue decisivo para la conformación de las actuales comunidades afromexicanas de la Costa Chica de Guerrero y de Oaxaca, según puede fundarse en las investigaciones de Aguirre Beltrán; independientemente de que el fenómeno se puede documentar y constatar sin refutaciones en la historia de Yanga (primer palenque o quilombo donde los cimarrones lograron negociar con la autoridad colonial y obtener tierra y libertad) o la ciudad de Córdoba (creada con el propósito de combatir a los cimarrones). Además, Huatulco, Coyula y Huaspaltepec (en Oaxaca) y La Sabana (en Guerrero) son nombres ligados al cimarronaje. Por otro lado, las cien familias de negros que trajera don Tristán de Luna y Arellano a esta zona de la Costa Chica, “recobraron” y ejercieron su libertad al vivir casi sin sujeción.

Los modos de la independencia

En la copla popular de la Costa Chica es posible encontrar rastros del cimarronaje, huellas de las actitudes libertarias e independentistas de los individuos que preferían la huida y sus riesgos y sufrimiento antes que la esclavitud, que luchaban por su dignidad. Valores como el gusto, el orgullo, la insolencia lo igualado son ejemplos que denotan conductas independientes, de la capacidad de los actuales afromexicanos para asumir la responsabilidad de su persona; son valores que denotan la actitud de resistencia, de rebeldía, ante la intromisión y la imposición de extraños y ajenos; su dignidad. Lo más revelador del asunto es que tales valores no sólo competen a los hombres, como generalmente se piensa, sino que son vividos y expresados por las mujeres. En ese sentido, conviene resaltar que en una zona pluricultural como la Costa Chica, donde conviven mixtecos, amuzgos, nahoas, afrodescendientes y mestizos, las mujeres negras (incluso casadas, aparentemente sujetas a un hombre) tienen y se les atribuyen y reconocen, por propios y extraños, conductas “hombrunas”, como la ejecución de trabajos pesados, el montar a caballo (como puede observarse cada año en la fiesta de Las Capitanas), el gusto por bebidas alcohólicas y el baile; además de actitudes de independencia y autonomía, de atrevimiento, de intrepidez y liberalidad, de autosuficiencia, de desinhibimiento, de dignidad.

Las coplas analizadas y comentadas aquí se recogieron en Cerro de las Tablas, Comaltepec, Cuajinicuilapa y San Nicolás, en el estado de Guerrero, y fueron referidas por mujeres, algunas ya fallecidas, como Constancia Mamatancha Jarquín, Tía Nina Figueroa, doña Amada Chegüe y doña Catalina Bruno; y otras que todavía andan por esos rumbos diciendo sus versos, como doña Berta Calleja.

En general, las coplas (nombradas entre nosotros versos) son formas versificadas de origen español, con un acentuado uso de imágenes: es una poesía muy visual cuyas coplas frecuentemente inician con imágenes varias, para luego derivar en el asunto, siendo éste muchas veces una reflexión, un consejo, una experiencia, un requerimiento, un reproche, un insulto, etc.

El gusto

Este concepto se refiere a la pasión con que se toman las decisiones personales, al ejercicio de la voluntad para vivir según los principios individuales, con dignidad, independientemente de las consecuencias que vengan, asumiéndolas, incluso, en su vertiente negativa.

Corazón, que por un bien

anda mi amor en disgusto,

corazón, paciencia ten,

tú quisiste, fue tu gusto

de amar sin saber a quién

y es causa de tu disgusto.

El verso tú quisiste, fue tu gusto es significativo, pues la voz que conversa con su corazón le pide que acepte las consecuencias por haber amado y seguir lastimado por el amor trunco o fracasado, por la falta de correspondencia, siendo que hizo su gusto, lo que se le dio en gana y, en esencia, esa decisión por sí misma vale la pena y justifica la conducta tenida.

—Vámonos chinche, al piquete,

le dijo la pulga al piojo.

—Contigo me he de casar,

y no le hace que seas flojo.

En esta copla, además de que la protagonista pretende hacer su gusto al casarse con hombre flojo, toma la iniciativa al ser ella quien actúa. Y el ejercicio de la voluntad, según el gusto, se aleja del capricho, porque se asume sin tibiezas las consecuencias visibles y posibles (en este caso, la condición de flojo del doncello púbero, y la consecuente ausencia de maíz para las tortillas porque, de seguro, ni milpa hace el hombrecito, aunque, y de muy seguro, sea bueno para hacer tronar el catre talámico).



