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miércoles, 11 de diciembre de 2024

DE LA FLOR DE TEMPAZUCHE Y LOS DIABLOS AFROINDIOS DE LA COSTA CHICA

Para Nadia Alvarado

En estos días, recién se cierra un tiempo de dolorosa y festiva tragedia en nuestro territorio. Tragedia, porque se sustenta en la muerte de personas que amamos y que ya no están viviendo, sino en ese anfibio tiempo del sustancioso e insistente recuerdo, el que parece ser circular, repetitivo, el mismo todo el tiempo, porque nos parece que retoña cada año, pero que el propio transcurrir de los hechos alarga y alarga, y enriquece, lo que lo torna distinto, retoñado cada vez, con otras ramificaciones y floraciones, perennes, pero persistentes. Esas personas recordadas son nuestros antepasados muertos y, muchas veces, su presencia incorpórea se acompaña de dolor y de tristeza, motivadas por ese amor que les tuvimos y, sobre todo, por su eterna ausencia. Pero, también, esa tragedia es una fiesta, melancólica y humorística. Entiendo aquí al humor como esa experiencia de estar de vuelta de todo, de subsumir el dolor y la tristeza, de nutrirse de ambos, inevitables, de aceptar que las cosas han sido como fueron, pero que seguimos siendo, y, entonces, miramos esos amargos hechos pasados con nostalgia, aceptándolos, asimilándolos, con una especie de sonrisa, que no se quiebra ni se abre totalmente, con esa sonrisa en el ánimo, convencidos de que las cosas siguen y que seguirán… en tanto sigan. No es esto mera retórica; la vida es más compleja que eso, y ninguna palabrería logra retratarla; sí se puede, cuando menos, y eso se pretende aquí, atisbarla, verla de sesgo, ver esos resquicios por donde podemos observar su esencia, enriquecer nuestras vidas, con cierta ternura, con cierto contento, no total, pero sí vital. Es como decir: “¡Ya, ni modos! ¡Así fue, duele, pero, que las cosas sigan!” Y siguen, queramos o no. “¡Vivamos, bebamos, comamos y bailemos, que la vida sigue y nos exige que le demos nuestra vida, nuestros esfuerzos, nuestro propio ser para continuar!”. Que lo peor que uno puede hacer es morirse estando sano, en vida, como reconviene Sancho a Quijote, y le pide que no se deje morir.



Es una fiesta trágica entre nosotros, los afroindios de la Costa Chica, el ‘todosanto’. Pero ésta es la efímera conclusión de aquel tiempo que mencioné al comienzo, el que inicia cuando se siembra el tempazuche o cempasúchil, etc. A fines del mes de julio también inicia este tiempo de celebraciones y fiestas, ligadas, además, a la economía agrícola y ganadera de la región, que deriva, concretamente, del rodeo novohispano, eso que Jorge Arturo Motta Sánchez nombra “cultura vaquera negra” de la Costa Chica: ‘Las Capitanas’ (tuteladas por el ubicuo Santiago Apóstol, el cual fue ‘mata moros’, en la península Ibérica; después, ‘mata indios’ en la mesoamérica, y de cuyo culto y rituales y esencia también se apropiaron nuestros pueblos costeños, arrebatándoselos a los avariciosos invasores mediterráneos); el ‘Toro de Petate y los Vaqueros’ (cuya esencia es el culto al ‘Toro’ bantú-congo, ese afroindio mesteño, chimarrón, que se le escapó y se le escapa al católico-apostólico-romano San Nicolás, pero aquel, en tono de chanza, finge alabarlo, cuando, en realidad, le guiña un ojo y le baila a alguna patente fuerza ancestral, de ésas que los cubanos viejos bautizaron como ‘orichas’, pero más antigua que estos, más desposeídos de taras religiosas formales o de iglesia y culto institucionalizados que estos, incluyendo a la santería (como dice la querida Beatriz Morales Fabá), más de gente de monte, como sus gemelos preciosos que ahora llamamos ‘tono’ o ‘animal’). Anoto aquí que los vaqueros novohispanos, nuestros antepasados, se pintaban al diablo en el cuerpo o lo invocaban para ser diestros en sus oficios, y muchas veces fueron denunciados ante el Santo Oficio de la Inquisición y condenados por ello. «Para coger ganado cimarrón Miguel de Salazar imprecaba: “Ea diablos, ya es tiempo de que me améis, mi corazón, mi alma te entrego”», refiere Gonzalo Aguirre Beltrán en Medicina y magia. El proceso de aculturación en la estructura colonial, en 1963.

Y concluye este tiempo con el bailar de los diablos (esos ‘espíritos’ de muerto que regresan bailando del camposanto, zapateando y rugiendo como tigres-diablos y gritando ‘¡hurra cachucha!’ y otros ruidos, a comerse la ofrenda, a echarse unos tragos y a bailar por su territorio, a regresar a sus comederos, a volver a sus aguajes, a voltiar a sus habitaderos, a acompañar a los vivos, a marear por unos días en sus terrenos). Para ellos, para embellecer las casas y bienvenir a nuestros antepasados muertos, es que cortamos esas sagradas flores amarillas, con efusión de olores intensos y matices de colores que no lo son menos (guardan y obsequian la alegría), y las colocamos en altares y en el suelo, haciendo un camino para que lo transiten cuando lleguen. Y, después de esta fúnebre fiesta, ellos se van: “Mañana me voy, Zamora,/ y ya no me vas a ver./ No me despido de ti,/ pues te vas a enternecer// Ya se van los diablos, ¡caramba!…”. Este, digamos, anti metizaje (porque se opone a lo institucionalizado) nuestro, está también tutelado por el espíritu del tempazuche, el de la flor de las veintitantas flores, el mesoamericano.

En 1993, en el artículo titulado “La Danza de los Diablos en Collantes, Oaxaca”, de J. Antonio Machuca y J. Arturo Motta, en el Boletín Oficial del Instituto Nacional de Antropología e Historia número 40, se lee que: «Resulta que no es privativo de los grupos afromexicanos celebrar así el acontecimiento [cuyas festividades tienen como parte de su ritual una danza conocida como de los Diablos], como algunos querrían para argumentar, con ocasión de la danza de los Diablos, a favor de la existencia de una identidad étnica de raíces africanas entre dichos grupos basándose, primordialmente, en el hecho de que danzar festiva y humorísticamente en un acto de este tipo —que se supondría de gravedad y respeto, como creen, erróneamente, acontece en localidades indígenas— no reflejaría sino la vigencia de una de las prácticas africanas que para exorcizar a las almas de los difuntos tienen los habitantes de dichas localidades». Decían ellos, en 1993, que celebrar ‘todosanto’ bailando los diablos “no es privativo” de los afroindios costeños. Conviene precisar que ellos utilizan el término “afromexicanos” en esta oración, más para contra argumentar un posición política, que consideran “a favor de la existencia de una identidad étnica de raíces africanas entre dichos grupos”, que para definir a un grupo, digamos, étnico; ellos prefieren “afromestizo”, lo cual es un error semántico y político, y reducen este baile de los diablos a un mero ritual para exorcizar las almas de los difuntos, sin precisar en qué consiste el exorcismo. Nos quedan a deber, pues. Pero ese arroz con leche y panela y canela ya se comió y se digirió, mal que nos pese. Y, con este bailar de los diablos no se exorcizan almas, claro, no somos tan incautos. ¡Hurra, cachucha!

