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miércoles, 6 de noviembre de 2024

UNA TRAGEDIA MULTICULTURAL, EN NUESTRO ORIGEN

LAS SEÑAS DEL MESTIZAJE



(22 de octubre de 2024)

El mestizaje nuestro no tiene como origen un idilio, no fue una telenovela (uso un término actual) o un romance de los inscriptos en las llamadas revistas del corazón del siglo XX… tampoco se inspiró en el platónico amor cortés europeo del siglo XIII; menos, fue un encuentro entre dos mundos. Tuvo razón Octavio Paz en calificar el origen del mestizaje nuestro como una violación del padre a la madre: de la Castilla (la España) a la, ahora, América (la de múltiples nombres o naciones: Tzempoala, Tlaxcala, Tenochtitlan, Texcoco, Atzcapultzalco, etc.; los míticos Mictlan, Tollan, Meshico, Chicomostoc y más; Tlachco, Tlapa, Zacatula, Acapulco, Acatlán, Azoyuc, Igualapa, Pinotepa, Tehuantepeque, Guatulco, etc.).

Escribió el burócrata José Iturriaga de la Fuente, en su libro “Viajeros Extranjeros en Guerrero”: «…Hernán Cortés fue el iniciador de la nación mexicana… No se trata de ser hispanistas o indigenistas, posiciones ridículas en quienes somos producto de la mezcla de ambos orígenes». Somos mestizos, plantea, en sentido biológico, y según las clasificaciones de casta novohispanas: Mestizo, quien desciende de la mezcla entre español/española e indígena/indígeno. Ridículo, el burócrata universitario parasitario. En su currículum burocrático, en su carrera, aparecen palabras como ‘multicultural’, ‘pluricultural’, etc. Y racista, claro, igual que el también burócrata Octavio Paz, quien en su “Laberinto de la soledad” habla de los mismos protagonistas: de españoles y de indígenas, omitiendo a los compañeros de los primeros en la tal conquista, conquistadores ellos mismos, a los de piel oscura, a los de color quebrado, a los negros (‘dioses del agua’, por su color, a decir de los tlaxcaltecas) latinizados o ladinos, como Juan Garrido (cercano a Cortés, quien lo envió a explorar la región de Michoacán y las costas de Zacatula en busca de oro), Juan Sedeño y Sebastián Toral. Racistas burócratas, ambos, como nos han enseñado a ser en este país y, creo, en todas partes.

Víctor Gómez Pin, en su libro “Filosofía. El saber del esclavo”, denuncia que existe «una humillante jerarquización… entre los humanos que acumulan alimento cultural, en definitiva, prescindible, y los que sólo poseen lo esencial. […] En tan generalizada, como estúpida jerarquización, reside, quizá, la matriz psíquica de todo racismo. Racismo que mutila radicalmente, tanto al que lo ejerce, como a la víctima, y ante el que ésta sólo podría revelarse en términos que vinculan intrínsecamente alma y cuerpo», y propone que, «en el presupuesto ético de impedir que tales prejuicios sigan desarrollándose, es condición de posibilidad de todo esfuerzo, no ya por resolver, sino por aproximarse a la problemática que realmente a todos por igual nos constituye, aproximarse a la problemática de la verdad»; es decir, reflexionar, desde la ética, para entender esta problemática es algo que «a todos por igual nos constituye», es decir, es algo que está al alcance de todas las personas, más allá de la posición jerárquica que se nos otorgue en el sistema económico, social, político y cultural (entre quienes tienen demasiado y entre los que tenemos lo esencial, pasando por los previsibles estados intermedios). Apela, pues, a reflexionar, a pensar, a filosofar, para impedir que esa «posición diferencial jerarquizante de los diversos humanos [que] equivale a apartarse de tal lugar de la verdad, [que] equivale a sustituir el deseo de verdad por una tendencia a algún tipo de identificación narcisista y forzosamente edulcorante» siga imperando en las relaciones entre las personas, y ello es asunto de todos nosotros. Filosofar y actuar, para cambiar.