El orgullo

Ligado al gusto, el orgullo es su consecuencia inmediata, condensa la satisfacción que proporciona, y coloca al individuo o la individua en una posición moral invulnerable, puesto que se hizo lo deseado y se asumieron las consecuencias por ello.

Yo soy la hija de Adán,

la que nació por entojo.

Quisieron formarme un plan

pero se picaron ‘l’ojo.

Como soy de Huehuetán,

no sudo ni me acongojo.

No sudo ni me acongojo, decía doña Amada Chegüe, y en esa línea podemos ver el cuerpo del orgullo. Aunque más parece hija de Zeus Tronante, la protagonista de la copla hace su gusto desde antes de existir: nació por decisión y antojo propio; y los enemigos no la vulneran, ante ella se pican el ojo.

Subí a la punta del palo

a divisar pa’l rincón.

Mi negrito es muy bonito

como una flor de algodón,

yo no dejo de quererlo

hasta botarlo al panteón:

primero le echo la tierra,

luego le pido perdón.

En los terrenos del amor ocurre lo mismo: aunque la amada diga amar a su negrito muy bonito para toda la vida, no está dispuesta a sojuzgarse, a pedirle perdón (el motivo poco importa), excepto ante su muerte. El orgullo, esa independencia moral, esa dignidad a ultranza, lleva a la coplera a rendir cuentas sólo a sí misma y, en caso extremo, a su amado muerto, es decir, a La Muerte. Es curiosa la comparación/contraposición que ella hace entre su amado y la flor de algodón: dicotomía: blanco/negro; similitud: negro amado = flor preciosa (y preciada, si tomamos en cuenta que hasta principios del siglo xx la Costa Chica fue zona algodonera). Pero el orgullo también puede pasar al desprecio del otro, del ajeno, y ser hostil:

¡Quítate de aquí pelón,

repelón de mis quintales!

Ya no cortan tus tijeras

ni arrempujan tus dedales.

Valerás para quién quieras,

pero para mí no vales.

“Es que me andaba chinga y chinga, puro detrás de mí”, dice Mamatancha para contextualizar la copla que compuso a un comaltepeco que la acosaba; desde entonces, dice, dejó de pretenderla con desmesura. Ser podedor podedora es la condición de él o de ella, quienes actúan con orgullo y se jactan de su conducta.

Me quisiste, yo te quise.

Me olvidaste, te olvidé.

Buscaste nuevos amores,

y yo, sin buscar, jallé.

Y lo que en los dos primeros versos de doña Cata parece igualdad entre los amantes desamados, se convierte, al final, en jactancia de ella: Yo no busco, yo encuentro, podría leerse; yo no ando necesitada, yo no me rebajo, podría decir. Y esta actitud puede llevarse al extremo, a burlarse del contrario (en este caso, amoroso):

Sobre la mesa te puse

tiras de papel ardiendo.

No porque me río contigo

pienses que te estoy queriendo;

ya mi modito es así:

es burla que te ando haciendo.



Ya mi modito es así, dice Mamatancha: es su personalidad, y no piensa ni desea cambiarla. O, como decía doña Amada:

Yo soy La Chegüe chiquita,

te lo digo en realidad

que, cuando la otra cuelga el pico,

La Chegüe, riéndose va.

La insolencia

Y del orgullo a la insolencia hay un paso. La insolencia, consciente e inconsciente.

¡Válgame, Dios de los cielos,

qué mala fortuna tengo!

Unas agradan al mundo

y yo, con mirar, ofendo.

Donde no puede uno dejar de percibir la doblez irónica de Tía Nina cuando aparenta quejarse o dolerse por su mala fortuna: al contrario, en ese verso se descubre una actitud maliciosa y retadora. Y la mirada ofendedora tiene que ver con la insolencia: la vista que se impone ante los otros, característica de gente que tiene la sombra pesada; aunque, si nos atuviéramos a que es Tía Nina quien lo dice, el mensaje de la copla tendría más fuerza, si tomamos en cuenta que era tono de alagarto. Pero el mensaje puede ser más directo:

Yo tengo unas estijeras

que llegan la punta al mar,

no cortan ni tienen filo,

pero chingan al pasar.

Saber que las tijeras no tienen filo para cortar, pensar que, aun así, chingan y dañan, imaginar la circunstancia en que fueran afiladas y cortaran... Doña Cata no se mide, dirán. Pero es de todos conocido, cuando menos en la Costa Chica, que la insolencia de las negras (no sólo de oscuro color de piel, sino de moditos) no respeta ni a los hombres fuertes y de acero:

Ya la lumbre se apagó

y un tizón se quedó ardiendo.

Alza la cara, cabrón,

que a ti te lo estoy diciendo.