Minuciosos e inteligentes, como son, estos investigadores no se dieron cuenta de que el ‘bote’ llama y convoca a sus pares, los tigres, por ello suena como rugido de tigre, por eso también se le llama ‘tigrera’ y se utilizó (decían los grandes de edad) para llamar a esos animales en algunos tiempos. Los ‘animales-tigre’, los ‘tonos-tigre’, me refiero. Por eso, también, las, digamos, voces de estos diablos son rugidos de tigre, y con esas múltiples voces guturales rugientes llaman a sus pares, los ‘animales-tigre’. Es decir, en el baile de los diablos hay diálogo sinfónico: entre el ‘bote’ y los ‘animales de monte que son tigres’, entre el ‘bote’ y los ‘diablos-tigre’ que rugen, zapatean y bailan, entre los propios ‘diablos-tigre’, incluso, en medio del baile, algunos de ellos se encaran, se imitan, se dicen y se contestan. A este, digamos, concierto se suman los enstrumentos y el zapatear, claro. Este camino es largo y enredado; ya lo recorreremos. Pero, no quiero perder la oportunidad de anotar aquí una nota de Machuca y Motta sobre el ‘bote’ o ‘tigrera’ (utilizo esos nombres porque esos oí decir en mi infancia, más de cincuenta años hará): «Según los lugareños este instrumento era utilizado para cazar tigres, ya que su sonido semejaría un rugido. Según Moedano (op. cit.) este instrumento tendría una clara raigambre africana puesto “que se le conoce en otras partes de Afroamérica [aunque] bajo diversos nombres: ferruco en Venezuela, puita o cuica en Brasil, zambumbia o puerca en Colombia. Asimismo, ha sido registrado en diversos lugares de África tanto occidental como oriental”». Africano, el ‘bote’, al que también llaman “tambor” y “tambor bailarín”. De los mixtecos costeños le viene el nombre de ‘enduyo’ (que en mucho se asemeja en el sonar a ‘enduto’). Pero no, nada tienen que ver estos diablos con los tantos diablos de otras latitudes. Los nuestros vienen desde la mama África y se amestizaron en estos territorios con nuestros antepasados originarios.

El baile de los Diablos se sustenta en la filosofía bantú; sobre ello, Beatriz Morales escribió: «…los conceptos de “la persona”, “la sombra” y “el tono” o “el animal” [como] ejemplos de lo que la filosofía bantú aportó en la construcción de una cosmovisión en algunos pueblos de la Costa Chica, y que les permitió desarrollar una identidad cultural propia e inédita hasta entonces, como bien observó Aguirre Beltrán en Cuajinicuilapa a mediados del siglo XX».

Y explica su visión sobre nosotros, los afroindios: «La vida cotidiana en los pueblos de la Costa Chica trasluce su espiritualidad a través de la alegría con que efectúan sus bailes y su música, los mismos que funcionan como un vehículo mediante el cual expresan su solidaridad entre unos y otros; ésta es una característica predominante en las culturas y los individuos de ascendencia africana en América. De los grupos africanos bantú hemos heredado una cultura que consiste en un sistema dinámico, en el que la religión es un componente muy importante porque marca todas las actividades sociales, desde las más sagradas hasta las más profanas (yendo de lo más sagrado a lo más profano). También, las expresiones espirituales de los afromexicanos (en este caso particular, de los de la Costa Chica) están moldeadas por la filosofía de los grupos culturales del Congo. Es de este grupo cultural, Congo (Kongo), que nosotros heredamos nuestra concepción como personas en el mundo de los vivos y de los muertos vivos. Los bantú, igual que todos los grupos culturales del África Occidental, piensan en los muertos como si fueran vivos y en sus ritos les ofrecen comidas y cuando toman alguna bebida les ofrecen libación para poder mantener una relación muy estrecha, como la que tuvieron cuando el difunto estaba vivo». Atrás de nosotros, no sólo están, pues, los americanos amuzgos, mixtecos, zapotecos y yopes (por nombrar los más evidentes), sino, también, los bantú-congo y, dicen, los mandinga, quienes eran expertos en el manejo de las bestias equinas y fueron secuestrados, esclavizados y traídos para cuidar ganado bovino de los castellano-andaluces, alrededor de 1530, con otros hombres y mujeres sudsaharianos. Ellos traerían, también, las técnicas de construcción del ‘redondo’, como ha documentado Aguirre Beltrán.

Tampoco vieron Machuca y Motta que la Minga, la del danzar festivo y humorístico, es la ‘Gran Puta’: «La Minga representa las energías espirituales femeninas, es una mujer sensual que, con su movimientos rápidos y sus meneos de hombros y caderas, produce una energía de armonía y del gozo de la vida. Ella baila con los mismos ‘espíritos’ de muerto y trata de seducirlos sexualmente para que se enamoren de sus movimientos femeninos», escribe Beatriz Morales. La Minga es la vida. Bien visto, no cualquiera sale de Minga, tiene que ser alguien especial o, si no lo es, al vestirse se convierte en alguien especial: seguro de sí mismo, fuerte, histriónico, pícaro, atrevido y diestro para bailar, claro. En algunas ocasiones, de entre los mirones, se agrupan algunos para robarse a la Minga; la jalan, y los diablos corren a rescatarla, entre chanzas. Chanza, pero sí pesada. La Minga, pues, es la mujer de cualquiera y de ninguno, asegún ella lo decida, y ello le da libertad e independencia, autonomía. Como dijo una a uno que la mantenía y, por ello, le reclamó que se anduviera metiendo con otro: “Mi culo es muy mío y se lo doy a quien yo quiera. Si no te gusta, ai nos vimos”. La Minga, pues, no se somete, ni al mismo Tenango ni, si es el caso, al Terrón Pancho. Es obvio, además, que la Minga es la mamá de todos los diablos y, en ese sentido, lo es de todos, incluido el inanimado e inerte muñeco o la muñeca que carga como hijo o hija. Y, entre más le escarba uno, más sale. Y, ya saldrán, en otra ocasión, más madejas para tejer y destejer este anarquista, es un decir, mestizaje nuestro.

Todo, al parecer, inicia con un unísono múltiple ‘toque de tambor’: se deja caer el golpe del zapatear de los diablos en el gran tambor de la tierra, y el ¡golpe!, el grito, los gritos que se desgranan en el viento, roncos, graves, raspando las cuerdas bucales (tigres rugiendo), para llamar, para despertar a los ‘espíritos’ de muerto, en el camposanto o panteón (aunque no siempre se pueda hacerlo en ese lugar, pero se prefiere). Luego, la música del ‘bote’, de la flauta y de la charrasca o quijada (dientes y muelas secos de una vaca muerta o, tal vez, de un toro) y de la guitarra y el violín, o del saxofón o del mp3. Y el baile.

Beatriz Morales explica que el diablo que baila fungirá como ‘médium’ o el ‘caballo’ del ‘espírito’, porque estará cargando al muerto, quien estará ‘montado’ encima suyo; así, a través del baile, los diablos-persona se convierten en ‘caballos’ de los espíritus de los muertos, de nuestros antepasados difuntos, para, después del baile ritual, transformarse en aquellos. Cuando ellos bailan, sus cuerpos están doblados hacia adelante y sus brazos están sueltos y son movidos hacia atrás y hacia adelante, con rapidez; sus cuerpos parecen los de una persona muerta, que ha perdido su fuerza vital. Esa posición de su cuerpo resulta idónea para que sea ‘montado’ por el ‘espírito’, quien, al ‘montarlo’, al poseerlo, podrá comunicarse con los vivos. Al mover la cabeza de una manera enérgica y violenta, pareciera que los diablos se resisten a ser cargantes, a ser montados, como negándose a aguantar esa pesada carga. Cuando, al final del baile, los diablos se botan al piso, es como si ya hubiesen sido poseídos: están preparados para comunicar a los muertos con sus gentes, los vivos, son ellos mismos los ‘espíritos’ de muerto (del mismo modo en que la cruz de madera transporta la ‘sombra’ del difunto, después de que se hace “la levanta de sombra”).  Esta investigadora sostiene que en este ritual de los diablos es donde los afroindios “bailan” sus creencias y “recuerdan” su identidad africana: con un zapateo fuerte en el piso imprimen el código de la sabiduría de los viejos africanos. La africanidad, que nunca se pierde, aunque las personas no estén conscientes del origen del baile. 