Más allá de que Hernán Cortés no fue el iniciador de la nación mexicana (un individuo no es tan poderoso, aunque los conquistadores-colonizadores y sus descendientes privilegiados, a lo largo de siglos han empoderado —valga esta mala palabreja para esta jodida situación— esta falacia), tampoco los mexicanos descendemos solamente de esas, digamos, raíces humanas: la española-mediterránea y la mesoamericana, sino que, desde el mismo instante de estar presente los violadores en la violada América (sigo a Octavio Paz), también estuvieron presente sus siervos y esclavos, los de color quebrado u oscuro, los infames por su sangre africana (una gota), a quienes se llegó a calificar como “nuestra tercera raíz”, por parte del Estado mexicano, a fines del siglo pasado. La doctora Luz María Martínez Montiel fue (falleció hace algunos días) la teórica más relevante de la inclusión en la historia oficial de México de los hechos ligados a los africanos negros esclavizados que fueron traídos, durante siglos, por los españoles, a lo que llamaron la Nueva España. Esta investigadora también fundó el Colegio de Estudios Latinoamericanos en la Universidad Nacional Autónoma de México, porque, a mediados de los años setenta del pasado siglo, no existían condiciones para que fuera de estudios sobre la tercera raíz. Racismo institucional, claro. También fundó, ideológicamente, es decir, impuso la visión de la colección del Museo de las Culturas Afromestizas “Vicente Guerrero Saldaña”, en 1998, en Cuajinicuilapa de Santa María.

Regreso al tema central. Todavía, en 1749, el segundo conde de Revillagigedo escribió: «Al paso que se prohibió en América la entrada de los europeos y personas blancas [la Corona española no quería compartir la riqueza de estos territorios], que hubieran mejorado de muchos modos la raza de los indios, se han conducido a grande costa, negros que en todos sentidos han afeado la casta india, y han sido origen y principio de tantas castas deformes, como se ven en estos reinos. Ellos ahuyentan también a los europeos, del servicio doméstico y de algunos otros ejercicios, porque no es fácil que con las ideas que se tienen en todas partes, de las gentes de semejantes castas, se atrevan a alternar con ellos los que vienen de Europa». Y esa idea, la de la fealdad por el color negro u obscuro de la piel de los amestizados y sus castas, de donde provenimos los costeños, todavía se opone, entre nosotros, a la de la belleza de las personas blancas, y se enuncia más o menos así: ‘Cásate con una blanquita o un blanquito para mejorar la raza’. Pase de casta o de raza, le dicen a este fenómeno. Racismo ancestral y cotidiano, actual, nuestro.

Y es que, desde 1697, ya hay quejas de los ‘ilustrados’ europeos mediterráneos que visitan estas tierras sobre la abundancia y proliferación de los negros, como escribe Juan Francisco Gemelli Carreri, al referirse a Acapulco como un lugar difícil de habitar y lo llama «humilde aldea de pescadores, mejor que el engañoso de primer mercado del mar del Sur y escala de la China, pues que sus casas son bajas y viles y hechas de madera, barro y paja», donde proliferan “graves enfermedades”, calor agobiante, fango e incomodidad, y remata: «Por estas causas no habitan allí más que negros y mulatos, que son los nacidos de negros y blancas…». Informa, pues, de ese proceso de mestizaje del que provenimos, no sólo, de los indígenas y los españoles, sino, de negros y mulatos. También informa sobre algunas cualidades extraordinarias que les observa: «El domingo, día 17 [de febrero], por ser el primero del carnaval, después de comer corrieron parejas a caballo los negros, mestizos y mulatos de Acapulco, en número de más de cien, con tal destreza que me pareció sobresalían en mucho a los grandes que yo había visto correr en Madrid; aunque los de Acapulco solían ejercitarse en este juego un mes antes. Sin mentir, puede decirse que aquellos negros corrían una milla italiana, cogidos unos por las manos y abrazados otros, sin soltarse un momento, ni descomponerse en todo aquel espacio».

Mestizaje que se hace, proceso inacabable, en el que la violencia fue la moneda corriente con la que los castellanos y sus aliados tlaxcaltecas y tzempoaltecas y cholultecas y texcocanos (et. all.) cobraron el imperio (no tengo otra palabra para designarlo, aunque no creo que sea exacta) de los azteca. Los primeros que supieron que la presencia de los invasores castellanos mediterráneos, en este territorio que ahora llamamos México, no implicaba, ni su descubrimiento (el tal ‘Descubrimiento de América’), ni un encuentro (de ‘Dos Mundos’), fueron los pueblos, digamos, americanos: primero, quienes vivían en lo que ahora llamamos Caribe y, después, la multitud de los que ahora llamamos mesoamericanos. Y, la muy choteada idea del encuentro entre dos ‘mundos’ fue examinada por Edmundo O’Gorman en un artículo titulado “La falacia histórica de Miguel León Portilla sobre el ‘encuentro del Viejo y el Nuevo Mundos’”; allí concluye: «Ahora bien, lo verdaderamente grave de ese hecho que he calificado de ‘eufemismo interpretativo’ estriba en que implica, si no el olvido, si el ‘ocultamiento’ de un capítulo del devenir histórico iberoamericano, proceder que hace sospechoso de improbidad intelectual a quien incurra en ello». Improbidad: falta de moralidad, integridad y honradez en las acciones, informa el diccionario.