Y esa furia insolente, tal vez apenas la apague la ternura amorosa del cabrón entre piernas de ella (y más, si sigue los consejos amatorios de Abelardo Marín El Disfrutoso), y encienda la brasita, y hagan lumbre en cantidad para consumirse. Porque, entre mujeres, la insolencia puede llevar al pleito sin descanso, a la enemistad que se termina sólo cuando se aniquila a la contraria:

‘garré el arroyo pa’rriba,

rompí cien hilas de alambre.

Hay cuchillos que degüellan

y perros que lamben sangre.

La que no me pueda ver,

conmigo se quita el hambre.

La insolencia es sangrienta. Lo hermoso de esta copla, además, son las reminiscencias, las imágenes que se ligan a otras distantes: Lorca, Cancerbero lamiendo la ofrenda sanguínea de Ulises. El reto no es para ciega, sino para caníbal. Porque la retadora nunca se dobla, mejor se quiebra y no recula:

Dicen que Calleja ha sido

causa de toda la acción.

Calleja nunca se espanta

ni se tienta el corazón.

O, como decía Mamatancha:

A mí no me espantan gatos

ni me acobardan ratones.

Yo saco de la olla y como,

y dejo pa’ los mirones.

Las copleras no son insolentes perpetuas; asumen esa actitud en situaciones donde esté en juego su integridad física y moral, su dignidad. Aunque Mamatancha decía que ella era muy mala, que a otras más grandes había desgreñado. A fin de cuentas, lo que pretenden los insolentes es vivir en paz, vivir bien y tranquilos, siempre y cuando no sean molestados, siempre y cuando se respete su condición de personas; y, a veces, a pesar de eso, o porque las acciones de los otros no deben hacer mella en su carácter:

Ya las tejas se cayeron,

ya se están apulillando.

Muy bien sé que no me quieres

porque tu gente anda hablando.

¡Que te busquen la que quieren

y a mí no me estén chingando!

Lo igualado

La aspiración final es no ser menos, es estar al mismo nivel que cualquiera, es rebelarse ante el sojuzgamiento e igualarse ante el otro.

Al pasar por una huerta

me corté la mejor caña.

No soy blanca ni bonita,

soy como rosa de España.

Mi color es trigueñita,

pero sin ninguna maña.

En esta copla, la protagonista, la de color socialmente disminuido, se compara con una blanca y bonita (siendo del color del trigo, moreno tostado), y sin tener estos atributos que denotan superioridad, puede compararse puesto que su condición moral (no tener maña alguna, negativa, por supuesto) y su dignidad le permiten igualarse. Doña Berta dice una copla donde esta actitud se muestra de manera abierta y frontal:

Cupido me dio un cuaderno

para que yo lo estudiara.

Yo no quiero ser querida

ni tampoco despreciada:

si hemos de ser, por igual,

y si no, que no haya nada.

Referida a la relación amorosa, la actitud, el igualamiento está expresado con claridad y de un modo directo: como iguales, en equilibrio, con equitatividad, o nada. No se hacen concesiones, con la dignidad no se transige. La independencia, la igualdad, condiciones de quien se precie de humano. A fin de cuentas, lo que se ha perseguido con la rebelión, con el cimarronaje, no es más que esa condición, la de humano, la dignidad, en toda la extensión del concepto.

Yo soy como el mái frondoso

despuntado de la guía.

Como no soy cauteloso

suspiro con tiranía.

Maíz frondoso, despuntado de la guía para mejor frondecerse: plenitud en crecimiento. Estar sometido a la tiranía propia, sin falsedades, con sinceridad, sin cautela para ser de sí mismo. Es curioso: esta copla la verseaba doña Amada Chegüe en masculino, tal vez para no perder la imagen del maíz, tan ligado a la vida nuestra. Pero tiranía es femenino. Y dignidad, también.

La otra cara

En complemento con estos valores se encuentra la amistad, la solidaridad, la ternura, la generosidad. Valores que permiten tener una visión más completa de los afromexicanos de la Costa Chica que, como cualquier otro grupo, aspiran a cantar y sufrir, a beber y trabajar, a rezar y comer, a creer y hablar, a entender el mundo y habitarlo, a morir y vivir como personas, tan inteligentes o no, dignas, como cualquier otro individuo de cualquier latitud.