Y así, van caminando y bailando los diablos transfigurados a las casas de sus gentes, las moradas de los criollos que celebran a sus difuntos con este baile, con esas flores, con esas ofrendas, con esas músicas, los que piden que vayan a bailarle a sus muertos ante los altares que adornaron, y a por la ofrenda, para agasajarlos y, si se puede, cooperar con unos centavitos para el grupo; con esa alegría (creada y promovida grandemente por la Minga, en principio, y por su primer marido el Tenango o Diablo Viejo, el de la cuarta, el que ruge más que los demás, el más viejo, el más ñaco, el que da los chicotazos más recio, el de los cachos más grandes, el diablo de la campana o el cencerro, el que jefatura a sus hermanos e hijos espíritos de muerto que regresan por sus comederos, a quienes estimula y disciplina); de esa alegría que concita la Minga al chancear con los hombres a los que les ensarta su hijo o hija, con las mujeres que hacen bola y bulla a su alrededor, y la provocan, la chulean, la tutean, se hermanan; con la bola de chamaquitos que la sigue como enjambre de zancudos hambrientos y que ella dispersa a chicotazos al aire (y, a veces, en el lomo de alguno) de vez en cuando, nomás pa’ que se diviertan, sobre todo cuando alguno de ellos se atreve a chucharle el culo, también por diversión y picardía de él mismo y de sus compañeros y, por ende, de todos los mirones y las mironas); y, junto con la alegría está ese dolor por la pérdida permanente del difunto, hermanados en esta celebración. Por cierto, los diablos de Cuaji no van a misa a la iglesia, no tienen nada que ver con los curas, no transigieron con ellos, son indómitos, son mesteños, son insolentes, son igualados, son podedores, son cimarrones. Son diablos.

Hay algunos estudiosos, de esos de academia, que piensan y afirman que este baile de los diablos es un juego. En realidad, en esto los frasteros han ganado terreno y han convencido a muchos que este baile debe ser y es un mero juego, algo superficial y vacío de sentido, una mera diversión, un mero espectáculo. El asunto viene de largo. Machuca y Motta dicen que: «Parece ser que lo que influyó para este cambio fue la presencia en la localidad [Collantes] del productor televisivo Óscar Cadena, quien los filmó. Y a raíz de su publicitación por televisión, el gobierno del estado de Oaxaca les financió –aunque para estas fechas, no totalmente– la adquisición de su indumentaria –que no su selección– a fin de utilizarlos como representantes del estado en los concursos dancísticos interestatales que promueven las distintas entidades gubernamentales. Ello ha llevado también a los integrantes del grupo a organizarse “profesionalmente”. Han nombrado su “encargado de relaciones públicas”, quien establece las tarifas que se deben cobrar por fotografías, grabaciones, etcétera. Tienen también un encargado y un tesorero, estos últimos, parece, anteriores a la presencia gubernamental y televisiva. Hay también un comité que se encarga de nombrar a los jefes de los danzantes y de reproducir socialmente, al impartir su enseñanza, la danza». Ello ocurrió hace más de treinta años y ha continuado hasta ahora.

O sea, que los frasteros han convertido este rito tradicional en un juego, en un espectáculo, en un ‘show’, en un tema de tesis hecha sobre las rodillas, con la complicidad de muchos paisanos ‘culodulce’, seducidos por ‘la fama’ y los centavos. Alrededor del año 2000, miré un programa del Canal Once, llamado “Mochila al hombro”, en que unos muchachos urbanos acudieron a entrevistar a personas implicadas en el baile de los diablos, precisamente en Collantes. Ante algunas preguntas de los televisioneros, unos muchachos les respondían, por ejemplo, que la charrasca se obtenía de un caballo sagrado, que había sido cuidado para ello desde su nacimiento y que, llegado el momento (a los dos años, creo), tenía que ser sacrificado en una ceremonia especial para obtener de él la quijada con la que se elaboraría la charrasca. Y tonteras por el estilo. Pero, decir que traicionan a nuestros pueblos los criollos que le entran a este aro, sería una acusación excesiva: se traicionan a sí mismos, se engañan a sí mismos. “Pero los llevan a bailar a Bellas Artes”, arguyen algunas personas. No hay, pues, mejor prueba de esa traición auto infligida: asumen que el baile es un mero espectáculo, un mero juego para divertir frasteros. Están, pues, fuera de sitio y de ocasión. Aun sin ellos, este tiempo del tempazuche (de las afroindias capitanas, del toro y los vaqueros, de los diablos) renace cada vez que esta verde mata brota del suelo y, en un tiempito, se luce de alegres amarillos, cuyo olor nos recuerda que estamos y no estaremos, y que alguien tal vez nos lleve a bailar, diablos, a la vieja casa, al hogar de carne y hueso y sangre y sudor cuando nos llegue el tiempo. Bien dice Pakal que no hay que dejar de poner altar, que es una tradición nuestra.


AÑIDIDO

En Madrid, diciendo yo que era de México: "¡Qué rico será su rey de ustedes, pues de allá viene tanta plata!". En la oficina del rey en Madrid me sucedió entrar, y diciendo que era americano se quedaron admirados. "Pues usted no es negro" —me decían—. Por aquí ha pasado un paisano de usted, me decían los frailes de San Francisco de Madrid y preguntándoles cómo lo conocían, me respondieron que era negro. En las Cortes, el procurador de Cádiz, clérigo filipense, pregunt´si los americanos éramos blancos y profesábamos la religión católica. En algunos lugares, oyendo que yo era de América, me pedían razón de fulano o zutano; es fuerza que usted lo conozca, me decían, pues tal año pasó a las Indias. Como que éstas se redujesen a algún lugarejo. Cuando yo llegué a las Caldas, iban los montañeses "a ver al indio" —así decían. "La España, dice el arzobispo de Malinas en su 'Guerra de España', sólo pertenece a la Europa en razón de la religión; es de África, y sólo por error de geografía se coloca en Europa".

Al entrar uno en Nápoles le parece a uno que entre en un pueblo de indios, porque tiene el pueblo el mismo color. Especialmente son morenas y feas las mujeres, y mucho más bien parecidos los hombres comparativamente, cosas que notan todos los viajeros.

Un Papa del siglos xii mandó dar libertad a todos los cristianos, como confiesa Voltaire en su análisis de la Historia. Tenían los romanos en su gentilismo derecho de prostituir a sus esclavas para vivir a su costa, lo que todavía se practica en las Antillas con las negras.


Memorias, Fray Servando Teresa de Mier. Circa 1820.


[4 de noviembre de 2024]


miércoles, 6 de noviembre de 2024

UNA TRAGEDIA MULTICULTURAL, EN NUESTRO ORIGEN

LAS SEÑAS DEL MESTIZAJE



(22 de octubre de 2024)

El mestizaje nuestro no tiene como origen un idilio, no fue una telenovela (uso un término actual) o un romance de los inscriptos en las llamadas revistas del corazón del siglo XX… tampoco se inspiró en el platónico amor cortés europeo del siglo XIII; menos, fue un encuentro entre dos mundos. Tuvo razón Octavio Paz en calificar el origen del mestizaje nuestro como una violación del padre a la madre: de la Castilla (la España) a la, ahora, América (la de múltiples nombres o naciones: Tzempoala, Tlaxcala, Tenochtitlan, Texcoco, Atzcapultzalco, etc.; los míticos Mictlan, Tollan, Meshico, Chicomostoc y más; Tlachco, Tlapa, Zacatula, Acapulco, Acatlán, Azoyuc, Igualapa, Pinotepa, Tehuantepeque, Guatulco, etc.).

Escribió el burócrata José Iturriaga de la Fuente, en su libro “Viajeros Extranjeros en Guerrero”: «…Hernán Cortés fue el iniciador de la nación mexicana… No se trata de ser hispanistas o indigenistas, posiciones ridículas en quienes somos producto de la mezcla de ambos orígenes». Somos mestizos, plantea, en sentido biológico, y según las clasificaciones de casta novohispanas: Mestizo, quien desciende de la mezcla entre español/española e indígena/indígeno. Ridículo, el burócrata universitario parasitario. En su currículum burocrático, en su carrera, aparecen palabras como ‘multicultural’, ‘pluricultural’, etc. Y racista, claro, igual que el también burócrata Octavio Paz, quien en su “Laberinto de la soledad” habla de los mismos protagonistas: de españoles y de indígenas, omitiendo a los compañeros de los primeros en la tal conquista, conquistadores ellos mismos, a los de piel oscura, a los de color quebrado, a los negros (‘dioses del agua’, por su color, a decir de los tlaxcaltecas) latinizados o ladinos, como Juan Garrido (cercano a Cortés, quien lo envió a explorar la región de Michoacán y las costas de Zacatula en busca de oro), Juan Sedeño y Sebastián Toral. Racistas burócratas, ambos, como nos han enseñado a ser en este país y, creo, en todas partes.