Miguel León Portilla explicó que «hubo, ciertamente, enfrentamientos y violencia, pero, a la postre, se produjo acercamiento, fusión y mestizaje, no sólo biológico, sino cultural». Pensaba en ello hace un rato, y pensé (no lo he olvidado) en que mi padre golpeaba a mi madre (es una metáfora recurrente en nuestras vidas costeñas), y aunque desciendo de ambos y los quiero a ambos, no puedo olvidar que él la golpeaba; que él la sedujo, la conquistó, la preñó con un montón de hijos e hijas, y, después, la ignoró, se buscó a otra, etc., por lo que ella tuvo que aguantarlo, reclamarle y, obviamente, guardarle rencor e inocularnos éste al montón de hijos que tuvieron. Y, me llega el adagio: ‘Al que preña, se le olvida; a la que empreñan, nunca’. Pero, éstas son meras ideas caseras.

Vamos con O’Gorman: «…en verdad, sólo hubo una entrañable asimilación ontológico-histórica de la realidad natural y moral americana a la del mundo europeo, el inventor del concepto mismo de ‘cultura’, entendido, por definición, como universal». Ni ‘Descubrimiento de América’, ni ‘Encuentro de Dos Mundos’, pues. Mestizaje de entes igualmente potentes, dice uno ahora, aunque, en apariencia, según una visión, los invasores hayan destruido violentamente a los invadidos; y, en otra visión, ambos se hayan reconciliado. Hubo dominio de los primeros sobre los segundos, claro, pero no sometimiento absoluto. Además, esos entes (mediterráneos y mesoamericanos) se enriquecieron con la presencia forzada de los africanos, siendo África un continente de civilizaciones como Kémit (antiguo Egipto), Áxum (Etiopía), Nápata-Méroe (Sudán), la meseta rhodesiana (Zimbabwe), Kilwa (Tanzania) y Mapungubwe (Sudáfrica). Precisemos que los secuestrados, esclavizados y traídos a la Nueva España desde el siglo de la conquista provenían fundamentalmente de La Mauritania, Bilad-es-Sudán, los ríos de Guinea, los ríos de Sierra Leona, la fortaleza de São Jorge de Mina, el establecimiento de São Thomé, Manicongo y La India de Portugal.

Por ello, las relaciones erótico-amorosas más recurrentes en la Nueva España ocurrieron entre los explotados, excluidos y pobres, cuyos descendientes fueron clasificados en primera instancia como castas mestiza (español-india), mulata (español-negra) y zamba (negro-india); es decir, la mayoría de la población fue ubicada allí y el abigarrado proceso humano de mestizaje entre ellas produjo innumerables individuos clasificados, con motivo de control y sometimiento, como castizos, moriscos, albinos, torna-atrás, lobos, zambaigos, cambujos, albarazados, barcinos, coyotes, chamisos, coyote-mestizos, ahí-te-estás, tente-en-el-aires, gibaros, calpa-mulatos, etc. Hasta que llegó la Independencia y, todos: mexicanos. Y ese mestizaje, a lo largo de siglos, se ha enriquecido con grupos humanos provenientes de otros rumbos, como del Pacífico asiático, por ejemplo.

Que esa destrucción de ‘los vencidos’ y sus descendientes fue aparente lo prueba nuestra historia, la de los últimos cinco siglos, en que su resistencia se opuso y guerreó, tanto en batallas regionales, como en gestas nacionales, para concentrarse en la gran guerra por la independencia y por la abolición de la esclavitud y el sistema de castas, en la guerra de reforma y en la revolución mexicana; y, en tiempos actuales, en la guerrilla, en el 68, en las batallas electorales por conseguir que alguien semejante a uno, como Andrés Manuel López Obrador y, por ende, Claudia Sheinbaum, llegara a tener el poder político del país, en afán de justicia económica, social y política, antirracismo, inclusión, etc.