Estos rastros, estas huellas de la resistencia contra la opresión, contra la violencia, contra la crueldad, contra el crimen, por la dignidad, nos permiten volver la vista hacia el origen, hacia otras tierras, y devolvernos nuestra imagen enriquecida y enraizada, para que mejor nos humanice. Lo precioso es que nuestras mujeres guarden y administren los misterios de esas huellas ancestrales y nos las den tan nuevas, tan originales, rebeldes, dignas, ante estos tiempos de publicidad excesiva y de información vacía, ante esta modernidad que no termina de terminar sin dejar de explicarse por su origen tan antiguo, ante este mercado que planea borrar nuestra identidad; y, a partir de reconocerlas, poder exclamar, con boca de doña Berta: Con otras habrás jugado,pero conmigo te espinas.

lunes, 24 de febrero de 2025

IV encuentro de pueblos negros

[Croniquilla larga]



1

A resultas de una espontánea petición hecho por uno de los Diablos de Collantes (luego de haber bailado ante un público abundante y eufórico en Cuajinicuilapa, en la clausura del III encuentro de pueblos negros), los organizadores decidieron que el siguiente encuentro se realizara en Collantes, Santiago Pinotepa Nacional, Oaxaca, los días que iban del 22 al 26 de marzo de 2000, convocado por los grupos de danza de los Diablos, autoridades y la comunidad de Collantes y de El Cerro de la Esperanza, Santiago Pinotepa Nacional, Oax., la asociación civil México Negro, la Unidad Regional Huajuapan de Culturas Populares y el Instituto Oaxaqueño de Cultura. Para los encuentros anteriores, las sedes se habían elegido luego de analizar conveniencias e inconveniencias; en este caso, la asociación civil México Negro (la cual realmente organiza y opera el encuentro) aceptó la petición de los collanteños porque estos han participado, con gusto y empeño, en todos los encuentros. Y, emocionados por los resultados obtenidos en Cuajinicuilapa (donde el encuentro duró cinco días, a diferencia de los otros dos anteriores que se llevaron a cabo en tres días), para Collantes se optó por repetir la cifra de cinco días.

Los objetivos propuestos para el encuentro eran:

...compartir los avances sobre los problemas e inquietudes que detectaron en los tres encuentros anteriores; diagnosticar las condiciones que favorecen el desarrollo comunitario y regional de los pueblos negros; realizar un taller en el que se obtenga como resultado la formulación de proyectos para motivar y encauzar el desarrollo comunitario bajo los siguientes criterios: participativo, comunitario, sustentable, autogestivo, de corto, mediano y largo plazo; reflexionar sobre la identidad social y cultural de los pueblos negros, sobre la política y economía nacionales e internacionales, para ver el lugar que ocupamos y qué lugar queremos ocupar en el México de hoy; y, fortalecer la organización a nivel comunitario y regional, tanto de los pueblos negros como de la asociación civil México Negro, para que éste sea un espacio de reflexión, análisis e impulso del proceso de revaloración y reivindicación de los pueblos negros*.

2

En la segunda mitad del xvi, gran parte de la zona costera de la Mar del Sur fue “concedida” por Su Majestad al Mariscal de Castilla, y fueron traídos unos doscientos negros y negras esclavos, para trabajos de cría y engorda de ganado. Ellos representan, en gran medida la ancestral tercera raíz de los afromestizos collanteños.

3

Collantes se ubica en el margen izquierdo del Río de la Arena; sus terrenos son fértiles y están dominados por las palmeras. Según datos del Agente Municipal, Gildardo López Juárez, tiene proximadamente 5 000 habitantes; cuenta con servicios de energía eléctrica, teléfono y fosas sépticas y carece de agua potable, drenaje y pavimentación; existe en la comunidad un Centro de Salud de la SSA y dos consultorios particulares, siendo las enfermedades parasitarias, de las relacionadas con hábitos higiénicos, las más comunes; la mayoría de las habitaciones están construidas de madera y barro y, las menos, de concreto (algunas, edificadas con la ayuda selectiva del gobierno con motivo de resarcir las destruidas por el huracán Pauline, sin que se hayan atendido todos los casos, a decir de algunos afectados), y casi todas poseen patios o solares, donde siembran tomatillo, chile puya, frijol, yerbamora, chipile, plátano, mango, chicozapote y limón; se comunican con Pinotepa Nacional por medio de una carretera con demasiados baches; sus anuncios y noticias se difunden a través de bocinas aéreas; se utilizan la bicicleta y el caballo como medios de transporte local; el basquetbol y el volibol son los deportes más practicados; muchas casas poseen televisión; los niños y jóvenes se educan en un jardín de niños, dos primarias, una secundaria y una telesecundaria; por todos lados se escuchan chilenas, cumbias, boleros y baladas; las actividades económicas principales son la agricultura (actualmente se produce papaya maradol para el mercado de la Ciudad de México) y la ganadería.