Víctor Gómez Pin, en su libro “Filosofía. El saber del esclavo”, denuncia que existe «una humillante jerarquización… entre los humanos que acumulan alimento cultural, en definitiva, prescindible, y los que sólo poseen lo esencial. […] En tan generalizada, como estúpida jerarquización, reside, quizá, la matriz psíquica de todo racismo. Racismo que mutila radicalmente, tanto al que lo ejerce, como a la víctima, y ante el que ésta sólo podría revelarse en términos que vinculan intrínsecamente alma y cuerpo», y propone que, «en el presupuesto ético de impedir que tales prejuicios sigan desarrollándose, es condición de posibilidad de todo esfuerzo, no ya por resolver, sino por aproximarse a la problemática que realmente a todos por igual nos constituye, aproximarse a la problemática de la verdad»; es decir, reflexionar, desde la ética, para entender esta problemática es algo que «a todos por igual nos constituye», es decir, es algo que está al alcance de todas las personas, más allá de la posición jerárquica que se nos otorgue en el sistema económico, social, político y cultural (entre quienes tienen demasiado y entre los que tenemos lo esencial, pasando por los previsibles estados intermedios). Apela, pues, a reflexionar, a pensar, a filosofar, para impedir que esa «posición diferencial jerarquizante de los diversos humanos [que] equivale a apartarse de tal lugar de la verdad, [que] equivale a sustituir el deseo de verdad por una tendencia a algún tipo de identificación narcisista y forzosamente edulcorante» siga imperando en las relaciones entre las personas, y ello es asunto de todos nosotros. Filosofar y actuar, para cambiar.

Más allá de que Hernán Cortés no fue el iniciador de la nación mexicana (un individuo no es tan poderoso, aunque los conquistadores-colonizadores y sus descendientes privilegiados, a lo largo de siglos han empoderado —valga esta mala palabreja para esta jodida situación— esta falacia), tampoco los mexicanos descendemos solamente de esas, digamos, raíces humanas: la española-mediterránea y la mesoamericana, sino que, desde el mismo instante de estar presente los violadores en la violada América (sigo a Octavio Paz), también estuvieron presente sus siervos y esclavos, los de color quebrado u oscuro, los infames por su sangre africana (una gota), a quienes se llegó a calificar como “nuestra tercera raíz”, por parte del Estado mexicano, a fines del siglo pasado. La doctora Luz María Martínez Montiel fue (falleció hace algunos días) la teórica más relevante de la inclusión en la historia oficial de México de los hechos ligados a los africanos negros esclavizados que fueron traídos, durante siglos, por los españoles, a lo que llamaron la Nueva España. Esta investigadora también fundó el Colegio de Estudios Latinoamericanos en la Universidad Nacional Autónoma de México, porque, a mediados de los años setenta del pasado siglo, no existían condiciones para que fuera de estudios sobre la tercera raíz. Racismo institucional, claro. También fundó, ideológicamente, es decir, impuso la visión de la colección del Museo de las Culturas Afromestizas “Vicente Guerrero Saldaña”, en 1998, en Cuajinicuilapa de Santa María.

Regreso al tema central. Todavía, en 1749, el segundo conde de Revillagigedo escribió: «Al paso que se prohibió en América la entrada de los europeos y personas blancas [la Corona española no quería compartir la riqueza de estos territorios], que hubieran mejorado de muchos modos la raza de los indios, se han conducido a grande costa, negros que en todos sentidos han afeado la casta india, y han sido origen y principio de tantas castas deformes, como se ven en estos reinos. Ellos ahuyentan también a los europeos, del servicio doméstico y de algunos otros ejercicios, porque no es fácil que con las ideas que se tienen en todas partes, de las gentes de semejantes castas, se atrevan a alternar con ellos los que vienen de Europa». Y esa idea, la de la fealdad por el color negro u obscuro de la piel de los amestizados y sus castas, de donde provenimos los costeños, todavía se opone, entre nosotros, a la de la belleza de las personas blancas, y se enuncia más o menos así: ‘Cásate con una blanquita o un blanquito para mejorar la raza’. Pase de casta o de raza, le dicen a este fenómeno. Racismo ancestral y cotidiano, actual, nuestro.

Y es que, desde 1697, ya hay quejas de los ‘ilustrados’ europeos mediterráneos que visitan estas tierras sobre la abundancia y proliferación de los negros, como escribe Juan Francisco Gemelli Carreri, al referirse a Acapulco como un lugar difícil de habitar y lo llama «humilde aldea de pescadores, mejor que el engañoso de primer mercado del mar del Sur y escala de la China, pues que sus casas son bajas y viles y hechas de madera, barro y paja», donde proliferan “graves enfermedades”, calor agobiante, fango e incomodidad, y remata: «Por estas causas no habitan allí más que negros y mulatos, que son los nacidos de negros y blancas…». Informa, pues, de ese proceso de mestizaje del que provenimos, no sólo, de los indígenas y los españoles, sino, de negros y mulatos. También informa sobre algunas cualidades extraordinarias que les observa: «El domingo, día 17 [de febrero], por ser el primero del carnaval, después de comer corrieron parejas a caballo los negros, mestizos y mulatos de Acapulco, en número de más de cien, con tal destreza que me pareció sobresalían en mucho a los grandes que yo había visto correr en Madrid; aunque los de Acapulco solían ejercitarse en este juego un mes antes. Sin mentir, puede decirse que aquellos negros corrían una milla italiana, cogidos unos por las manos y abrazados otros, sin soltarse un momento, ni descomponerse en todo aquel espacio».

Mestizaje que se hace, proceso inacabable, en el que la violencia fue la moneda corriente con la que los castellanos y sus aliados tlaxcaltecas y tzempoaltecas y cholultecas y texcocanos (et. all.) cobraron el imperio (no tengo otra palabra para designarlo, aunque no creo que sea exacta) de los azteca. Los primeros que supieron que la presencia de los invasores castellanos mediterráneos, en este territorio que ahora llamamos México, no implicaba, ni su descubrimiento (el tal ‘Descubrimiento de América’), ni un encuentro (de ‘Dos Mundos’), fueron los pueblos, digamos, americanos: primero, quienes vivían en lo que ahora llamamos Caribe y, después, la multitud de los que ahora llamamos mesoamericanos. Y, la muy choteada idea del encuentro entre dos ‘mundos’ fue examinada por Edmundo O’Gorman en un artículo titulado “La falacia histórica de Miguel León Portilla sobre el ‘encuentro del Viejo y el Nuevo Mundos’”; allí concluye: «Ahora bien, lo verdaderamente grave de ese hecho que he calificado de ‘eufemismo interpretativo’ estriba en que implica, si no el olvido, si el ‘ocultamiento’ de un capítulo del devenir histórico iberoamericano, proceder que hace sospechoso de improbidad intelectual a quien incurra en ello». Improbidad: falta de moralidad, integridad y honradez en las acciones, informa el diccionario.

Miguel León Portilla explicó que «hubo, ciertamente, enfrentamientos y violencia, pero, a la postre, se produjo acercamiento, fusión y mestizaje, no sólo biológico, sino cultural». Pensaba en ello hace un rato, y pensé (no lo he olvidado) en que mi padre golpeaba a mi madre (es una metáfora recurrente en nuestras vidas costeñas), y aunque desciendo de ambos y los quiero a ambos, no puedo olvidar que él la golpeaba; que él la sedujo, la conquistó, la preñó con un montón de hijos e hijas, y, después, la ignoró, se buscó a otra, etc., por lo que ella tuvo que aguantarlo, reclamarle y, obviamente, guardarle rencor e inocularnos éste al montón de hijos que tuvieron. Y, me llega el adagio: ‘Al que preña, se le olvida; a la que empreñan, nunca’. Pero, éstas son meras ideas caseras.