Confrontación, negociación y coincidencia. El mestizaje no se detiene. De que nuestros ancestros no fueron exterminados, nosotros somos la prueba. De que el mestizaje que nos hizo, nos hace y nos seguirá haciendo no viene de un idilio, sino de un tragedia multicultural, nuestras experiencias, nuestras palabras, nuestras carencias, nuestras luchas y nuestras aspiraciones son prueba.


AÑIDIDO

A UNA COSTEÑA


Negra del corazón ¿por qué tan fea

te muestras hoy a tu galán querido

y corres por no verme cuando has sido

pegajosa otra vez como jalea?


No rompas tu corona de zalea

en medio del berrinche… presta oído,

nada te pedí nunca, ni te pido.

¿Dices que me aborreces? Vaya, sea.


A tu desdén mi risa sobrepuja.

Soy un bruto en tomar por un instante

como un ángel de Dios cualquier maruja.


Adiós, adiós, oh gente maleante,

sólo me duele que tu amor de bruja

haya puesto mi cuerpo hecho un bramante.


Ignacio Manuel Altamirano.

sábado, 21 de septiembre de 2024


DE LO 
AFROMEXICANO A LO AFRICANO

(21 de septiembre de 2024)

En la página Vidas afrodescendientes. Experiencias de vida en el periodo novohispano (1521-1821) del sitio Memórica México, del gobierno federal, se lee: “En lo que respecta al periodo colonial (1521-1821), las regiones de procedencia y embarque de africanas y africanos hacia América fueron cambiando conforme las potencias europeas extendieron su control a distintos puntos del continente, estableciendo factorías y puertos desde los cuales embarcaron a las personas esclavizadas”. Aunque este discurso se refiere a la condición de personas (humanos, no animales) de esas africanas y africanos, ya no, “esclavas”, como se les denominaba antes de lo políticamente correcto, sino “esclavizadas” (es decir, que no eran esclavas per se, por haber nacido así o porque esa fuera su condición natural o normal, sino que lo fueron por alguna violenta acción externa, la cual no se menciona, a pesar de que se sugiere al hablar del control de las potencias europeas, quienes las “embarcaron”), se omite que la mayoría fueron secuestradas y comerciadas por sus propios paisanos o por los portugueses, holandeses, franceses o ingleses. Pero este sesgo es menor si pensamos en que se inicia a contar esta historia ubicándolas como esclavas o esclavizadas (para el caso es igual), como si individualmente no tuvieran historia ni, tampoco, la tuvieran sus pueblos y civilizaciones a las que pertenecían. Es decir, el punto cero de este inicio es que nuestros antepasados africanos eran esclavos, que descendemos de esclavos. Hace años, el gobierno federal, en complicidad con el estatal y el municipal, promovió la ubicación de una placa de memoria de la esclavitud en Cuajinicuilapa, tal vez para que nos convenciéramos de que descendemos de esclavos, de bozalones, de piezas de ébano, de bestias de carga, de animales y no de personas, no humanos, no seres racionales, no civilizados, no personas dignas, de personas no dueñas de su ser y su hacer…

Y en la introducción de ese expediente de Memórica México tampoco se utiliza la palabra “negros” para referirse a esas personas antepasadas nuestras. Cuando menos dos de los libros de uno de los estudiosos que con mayor rigor ha estudiado estos temas, Gonzalo Aguirre Beltrán, sí utilizan este término: La población negra de México y Cuijla. Esbozo etnográfico de un pueblo negro. Negros somos. Bien lo definió nuestro tata principal Álvaro Carrillo: “Soy el negro de la Costa/ de Guerrero y de Oaxaca”. Este término se utiliza entre nosotros para aludir al color de la piel. En ese sentido hablamos aquí; no, como un concepto expresamente político, de reivindicación o de lucha; al menos, no todavía.



Nuestra historia, la de los negros de la Costa Chica, inicia con la esclavitud, nos dicen. Descendemos de esclavos, insisten; que venimos de personas consideradas como bestias, como animales —nos han enseñado—, quienes no eran dueños de sus personas ni de su fuerza de trabajo (en minas, haciendas y trapiches), la que, desde mediados del siglo xvi, abonó sustancialmente al amasado de grandes fortunas, es decir, nuestros antepasados negros contribuyeron a que la economía de la Nueva España fuera relevante en el mundo, para beneficio de los colonizadores europeos. Además y, nada más ni nada menos, estas personas, nuestros antepasados negros, a partir de ese tiempo, contribuyeron a repoblar ese territorio, dado que las civilizaciones y los pueblos originarios, mesoamericanos (también, nuestros antepasados), fueron grandemente diezmados por la explotación de su mano de obra, por parte de los colonizadores, por epidemias como la viruela y el sarampión y por el choque cultural al ser sus múltiples fuerzas espirituales derrotadas, a través de una cruenta guerra, por ese ciego y vengativo Dios católico, apostólico y romano. Desde esa época, los mestizos pobres (producto de las mezclas entre peninsulares e indígenas) y los zambos o zambaigos (de la mezcla entre indígenas y negros) y sus múltiples mezclas acrecentaron la población de la Nueva España, la repoblaron.