Caminar por la calles de Collantes, sobre todo en los alrededores, desmiente la sensación de encontrarse en un pueblo que convive con la naturaleza: hay demasiada basura plástica por todos lados; bolsas, botellas y envolturas, sobre todo. Todas las casas vacían sus aguas sucias, de desecho, a la calle, donde se forman charcos, que a los cerdos sirven como estanques para refrescarse. Se dirige uno hacia la playa, la Costa de la Mar del Sur; en el camino siguen enseñoreándose las palmas y las grandes parotas y pochotas; frutillos, algarrobos y matas de zanate adornan los campos de siembra y de cría y engorda de ganado; es época de secas y los cultivos de cacahuate, maíz, sandía y papaya y los pastizales se riegan para que produzcan; los limoneros quedaron devastados después del paso del huracán y no han podido recuperarse ni parir como antes. Las aves, con sus cantos variados como ellas, son omnipresentes. El camino es polvo, y sus orillas, basurero del progreso: la maldición del plástico insiste y domina. La playa es fina arena y olas fuertes golpeando para esparcir su espuma a varios metros de altura; muchas aves marinas reposan al acecho de que la barra se abra completamente. Hacia el oeste se encuentra Puerto Minizo, donde se embarcaba algodón y ganado hacia Acapulco, hasta que vino la Revolución y la hacienda algodonera La Guadalupe fue abandonada, quedando sus ruinas como prueba que desde el siglo pasado Collantes existía; hacia el este, dos morenos tiran su trasmallo para capturar algunas lisas y robalos.

4

El acto inaugural del encuentro fue la muestra fotográfica “Identidad afromestiza”, de Ariel Mendoza Baños, de la ciudad Oaxaca, quien ha expuesto individual y colectivamente a lo largo del país y en el extranjero, y obtenido distinciones tales como ser el ganador del Primer Premio Nacional del V Concurso Internacional Geomundo 95. El pintor y fotógrafo se propone encontrar imágenes con valores estéticos propios de la fotografía que sirvan para mostrar la realidad que viven los afromestizos de la costa oaxaqueña; su contribución a los objetivos de México Negro es ofrecer ese modo de mirar, para que la realidad fotográfica trascienda la localidad de los pueblos afromestizos y llame la atención de las instancias gubernamentales y la sociedad mexicana, en el afán de modificar las condiciones de pobreza en que viven. Por el momento, logra un gran interés de los casi doscientos collanteños asistentes a la inauguración, que se ven retratados o ven retratados a personas de la comunidad; ese sentido de familiaridad imprime regocijo al acto.

Hay una fotografía que destaca: dos mujeres, de perfil. Conversando frente a frente, contra el sol y con el mar de fondo, la una, más joven que la otra, adornada con un peinado alto, que le confiere elegancia; la otra no se adorna, como para contrastar la belleza de aquella; ambas cruzan sus brazos a la altura del pecho, en aparente actitud de rechazo, y sus rostros se enfrentan, en aparente actitud de desafío. Una línea comunica las miradas; cada cuerpo forma un bloque oscuro triangular cuyas bases descansan en la parte inferior de la fotografía, y otro triángulo de claridad que apunta hacia abajo se forma entre ambas, haciendo dramática la escena. Si se miran con atención los gestos y las miradas, se percibe cordialidad y complicidad, lo que pone en duda la naturalidad de las poses y hace entender que el fotógrafo dirigió la composición, y se puede explicar la contradicción de la actitud cerrada de los brazos sobre el pecho ante las miradas casi sonrientes.

El programa de actividades se continúa con la presentación de los invitados frasteros, los no afromestizos, quienes comparten su visión del encuentro. Los invitados de los veintitrés pueblos negros, que presuntamente forman parte de México Negro, A. C., no aparecen. Concluye el acto; los frasteros van a hospedarse a algún hotel en Pinotepa Nacional y, pocos, con alguna familia collanteña. En la calle, la gente se resiste a retirarse sin que tenga qué hacer, como ante la expectativa de algo más, o con las expectativas frustradas. El comité directivo evalúa los trabajos y se concluye que no hay la concurrencia esperada. Finalmente, se decide no dar lugar para que se realice una exhibición de vestimenta africana “porque se presta para otras cosas”.




5

México Negro se registró formalmente como asociación civil para poder administrar los apoyos económicos de instancias particulares y del gobierno. Después de realizar el primer encuentro, en Corralero, Oax., el presbítero Glyn Jemmott Nelson, originario de Trinidad y Tobago, quien manda en el grupo, en compañía de otras personas, creyeron importante dar continuidad al rescate de “la identidad” de los pueblos negros de la Costa Chica de Guerrero y Oaxaca y, para ello, se constituyeron en un grupo promotor del segundo encuentro; y, luego, de los otros dos.