Vamos con O’Gorman: «…en verdad, sólo hubo una entrañable asimilación ontológico-histórica de la realidad natural y moral americana a la del mundo europeo, el inventor del concepto mismo de ‘cultura’, entendido, por definición, como universal». Ni ‘Descubrimiento de América’, ni ‘Encuentro de Dos Mundos’, pues. Mestizaje de entes igualmente potentes, dice uno ahora, aunque, en apariencia, según una visión, los invasores hayan destruido violentamente a los invadidos; y, en otra visión, ambos se hayan reconciliado. Hubo dominio de los primeros sobre los segundos, claro, pero no sometimiento absoluto. Además, esos entes (mediterráneos y mesoamericanos) se enriquecieron con la presencia forzada de los africanos, siendo África un continente de civilizaciones como Kémit (antiguo Egipto), Áxum (Etiopía), Nápata-Méroe (Sudán), la meseta rhodesiana (Zimbabwe), Kilwa (Tanzania) y Mapungubwe (Sudáfrica). Precisemos que los secuestrados, esclavizados y traídos a la Nueva España desde el siglo de la conquista provenían fundamentalmente de La Mauritania, Bilad-es-Sudán, los ríos de Guinea, los ríos de Sierra Leona, la fortaleza de São Jorge de Mina, el establecimiento de São Thomé, Manicongo y La India de Portugal.

Por ello, las relaciones erótico-amorosas más recurrentes en la Nueva España ocurrieron entre los explotados, excluidos y pobres, cuyos descendientes fueron clasificados en primera instancia como castas mestiza (español-india), mulata (español-negra) y zamba (negro-india); es decir, la mayoría de la población fue ubicada allí y el abigarrado proceso humano de mestizaje entre ellas produjo innumerables individuos clasificados, con motivo de control y sometimiento, como castizos, moriscos, albinos, torna-atrás, lobos, zambaigos, cambujos, albarazados, barcinos, coyotes, chamisos, coyote-mestizos, ahí-te-estás, tente-en-el-aires, gibaros, calpa-mulatos, etc. Hasta que llegó la Independencia y, todos: mexicanos. Y ese mestizaje, a lo largo de siglos, se ha enriquecido con grupos humanos provenientes de otros rumbos, como del Pacífico asiático, por ejemplo.

Que esa destrucción de ‘los vencidos’ y sus descendientes fue aparente lo prueba nuestra historia, la de los últimos cinco siglos, en que su resistencia se opuso y guerreó, tanto en batallas regionales, como en gestas nacionales, para concentrarse en la gran guerra por la independencia y por la abolición de la esclavitud y el sistema de castas, en la guerra de reforma y en la revolución mexicana; y, en tiempos actuales, en la guerrilla, en el 68, en las batallas electorales por conseguir que alguien semejante a uno, como Andrés Manuel López Obrador y, por ende, Claudia Sheinbaum, llegara a tener el poder político del país, en afán de justicia económica, social y política, antirracismo, inclusión, etc.

Confrontación, negociación y coincidencia. El mestizaje no se detiene. De que nuestros ancestros no fueron exterminados, nosotros somos la prueba. De que el mestizaje que nos hizo, nos hace y nos seguirá haciendo no viene de un idilio, sino de un tragedia multicultural, nuestras experiencias, nuestras palabras, nuestras carencias, nuestras luchas y nuestras aspiraciones son prueba.


AÑIDIDO

A UNA COSTEÑA


Negra del corazón ¿por qué tan fea

te muestras hoy a tu galán querido

y corres por no verme cuando has sido

pegajosa otra vez como jalea?


No rompas tu corona de zalea

en medio del berrinche… presta oído,

nada te pedí nunca, ni te pido.

¿Dices que me aborreces? Vaya, sea.


A tu desdén mi risa sobrepuja.

Soy un bruto en tomar por un instante

como un ángel de Dios cualquier maruja.


Adiós, adiós, oh gente maleante,

sólo me duele que tu amor de bruja

haya puesto mi cuerpo hecho un bramante.


Ignacio Manuel Altamirano.

miércoles, 9 de octubre de 2024

PALABRAS DE NEGROS: LUIS G. INCLÁN DIALOGA CON ÁLVARO CARRILLO

Las Señas del Mestizaje



(8 de octubre de 2024)

La primera novela mexicana la escribió un negro o, ¿debo decir “moreno”, “mulato”, “zambo”. “lobo”, “collote”, “pardo”, “prieto”? sureño; pero no “afrodescendiente” ni, mucho menos, “afromexicano”, ni, peor, “afromestizo”. Sobre la primera cosa que digo, cito, de segunda mano, a Carlos González Peña: «Nunca, y por manera tan espontánea, se ha reunido un repertorio tan vasto de palabras, locuciones y giros particularísimos del pueblo mexicano. Jamás novelista alguno nacional supo hacer hablar a sus personajes con la fidelidad y abundancia con que él lo hace; ni describió con tan nimio apego y vario colorido, mediante las peculiaridades del lenguaje, nuestros tipos y costumbres, nuestros paisajes, nuestras cosas nacionales y tradicionales». Por su parte, Victoriano Salado Álvarez escribió: «Lo que me cautiva y maravilla es su extraordinaria receptividad del lenguaje popular, al grado que no hay palabra, modismo o refrán o frase mexicanos que no se hallen en esta amena selva de nuestro desarrollo lingüístico, al través de nuestra historia de cuatro siglos». Ambos dos están copiados por este escribano del tomo I de la edición de Manuel Sol de la novela Astucia. El jefe de los Hermanos de la Hoja o los charros contrabandistas de la Rama. Novela histórica de costumbres mexicanas con episodios originales, del Fondo de Cultura Económica.

En la edición que hizo de esa novela, Salvador Novo sostiene: «Los personajes de Inclán son mexicanos. Él mismo es sus personajes. Porque habla su lenguaje; porque se ha impregnado en su forma, ha sido capaz de asimilar, y de polarizar, su espíritu… Inclán ejerció con valentía el concomitante derecho literario a emancipar el instrumento de su expresión, como, y al mismo tiempo que, emancipaba a sus sujetos de una dependencia española de la cual, en forma y espíritu, novela y personaje, lengua y caracteres, esencia y presencia, conservarían tan sólo aquello que en sangre y lengua España había aportado a la gestación de ese hijo suyo nacido en un nuevo mundo que era ya, igual y diferente, al mexicano».

Mestizaje del lenguaje, materializado en ese momento en la novela Astucia: del castellano-arábigo-andaluz (en la dominancia), pasando por el sustrato del náhuatl (lengua franca, utilizada por los colonizadores para hacer entender lo suyo) y otras lenguas originarias hasta el español novohispano, y, al final, el “dialecto” mexicano que acompañó el movimiento de independencia (territorial, jurídica, política, económica e ideológica, cultural e idiomática, etc.) de lo que se llegó a llamar la América Mexicana [«El movimiento insurgente, antes de 1814, no daba mucho crédito al nombre de México. “América” era el término más empleado, sin embargo, el Decreto Constitucional para la Libertad de la América Mexicana, sancionado en Apatzingán el 22 de octubre de 1814, además de ser el primer código constitucional y declarar la absoluta independencia respecto a España, delimitó y nombró una entidad formada por las provincias de México, Puebla, Tlaxcala, Veracruz, Yucatán, Oaxaca, Michoacán, Querétaro, Guadalajara, Guanajuato, San Luis Potosí, Zacatecas, Durango, Sonora, Coahuila, Nuevo León y la nueva provincia de Tecpan, llamándola la “América Mexicana”, dicen los INHERM]». Lenguaje mestizo y amestizándose por siglos… hasta nosotros. No sé si esta novela la leyó el moreno Rubén Mora, pero en la obra de éste hay, digamos, reflejos de aquel. O si la leyó el negro Álvaro; pero, bueno, en unos más párrafos abordaremos a este padre costeño nuestro, tata Álvaro.