En la reciente reforma al artículo 2º de la Constitución Política, a fin de reconocer a pueblos y comunidades indígenas y afromexicanas como sujetos de derecho público, con personalidad jurídica y patrimonio propio y con respeto irrestricto a sus derechos humanos, se lee: “Los pueblos y comunidades afromexicanas se integran por descendientes de personas originarias de poblaciones del continente africano trasladadas por la fuerza, asentados en el territorio nacional desde la época colonial, con formas propias de organización social, económica, política y cultural, y que afirman su existencia como colectividades culturalmente diferenciadas”. Tampoco aquí, ni el Ejecutivo ni el Legislativo aluden a esas civilizaciones y culturas africanas antepasadas nuestras, sino que se hace un corte y hacen iniciar ésta, nuestra historia, “en el territorio nacional desde la época colonial” y, aunque no se refieren a la esclavitud o a la esclavización, sí se dice que fueron “trasladadas por la fuerza”, enunciado esto de manera timorata, omitiendo nombrar que fueron secuestradas y vendidas, en innumerables casos.

Nicolás Ngou Mve escribe: “En efecto, desde el siglo xv hasta la actualidad y, probablemente, para la eternidad, gracias al expansionismo europeo, África se colocó en una comunicación directa con Europa y con América, al otro lado del Océano Atlántico, a través de lo que se ha denominado el comercio triangular, es decir, la circulación directa y el intercambio entre estos tres continentes. Durante muchos siglos, nada ha escapado de estos movimientos e intercambios: ni los bienes, ni las personas, ni las culturas”. A partir de esta premisa, este estudioso pregunta, al referirse al rechazo de los africanos a la esclavitud en la Nueva España: “Porque el cimarronaje es la única actividad en la que los negros tuvieron la iniciativa a la que los españoles tuvieron que reaccionar. Pero, ¿cómo entender estos movimientos y sus autores, sus orígenes y sus objetivos y su funcionamiento si ignoramos a África?”. Es decir, propone que, para conocer la historia de los negros y sus descendientes en la Nueva España y, por ende, en el México actual, debemos escudriñar y conocer las civilizaciones y culturas de donde provenían nuestros antepasados (desde antes de ser secuestrados, vendidos y esclavizados, por cientos de millares) a través de un enfoque triangular: “Por lo tanto, el enfoque triangular se define como un método global y multidisciplinario, cuyo campo histórico parte del siglo xv y aborda la sincronía de las circulaciones y de las interacciones generadas desde entonces entre los tres continentes del Atlántico. En ese sentido, conecta la historia de los pueblos y las culturas de África con la trata negrera atlántica (siglos xv y xvi); esta trata, con la esclavitud de los negros y con la colonización del continente americano; esta colonización con el auge de las economías europeas; y este auge con el estado actual de las sociedades, de las culturas y de las economías de Europa, África y América. Del mismo modo que no puede entenderse América sin Europa y África, ni África sin América y Europa, ni esta última sin África y América. Así son las cosas desde el siglo xvi”.

Ngou Mve, una vez que plantea esto, enuncia su propósito al utilizar este método: “…el enfoque triangular quiere poner a África en el centro de las circulaciones atlánticas del siglo xxi; para ello, invita, primero, a restituir al continente africano este protagonismo que tuvo en el proceso de globalización comenzado en el siglo xvi”. El cimarronaje fue “una forma de resistencia típicamente africana —ejemplifica, para fundar su idea del protagonismo—, agresiva, vehemente e invencible: el kilombo de los Imbangala. Así, un puñado de guerreros podía llegar a enfrentar y vencer a los ejércitos regulares. Este método fue trasplantado en América… Los negros cimarrones no eran meros esclavos escapados: los fugitivos no hacen ruido, se esconden; pero los cimarrones de Panamá, de México, de Colombia, de Santo Domingo, de Jamaica, de Cuba, de Venezuela o de Brasil eran mucho más que simples fugitivos, no se escondían. Actuaban, atacaban y conquistaban su libertad con las armas en mano”. Pienso, aquí, en las luchas de Yanga y Francisco de la Matosa, en la zona de Perote, Veracruz, y en la de las huestes del negro independentista Vicente Guerrero y su subalterno Pedro de Algeciras en lo que ahora es la zona norte del estado de Guerrero; en ambas, los negros estuvieron acompañados por mestizos e indígenas y otros individuos de los “confinados” en castas por los españoles: lo que los unía era ser excluidos, marginados, explotados y empobrecidos por estos. Hay una línea que puede trazarse, observando la lucha de los guerrilleros negros en la Nueva España, la que Morelos llevó a formas de organización militares excelentes, controlando gran parte del territorio: inicia en las rebeliones del siglo xv y concluye con el pacto que la independiza, en 1821.