A pesar de aceptar que los habitantes de la Costa Chica son afromestizos, Glyn (como mejor se le conoce) se resiste a dejar de utilizar el término “negro” para designar al movimiento, argumentando que sería una concesión que restaría fuerza a sus acciones y a su presencia. “Es un modo de atraer la atención, la mirada, hacia estos pueblos. Una afirmación del movimiento”, dice. Por tal afirmación, la anterior directora del programa Nuestra Tercera Raíz, de Culturas Populares, Luz María Martínez Montiel, se oponía a participar en los encuentros y descalificaba a México Negro, acusándolo de ser un movimiento político que pretendía la segregación de los pueblos negros. El actual director, Carlos García, asistió el primer día para ofrecer al apoyo del programa y la disposición institucional para trabajar con México Negro, hecho que, al parecer, comenzará con un curso de formación de marimbistas, impartido por un músico nacional y un trinitobaguense experto en steelband.

Glyn acepta que esa afirmación tenga que estar acompañada con acciones que vayan más allá del mero escaparate cultural y del turismo social que se ha propiciado en los encuentros; sin embargo, reconoce que no han sido capaces de motivar y encauzar el desarrollo comunitario de proyectos productivos para mejorar la calidad de vida de estos pueblos:

Cuando creímos llegado el momento de dejar que el movimiento se nutriera con la participación autogestiva y fuera dirigido por los líderes naturales de las comunidades, la respuesta no llegó; por ejemplo, pocos asistieron al encuentro. Ha habido trabas organizativas; sin embargo, en el fondo, hay poco compromiso de la gente.

Existen quejas de personas como Juan Ángel Serrano (quien fuera presidente formal de la asociación), sobre que México Negro es un grupo cerrado en torno al “padre” Glyn, cuyos miembros asumen con enjundia las actividades, sin que hayan sido capaces de involucrar en ellas a más personas, como, por ejemplo, a las de José María Morelos, cuya delegación asistió al encuentro para manifestar su descontento en ese sentido, por la falta de información y para invitar al “reencuentro” de pueblos negros que realizarán el 1 y el 2 de mayo próximos. Para Glyn es bueno ver que haya otros esfuerzos, aunque poco se pueda hacer ante la fragmentación. Gran parte de la participación de los lugareños en alimentar y hospedar a los frasteros, se debe al liderazgo que sobre las comunidades ejerce Glyn como sacerdote, sobre todo por los apoyos que les ha conseguido por ser parte de la Iglesia católica apostólica y romana, como en el caso de los afectados por el Pauline.

6

En Collantes, la mayor parte de los habitantes tienen rasgos africanoides: cabello rizado, piel color oscuro, labios gruesos. Existen afromixtecos, morenos con rasgos más “indígenas” y que hablan mixteco, pero sólo lo usan para ciertas ocasiones; forman parte de una cultura que presume algunos rasgos como de origen africano, aunque muchos de ellos sean discutibles, como los bailes de los Diablos y del Toro de Petate, que algunos investigadores consideran de origen indígena, como Machuca Ramírez y Motta Sánchez; para otros estudiosos, en el baile de los Diablos, que se ejecuta durante la fiesta de los muertos que regresan de sus tumbas a convivir, alegremente, con los vivos, entre los instrumentos acompasadores de la danza, están presentes el bote y la charrasca, los que no niegan su vena africana, además de la cinética de los cuerpos en el baile: en ambos, el zapateo, los gestos, manoseos, sarandeos, meneos y las evoluciones, enérgicos todos, tienen clara influencia africana**. El proceso de mestizaje fue complejo; los rasgos distintivos de los negros africanos fueron desapareciendo, al grado de integrarse con los de los indios y españoles, para dar paso al afromestizo. A costa de la palabra dicha, la memoria colectiva no registra ni transmite los hechos verdaderos de la presencia africana ni de la afromestizos en los últimos siglos; sí hace posible un riqueza verbal manifestada en el corrido, las coplas, los cuentos, los dichos y en el habla cotidiana, reforzada por la vena de la lírica popular española: la figura del griot africano fusionada con la del juglar medieval para formar al trovador-versero, presente en los ritos y festejos de bautizo, quince años, bodas y en los duelos del fallecimiento; en Collantes, la tradición de la verseada está viva en boca de las mujeres.