En lo segundo, quienes han estudiado esta novela refieren que la madre de don Luis Gonzaga Inclán era la «mulata sureña» (precisa Salvador Novo) María Rita Goicochea, quien vivía en Tlalpan, a mitad del siglo xix. Y, de don Luis se menciona «su color moreno», que era «moreno de color», según testimonio de González Peña, citado por Novo. Esta novela, de un montón de páginas, extensa, es, a mi juicio, una primera piedra negra (valga la expresión) en el mestizaje novohispano que derivó en lo mexicano, en lo de uno y en lo de todos nosotros, y cuyos hechos sustanciales siguen siendo, existiendo, teniendo continuidad, por ejemplo, en la obra del costeño ¿negro? Álvaro Carrillo Morales, el sureño negro de la Costa, también hijo de una “mulata” o “morena” o “negra” o “prieta”, bunitilla, de “color quebrado”, nativa de Fuchitán, de nombre Candelaria Morales.

Escuchando las chilenas de don Álvaro, le parece a uno que está en el mismo mundo de don Luis Gonzaga, que hay una accidentada continuidad en los tiempos (años, siglos) transcurridos en este territorio nuestro: aunque la mayoría de las peripecias de su novela las ubica en Michoacán, éstas pertenecen al ámbito sureño, que incluye parte de ese estado (Tierra Caliente), más el de los actuales Morelos, Guerrero y Oaxaca, zona de intenso y extenso mestizaje afroindio (uso esta palabreja actual —neologismo de uno— por no encontrar otra que se le acomode, la que ha sido y es y está siendo y será la sustancia —si fuera válido tal término, y no sólo término, sino sitio de paso— de lo “sureño” o lo “costeño”). Esta zona fue escenario importante en la lucha de los negros novohispanos por la libertad (no, a la esclavitud; ni al sistema de castas —no, al racismo, dicho esto en términos actuales) y por la independencia (la creación de un nuevo país, la América Mexicana, sin pertenecer ni estar siendo sojuzgada por la élite de la España: la Corona y la Iglesia Católica, Apostólica y Romana), encabezados los independentistas por los negros José María Morelos, Vicente Guerrero y Juan Álvarez, entre otros, quienes inicialmente impulsaron la creación de un territorio independiente y autónomo (con la Provincia de Nuestra Señora de Guadalupe de Tecpan, por decreto de Morelos, el 18 de abril de 1811) para los afroindios aquellos, que también somos nosotros. Anoto aquí, de pasadita, al mixteco-negro amestizado Juan del Carmen, de Rancho Cuanachinicha, lugarteniente del negro Vicente.

La trayectoria de este mestizaje la canta, la subsume, la concentra, por ejemplo, en esta chilena, don Álvaro: « Éntrale, negra bonita,/ que te quiero ver bailar/ esta linda chilenita/ que te vengo a dedicar,/ pero cuida tu boquita,/ no te la vaya a besar.// Ándale, chiquita, que te quiero, mamacita;/ Ándale, preciosa,/ cachetes color de rosa.// Soy el negro de la Costa/ de Guerrero y de Oaxaca,/ no me enseñen a matar,/ porque sé cómo se mata,/ y en el agua sé lazar/ sin que se moje la riata.// Cierto, que echo mis habladas,/ pero Sóstene’ me llamo./ A mí nadie me hace nada,/ como quiera yo las gano;/ y no hay ley más respetada/ entre todos mis paisanos/ que un machete entre mis manos.// Mi padre fue gavilán y yo nací ticos-tico;/ soy como el tarran-tan-tan/ que ‘ondequiera pego el pico:/ la polla que a mí me gusta,/ yo le echo el ala y la piso».

Los personajes centrales de “Astucia” son así: diestros en guerrillas, armados con machetes, de a caballo, temerarios, guapos y valientes, indómitos, autónomos, diestros vaqueros o “charros”, justicieros, cuyos antepasados guerrearon como independentistas (los protagonistas, al lado de los Rayón), afectos a los fandangos (músicos, bailadores y verseros), a las peleas de gallos (“palenque”, término éste ligado a la pulsión de los negros africanos esclavos por huir de la esclavitud y refugiarse en zonas inaccesibles), al rodeo (montar vaquillas y torear toros, mostrar sus habilidades en el manejo de la reata y el caballo, etc.), enamorados, y más.

Al describir al protagonista Lorenzo Cabello en su identidad del charro “Astucia”, quien encabeza el grupo de —digamos— autodefensa de los vecinos del Valle de Quencio para combatir a los delincuentes que los asuelan, ante la autoridad estatal que lo busca para que le rinda cuentas, el propio “Astucia”, fingiéndose otro, se auto describe así: «…es teniente coronel efectivo con grado de coronel, soldado viejo que ha ganado sus ascensos con su sangre, todo su cuerpo está lleno de horrorosas cicatrices; fue desde la insurrección el dedo chiquito del general Guerrero y es un verdadero liberal». Y, líneas después, precisa: «…es un hombre muy campechano, nada patarato y, como bueno sureño de los de por allá abajo, pocas palabras y machetazos de derecha e izquierda». Pero el reconocimiento y la admiración que Inclán, a través de sus personajes, manifiesta hacia el negro Vicente Guerrero continúa: El gobernador de Michoacán, una vez que lo enteraron de los hechos anteriores, exclama: «Pues entonces ya merece más atención; basta que sea de la escuela del general Guerrero, porque ése fue el mejor liberal de buena fe y firme defensor de nuestras garantías». A pesar de ello, quienes han estudiado esta novela aseguran que Inclán no se metía en política. Pa’ mí que era un liberal y federalista. Sigamos.

En ese juego de “Astucia” para entompetear al gobierno, hay en personaje menor, “El Chango”, que lo acompañará en el transcurso de las acciones de la última parte de la novela hasta el final; incluso, Inclán transmuta sus papeles, sus identidades, los hace cuates, es decir, gemelos: el uno es el otro, y viceversa, como parte de ese juego. La filiación que dan a la autoridad como de “Astucia”, es la de “El Chango”: «…un hombre de más de cincuenta años, nacido por el rumbo de Acapulco, cargado de hombros, con el pescuezo muy corto, chaparrón, cojo de la pierna izquierda, pelo crespo, cerdoso y cano; frente muy estrecha, ojos enchilados, nariz aplastada y de anchas ventanas, boca grande, con labios carnosos amoratados, barba poca, color trigueño oscuro, con algunas manchas de pinto azul y sumamente hoyoso de viruelas». Seré muy imaginativo, pero en varias de esas señas se parece a tata Álvaro. También, a Amparito, quien, a la postre será la mujer de “Astucia”, le mera mención de éste «le llamó la atención, chocándole el tal nombre de Astucia, suponiéndolo como sureño, un negrote de esos medio desalmados y ladinos». Después, al padre de ésta, nombrado ya gobernador, cuando pregunta «¿Qué casta de hombre será ese coronel?», le responde “Astucia”, quien se finge otro y se disfraza ante él, sin ser identificado, a pesar de ya haberlo visto antes: «Un sureño de esos macheteros que todo lo componen a tajos y puntazos, según nos han dicho». En acción, el filoso machete costeño. 

A “El Chango”, Inclán le da el oficio de cocinero de su jefe y su familia; antes, fue arriero bajo el mando de los charros traficantes de tabaco, y guerrillero como ellos: «Mientras que Amparo cuidaba a su esposo, El Chango fregó sus trastes y acomodó su recaudo y demás cosas para no dejar nada olvidado». En algún momento, invitan a comer al gobernador: «El gobernador llegó cansadísimo al cerro de la Culebra, tirándose a descansar en la cama que halló dispuesta, donde se durmió un buen rato; de modo que no sintió cuando llegó El Chango muy cargado de botellas y recaudo: Luego luego tiró la cotona y se puso a cocinar, disponiendo la comida». Después de “taquear”, el invitado indaga por el cocinero; le dice Simón quién es: «No es extranjero, es criollo… De por Oaxaca». O séase que se es, paisano de uno. También, más tarde, el papá de Amparo habrá de pedir: «…que le vayan dando nueces encarceladas a los guajolotes para tomar el mole de manos del Chango, que para eso se escupe la mano y uno se chupa los dedos».