Ahora, en esta reforma constitucional se reconoce ahora que la nación mexicana también es multiétnica, además de ser pluricultural (como ya se reconocía, a partir de la reforma de 2019). Hay una idea que leí en textos de Enrique Florescano y de Luz María Martínez Montiel, la de la escritura de una historia mexicana, desde las instituciones del Estado, en la que se incluyeran las de los pueblos y civilizaciones mesoamericanas (mixteca, amuzga, zapoteca, yopime, nahua, tlapaneca, etc., en el caso de la Costa Chica). A ella hay que sumar la idea de Nicolás Ngou, que incluye la historia de los pueblos y civilizaciones africanas (bantús, congos, yorubas, guineos, mandingas, angolas, cafres, etc.); además, claro está —agrego— la de los pueblos y civilizaciones mediterráneas (occidente-oriente: griegos, fenicios, romanos, árabes, castellanos, hispanos, etc.) y asiático-pacíficas (filipinos, malayos, etc.). Pero, por ahora, con urgencia, el conocimiento de lo africano es necesario entre nosotros, para restituir esa historia; no, la que inicia en la esclavitud, como se pretende, sino la que inicia con pueblos y civilizaciones sofisticadas (como los reinos Buganda, Ruanda, Burundi, Vungu, Zimbabwe, Congo, Bungu, Matamba, Loango, Ngoyo, Kakongo, Ndongo, Loango, Congo, Ma-koko, etc.), cuyo legado está entre nosotros (la religiosidad, la “tarea” de transmitir la sangre de una generación a otra, la pulsión hacia la autonomía, la vital “filosofía” del ser y del actuar, de asumirse como responsable de uno mismo —tal el existencialismo francés— por ejemplo, o en plantas como la jamaica, la sandía, el café congo u okra, etc.). Muchos veneros alimentaron nuestra cultura, están en nuestra historia, ocultos: hay que descubrirlos. Ya lo dejó por escrito Gonzalo Aguirre Beltrán: no podemos conocer y entender nuestro país si no conocemos ni incluimos la historia de los negros (y mulatos, zambos, zambaigos, morenos, prietos, etc.) y su contribución a la economía, a la política, a la religiosidad, a la música y, en suma, a la cultura mexicana, a lo largo de los últimos cinco siglos.



No somos viles e indignos por tener una gota de sangre africana en nuestras venas (como sostenía la ideología colonial): somos personas dignas, y detrás nuestro hay infinidad de personas y de culturas, de historias: somos mestizos, productos de relaciones históricas provocadas por el encuentro de esa multitud, de esas multitudes, entendido el mestizaje no sólo como una relación de dominación y sometimiento, sino como “ese movimiento que consiste en acoger lo que no viene de nosotros, sino de otra parte: la lengua y la cultura de los otros, que al comienzo nos parecen extranjeros y luego, progresivamente, van a engendrar un sentimiento de extrañeza. Acoger al otro sin tratar de retenerlo (como la pasión amorosa), mucho menos de apropiárselo, es lo propio del diálogo, de la entrevista, sin los cuales no se concibe cómo podría corporeizarse una relación mestiza… No hay mestizaje sin don, sin amistad, sin confianza, lo que en modo alguno significa ausencia de conflictos… comprensión hecha de proximidad y de distancia, de fuerte implicación, pero, también, de discreción… de fraternidad inventada, fraternidad de aquellos que no necesariamente nacieron en la misma cultura, la misma lengua, ni comparten las mismas costumbres… entre varios, sin que haya una relación de subordinación”, como escriben François Laplantine y Alexis Nouss.

Hablemos ahora de nuestra dignidad.

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