7

El segundo día es desencuentro, porque no asisten los esperados y en las mesas de trabajo hay pocas personas locales; asisten los de José María Morelos a desacordar. Los frasteros van y vienen. Las evaluaciones sobre la presencia de México Negro en los llamados “pueblos negros” no puede llevarse a cabo porque apenas trece asistentes han participado en otros encuentros.

Se inaugura una exposición de pintura y escultura de artistas locales, la que pretende “afirmar la negritud”; sus piezas se ponen a la venta y sólo pueden ser y son adquiridos por los frasteros.

A la hora de la comida, los locales sirven y los de afuera comen, asumiendo estos papeles de una muy antigua y extendida subordinación: se encuentran en los mismos lugares, pero no se comunican con naturalidad, aunque hay curiosidad de ambos. Ni el color de la piel los acerca: los gringos son gringos, y los collanteños, pobres; aquellos, dispuestos a ser servidos y estos, a servir.

Ellos, los negros frasteros, miran el asunto desde la perspectiva racial y suponen que convendría ligar este movimiento negrista con los reivindicaciones de los negros norteamericanos; les resulta difícil entender que las causas de la pobreza en estas tierras se debe a condiciones económicas y políticas. “No es un movimiento político”, se cuidará de aclarar Sergio Peñaloza, de Cuajinicuilapa, presidente de México Negro, quien, luego de instarlo a contestar, acepta que Glyn pertenece y dirige la asociación; a su vez, Glyn negará pertenecer a ella. “La ambigüedad en definir y asumir plenamente la negritud del movimiento ha hecho que la gente no se comprometa con él”, opina Glyn, aunque coincide con Peñaloza en que el movimiento no tiene reivindicaciones políticas ni se agota en lo racial y cultural, sino que ha sido incapaz de organizar a nivel comunitario a los pueblos negros para valorar su participación en la conformación de la nación mexicana, buscando ocupar un lugar protagonista en ella.

Es notoria la presencia de las hermosísimas jóvenes de la Telesecundaria en la atención a los visitantes; la Casa del Pueblo ha jugado un papel importante en involucrarlas con las actividades del encuentro, situación a la que los adultos se resisten. Ciertamente, estos se quejan de desinformación y acusan falta de interés en discutir sobre asuntos que podrían beneficiarlos, pero que desconocen y los aburren. Además, hay que trabajar en las labores del campo y cotidianas; dejarlas por asistir al encuentro, sería gastar lo que no se tiene o dejar de percibir lo que se necesita.

8

El tercer día el encuentro se traslada a El Cerro de la Esperanza o El Chivo. Lo primero que causa rareza es ver a indios educados enseñar a los negros a percutir los parches de las tumbadoras y los tambores: se supone que estos pueden tocar estas percusiones casi instintivamente. El ritmo provoca algarabía y bullicio en las jóvenes, da sentido de fiesta, hasta que se enteran que es sólo un señuelo para atraparlos y hacerlos estudiantes del taller para la formulación de proyectos. Los frasteros se reúnen aparte para discutir sobre su visión del encuentro. Todo está como flotando, sin definirse.

El Chivo es una comunidad pequeña dominada por un cerro con casas multicolores, construidas por el gobierno para los damnificados del huracán, aunque no han sido terminadas todas ni se ha atendido a todos los enlistados para recibir ayuda. Hay casas construidas con apoyo de Fundación Azteca, FAM, X-FAM y Vamos; están hechas de adoblock, material que agrega al concreto arcilla roja, lo que abarata los costos y hace más generoso el material para mejor defender del calor a los moreno-negros. Hay pobreza y falta de servicios.

Las clases de la primaria se suspenden para sumar a los niños al taller de pintura; una niña se empeña en convencer a un niño pequeño de que las montañas son verdes y no negras. Los pintores improvisados se divierten grandemente, en tanto los profesores observan y, de cuando en cuando, llaman al orden. En otro lado, pleiten a puñetazos y jalones de cabello dos niños: el que más pega se ha dejado llevar por el llanto de coraje, y sigue llorando luego de separado porque no desquitó bien su ira; los espectadores se burlan de él por su llanto, que lo hace perdedor, aunque pegó, porque “sólo las mujeres lloran ”.

Al filo de la noche se baila el Toro de Petate: gran espectáculo que divierte por los juegos eróticos del Terrón Pancho y la Minga, por sus movimientos y contoneos; los Vaqueros ejecutantes del baile emocionan por la fuerza que imprimen a sus zapateos, porque cuando la música que los acompaña se suspende, hacen de la cancha de basquetbol un gran instrumento. La repetitividad de la música y del zapateo provocan en estado de euforia latente, apenas manifestado en las risas de los espectadores. Después de finalizado el acto, una cumbia suena en las bocinas y el cuerpo de las jóvenes de la preparatoria de El Ciruelo asumen la música con elegancia, cadencia y sensualidad; la verdadera fiesta, la no institucional, está a punto de iniciar, pero en ese momento apagan el aparato de sonido.