Además, Inclán lo pondrá de pilmamo: «El Chango lavaba sus pañales, planchaba su ropita y desempeñaba de pilmama…». Y, tanto “El Chango” como Simón (otro leal servidor de “Astucia” y de su familia) enseñaban al niño, a quien apodaron “El Changuito”, a ser «un buen charro de a caballo» y a manejar el machete: Su mentor lo instruía así: «…échale un corte a ese bicho, Changuito —y el niño meneaba su bracito como si tirara un machetazo—; dale un puntazo —y también hacía el movimiento o, si le daban algo con que ofender, lo hacía de veras—». Y, en eso del machete como arma, incluso, llega Inclán a aludir a “un corte costeño”.

Hay otros tópicos de nuestro mestizaje en esa novela, como las mujeres de a caballo, ahombradas, machorras, marotas, diestras en el uso del caballo y otras actividades presuntamente masculinas. Recuerdo aquí los versos de don Álvaro, en Canto a Costa Chica: «amo el simulacro de las capitanas», esas mujeres que suelen montar en la fiesta de Las Capitanas, en la que se amestizan el oficio de vaquería de los negro-indios costeños y el catolicismo en la figura de ese hombre que monta a caballo y carga machete y aniquila a sus contrarios, el Santiago “Matamoros” o “Mataindios” traído de la Península Ibérica, pero, ahora, asumido como propio, de uno, nuestro, nosotros mismos. Pero, ésas son otras señas de nuestro mestizaje, que veremos después. Por el momento, habrá que leer ese poema de don Álvaro y, por supuesto, como dice Salvador Novo acerca de la novela Astucia: todo mexicano debe leerla.

AÑIDIDO:

El Imperio azteca era principalmente un Estado joven que no había integrado las ciudades y etnias conquistadas (La única acción consciente para integrar las ciudades conquistadas era la llamada «hipogamia», una política de alianzas matrimoniales que consistía en dar como mujer al soberano de la ciudad conquistada una princesa de linaje real.) y que tenía enemigos hostiles, en ocasiones muy bien aguerridos, como, por ejemplo, las ciudades del Valle de Puebla, los señoríos huaxtecas, el Imperio tarasco y los reinos de Tututépec, Metztitlan y Yopitzinco.

Tomado de La verdadera visión de los vencidos, de Antonio Aimi.

lunes, 30 de septiembre de 2024

MULTIÉTNICOS Y MULTISÓNICOS

LAS SEÑAS DEL MESTIZAJE

Siempre hemos sido multiétnicos en la Costa Chica. Y multisónicos, diría Higinio Peláez. O, ¿lo dijo Juan Morales? En ambos casos, o en uno solo, vale. Multisónicos y multiétnicos.


Ahora se agregó el concepto “multiétnica” a la caracterización oficial de la nación mexicana, la que hizo el Estado mexicano, a través del Gobierno y de los legisladores federales, en la reciente reforma constitucional sobre derechos humanos colectivos de los pueblos y comunidades indígenas y afromexicanas. Al respecto, J. Alberto González Galván apunta: «Se adicionó en el párrafo segundo que la nación es también “multiétnica”, lo cual refuerza el sentido del principio de la diversidad cultural mexicana con etnias, culturas y pueblos originarios, derivados y extranjeros». Es lo que se llama “reconocimiento” constitucional y se funda en la idea de que lo que no se nombra no existe; por ende, estas «etnias, culturas y pueblos originarios, derivados y extranjeros», ahora sí existen para el tal Estado de derecho, ahora somos legalmente más diversos. Idea falaz, claro, o inexacta, ésa, de lo que no se nombra no existe, porque, también, éstas “etnias” han sido fundadoras del Estado mexicano: desde hace siglos, desde hace miles de años, lo que ahora conocemos como Costa Chica ha sido un territorio en el que han existido y convivido diversas civilizaciones, pueblos y culturas, o “etnias”. Es decir, aunque no habían sido reconocidos por el Estado, en este territorio existían y transitaron o moraron, guerrearon y se aliaron, y dejaron sus huellas arqueológicas los olmecas, los teotihuacanos y los zapotecas (utilizo los nombres usuales en español, aunque provengan de lenguas pretéritas, por no conocer las originales), de acuerdo con datos de Aarón Arboleyda Castro, Elizabeth Jiménez García y Guadalupe Martínez Donjuán, aparecidos en el primer tomo de la Historia General de Guerrero. Época prehispánica. Arqueología-Etnohistoria, del INAH.

Veamos algunos datos. Con relación a los olmecas guerrerenses, estos investigadores hacen la acotación siguiente: «Debemos considerar como concepto “olmeca” a un sistema de representación, un complejo de rasgos formales que fueron plasmados en piedra, cerámica, madera, concha, etcétera, donde las formas y diseños iconográficos integran un sistema dual compuesto tanto por elementos naturales o reales como por sobrenaturales o entidades compuestas. En Guerrero, el material arqueológico de estilo olmeca parece haber estado vigente por un periodo de 800 años, iniciando quizás desde el año 1500 a. C. y ocurriendo en diversos puntos del estado». Y anotan dos nombres: San Luis Acatlán y Charco Ometepec; en ambos se encontraron objetos de estilo olmeca.

En el caso de los teotihuacanos, asientan: «Las estelas de Costa Grande y Costa Chica señalan una marcada influencia del Altiplano Central, posiblemente de Teotihuacan, pero la ejecución de estas piezas pudiera corresponder a la etapa final del periodo Clásico, cuando decae el control e importancia de Teotihuacán entre el 600 y 800 d. C. aproximadamente». Sobre los zapotecas, dicen: «La presencia zapoteca en Guerrero es clara, sobre todo en las regiones de La Montaña y Costa Chica, donde los materiales significativos son la cerámica y la iconografía plasmada en estelas. Durante el Clásico de Costa Chica, los objetos estudiados indican una relación más estrecha con Oaxaca que con el Altiplano Central. Los sitios con evidencia zapotecas son …Comaltepec, El Terrero [Cuajinicuilapa]… Piedra Labrada [Ometepec].

»Zapotecas y mixtecas determinaron en cierta medida sobre la vida de varios pueblos limítrofes de Guerrero, debido quizás a su presencia física. Tanto en Oaxaca como en Guerrero hay estelas lisas frente a patios y montículos; cerámicas Gris incisa, Rojiza-naranja y Policroma laca, presentes desde el Clásico hasta el Posclásico; también grifos y estelas hechos al estilo zapoteca; esculturas monolíticas; así como los soportes altos de vasijas, que tienen personajes y glifos que parecen haberse derivado del estilo zapoteca. La convivencia de rasgos teotihuacanos y zapotecas puede verse, por ejemplo, en Piedra Labrada [Ometepec], donde existen monolitos con relieves de personajes muy parecidos a Tláloc o Chalchiuhtlicue, de estilo teotihuacano, aunque los penachos de plumas que los decoran forman parte del dios Cocijo plasmados en urnas, deidad acuática zapoteca de la época clásica de Monte Albán. Las figurillas de barro hechas en molde, huecas, que representan deidades como Tláloc y Huehuetéotl, así como mujeres, ancianos, jaguares, ranas, pelícanos y otras aves marinas, fueron hechas en la Costa Chica, como se observó claramente en Ometepec». Esos restos arqueológicos sugieren el mestizaje de Teotihuacanes y zapotecas.

En el campo de la etnohistoria, Raúl Vélez Calvo menciona a los mixtecas, los amuzgos, los ayacastecas, los yope-tlapanecas como moradores del territorio desde la época precortesiana o precolombina o mesoamericana. Los mixtecas, plantea, en la Costa Chica estaban asentados al norte de los municipios de Tlacoachistlahuaca, San Luis Acatlán y Ayutla; también dice que en Cuahuitlán (cercana al actual municipio de Cuajinicuilapa) se hablaba la lengua mixteca. De los amuzgos escribe que habitaron los actuales municipios de Ometepec, Igualapa, Xochistlahuaca y Tlacoachistlahuaca; y que fundaron Xochistlahuaca, Cozoyoapan, Cochoapa, Zacualpan, Huehuetónoc, Tlacoachistlahuaca, Ayotzinapa, Cuananchinicha, Huixtepec, Acatepec, Acalmani, Quetzalapa, Chalacachapa y otros pueblos más en Igualapa y Ometepec.