Este reportero se va en busca de cervezas y música a una cantina, en compañía de un amigo ocasional, discutiendo sobre marxismo y negritudes, y éste le regala un billete de two dollars. “Suerte”, dice y augura, y uno, sin saberlo ni pedirlo, aunque muy a gusto, termina encontrándo en el cuerpo y alma de Le’June (una frastera muy hermosa negra que habla francés y vive en Cuernavaca) para terminar perdiéndola al final de la parranda, después de haber aspirado su perfume y de bailar dos o tres boleritos costeños y jugar a los roles de macho-hembra, según gusto de ella, al que uno se acomoda con placer.




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El sábado era el día dispuesto para las actividades juveniles; sin embargo, los malos resultados obtenidos (sobre todo las escasas asistencia y participación) obligan a los organizadores a modificar el programa de actividades y se programa la clausura para la tarde.

Se ofrece una conferencia sobre la anemia falciforme, “padecimiento de la raza negra”, a decir de las expositoras, que se hereda y que consiste en una deformación de los glóbulos rojos que provocan oclusión en las arterias y venas, hecho que puede causar trastornos en la salud. Interesante; sin embargo, la exposición oral de estas ideas impide que pueda transmitirse a los negros ausentes la información, con la intención de prevenir ciertos padecimientos, se quejan por ahí.

El acto de clausura es el mejor preparado y el más espectacular, que cuenta con la mayor concurrencia de otros pueblos negros: Paso del Jiote, El Chivo, Corralero, El Ciruelo... espectáculo que abarrota la cancha de basquetbol y emociona a todos, al grado tal que se olvida lo fundamental, los objetivos de México Negro que se refieren al trabajo comunitario para mejorar las condiciones de vida de los negros, que les permita decir su versión de las cosas, entre otras, que ellos son lo que son y no tienen problemas de identidad, sino de pobreza.

Al mismo tiempo que ocurre esta fiesta, que amenaza en convertirse en popular, en baile de todos, en la cancha de volibol, Anastacio Molina y su grupo musical interpretan canciones religiosas a ritmo de cumbia ante algunos evangelistas, muchos de ellos afromixtecos, mientras llaman a todos a arrepentirse de la mundanidad de sus actos, de la perversión, del paganismo, de Satán y sus trampas. Y en la cancha de basquetbol, los Diablos de Collantes (latente y punzante el espíritu africano en el cuerpo) contagian su arrechura a los espectadores de aquí y a los frasteros.

Mañana es domingo; los visitantes están en sus casas o camino a ellas; queda como vestigio del encuentro un mar de basura plástica que brilla con el sol tropical, como brillan las orlas del agua del río de la Arena que transcurre hacia la Mar del Sur. Un señor se queja de que no entendió nada, ni de qué se trató el encuentro; aclara que su sobrino toma fotos de negros y las trajo a exponer, que a la mejor todo esto está bien, pero que nadie les aclaró de que se trataba, que alguien debiera decir por qué.


Diez, once años después, estos “activistas” incluirán entre sus objetivos políticos luchar por el reconocimiento constitucional de los “negros”, y comenzarán a atribuirse la paternidad de la idea, aunque ésta comenzó a divulgarla este reportero en 1999, en contraposición al concepto “negro” panafricanista de filiación gringa y al de “mestizo” de las autoridades mexicanas; incluso, estos “activistas” se atribuyeron la creación del Museo de las Culturas Afromestizas de Cuajinicuilapa. Pero no tienen los méritos que se achacaron.


** Machuca Ramírez, J. Antonio y J. Arturo Motta - “La danza de los diablos en Collantes, Oaxaca”, en: Boletín Oficial del INAH, n. 40: 24-38, 1995. En la revisión de este artículo, para su segunda edición, recupero la convicción manifestada por Motta sobre el origen africano del baile de los Diablos, escrita en su artículo “La danza de Diablos costachiquense y su africanía bantú bajo el escrutinio del tambor de fricción o bote, tigrera, nduyoo”, de 2012. Para el caso de los Vaqueros y el Toro de Petate, Beatriz Morales Fabá asegura que en esta danza tiene un origen bantú-congo, probablemente iniciada por el grupo de los esclavos sudsaharianos que ingresaron tempranamente a la Costa, alrededor de 1530. Estas personas frastereras sudsaharianas crearon en la región una “cultura vaquera negra”, a decir de Arturo Motta.

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