Sobre los ayacastecas refiere: «El ayacasteca o, más propiamente, ayacachteca, fue un grupo que tuvo un asentamiento no muy extenso pero sí importante, tanto es así que una porción de la Costa Chica colindante con el estado de Oaxaca recibió la denominación de Provincia de Ayacachtla. Ello se debió, seguramente, al hecho de que este grupo dominó a sus vecinos de otras etnias». Se asentaban en Ometepec e Igualapa, apunta, y menciona: «En las Relaciones del Obispado de Antequera se menciona que eran pueblos de las Provincias de Ayacastecas Igualapa, Tlacolula, Ometepec, Cuahuitlán y Azuyuqi; no así las estancias de Ometepec, que Pertenecían a la Provincia de Amuzgos».

En el caso de los yopes-tlapanecas explica que: «Por varios documentos del siglo XVI sabemos que la lengua yope y la lengua tlapaneca eran una sola. La diferencia entre ambos grupos era, al parecer, únicamente su asentamiento geográfico y, quizá, su tipo de señorío jurisdiccional… Los yopes habitaban el territorio de Yopitzinco, que abarcaba los actuales municipios de San Marcos y Tecoanapa, así como pequeñas porciones de los municipios de Ayutla, Acapulco, Juan R. Escudero y Quechultenango. Por su parte, los tlapanecas estaban asentados en una gran parte de lo que a la llegada de los españoles era la Provincia Tributaria de Tlappan (hoy Tlapa) y que comprendía los municipios de Malinaltepec, Tlacoapa, Zapotitlán Tablas y Acatepec. Ocupaban también porciones de Atlamajalcingo del Monte, Atlixtac, Metlatónoc, Tlapa, Xalpatláhuac, Ayutla, San Luis Acatlán y Quechultenango».

Vélez Calvo también registra las incursiones guerreras nahuas: «Otro asentamiento nahua fue una franja ubicada en la Costa Chica con pueblos dispersos dentro de los municipios de Ometepec, Igualapa, Azoyú, Copala, Cuautepec, Florencio Villarreal, Ayutla, Xochistlahuaca y, quizá, Cuajinicuilapa». Anota que Netzahualcóyotl y sus ejércitos incursionaron este territorio: «…en el año 4 calli o 4 casa (1457), por el sureste, por la Costa Chica de Oaxaca se adentra a la de Guerrero con sus ejércitos divididos en dos frentes: uno, el del norte, siguió la ruta de Ayacachtla … El frente que recorrió la ruta sur tocó Cuahuitlán (Cagüitán, Oax.), Huehuetlán (Huehuetán, municipio de Azoyú), Atozyuc (Azoyú), Cuauhtépec (Cuautepec), Xochitonalla y Ayotlan».

Agrega, además: «La Relación de Xalapa, Cintla y Acatlán afirma que “antiguamente, antes de la venida del Marquéz, […] (Ayutla) era de Moteuçuma […] y que todos los d[ic]hos pu[ebl]os que tiene declarados le daban este tributo antiguamente, cada seis lunas”. Los pueblos a que se refiere son todos los incluidos entre Ayutla y Cuahuitlán. Los nativos de éste último pueblo se muestran muy poco precisos y declaran que “fueron antiguamente estos pueblos, o los indios de él, sujetos a Montezuma”». En el Códice Azoyú se refiere que en el año 1461 (ocho viento, del calendario tlapaneca) se inicia el dominio azteca de Tlachinoltípac sobre antiguo de Tlachinollan (hoy Tlapa).

Es decir, el territorio de la Costa Chica, visto desde ahora y nombrado con conceptos actuales, desde hace siglos ya era plural, diverso, multicultural, pluricultural, intercultural, etcétera. Y, con el paso del tiempo, esa pluralidad se ha ensanchado, con los europeos mediterráneos, con los subsaharianos, con los asiático-pacíficos, fundamentalmente. Es decir, esa realidad ya existía desde antes de que los países capitalistas inventaran esas políticas públicas de la inclusión, concretadas a partir del Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo, al que se adscribió el Senado mexicano en 1990, dándole rango de ley constitucional, y que implica, entre otras concesiones,  “reconocer” a las minorías raciales o étnicas. Y esas políticas de la inclusión derivan en la justificación de que esas minorías, indígenas y afromexicanos, por ejemplo, ahora “ya existen, ya están reconocidas constitucionalmente, ya tienen derechos humanos específicos”, pero, con ello, no se resuelven las problemáticas que hacen posible y perpetúan su pobreza, su marginación, su exclusión, su racialización, como ha ocurrido en el país los últimos cinco años, después de la reforma constitucional de 2019, porque la mera “inclusión” y el mero “reconocimiento” fueron una victoria de papel, de la que sólo se beneficiaron sectores de la élite de los tales movimientos “indígenas” y “afromexicanos”. Al final, creo que Andrés Manuel tiene razón: todos los derechos para todos. A fin de cuentas, siempre hemos sido multiculturales y lo seremos, al margen o incluidos. Lo que falta, es la justicia para nuestros pueblos y comunidades que ahora llaman “indígenas” y “afromexicanas”, como entes separados, siendo que, en los últimos cinco siglos, hemos sido lo mismo: hijos de un mestizaje que fue uno y que, durante esos siglos, lo sigue siendo, pero ya otro, porque éste es un proceso interminable, de encuentros y desencuentros, de amores y desamores, de pliegues y repliegues, de lo propio y lo ajeno, de lo igual y lo distinto, de lo fino y lo grotesco, de la violencia y de la amistad, de lo indómito y de lo hospitalario, de lo sagrado y de lo profano, de la alegría y de la tristeza, de indios y de negros. No me apresuren, pero, somos afroindios, y mexicanos, fundamentalmente, acá, en la Costa Chica. O algo así.

Ahora, escuchemos tocar y cantar a Los Multisónicos en su “Cuarto fandango costeño”, y bailemos, que la vida es breve y aleve: «Parece ballena/ parece elefante/ un rinoceronte/ Parece un bombón». ¡Voy polla!

AÑIDIDO:

En el censo del último año [1791], casi todas las personas de origen africano fueron clasificadas como pardos, es decir, que eran resultado de un mestizaje más complejo del que había cuando se hizo el conteo a mediados del siglo XVIII en que fueron mencionados como mulatos. Los afrodescendientes tixtlecos habitaban en 108 de las 335 casas que había en el pueblo. La mayoría residía en vivienda propia, en algunas compartían con varias familias, en otras estaban como sirvientes y en una había un hombre y tres mujeres esclavizados. Era una población principalmente urbana, pues en la hacienda y ranchos de la cabecera sólo habitaban 39 personas de origen africano. Los indígenas, por el contrario, residían principalmente en el área rural, en la cabecera de Tixtla sólo ocupaban 21 casas y en otras 15 cohabitaban con personas de otros grupos: en tres con españoles, en 11 con mestizos y en cuatro con pardos. La distribución de casas que muestra el padrón permite vislumbrar que había coexistencia entre los diferentes grupos, pues las viviendas de los pardos se intercalaban con las de españoles, mestizos e indígenas, aparentemente, sin problema. Pero no era así en la calle Real ni en la de Miranda, que por el orden del censo eran las más importantes, pues en éstas residían sobre todo españoles que eran funcionarios, curas, comerciantes, propietarios de haciendas o dueños de atajos de mulas, entre otras ocupaciones que indicaban que eran las principales familias del pueblo social y económicamente. Por otro lado, casi todos los afrodescendientes que vivían en Tixtla eran nativos del lugar, sólo encontramos una persona procedente de Amilpas Cuautla, así como una familia  de cuatro mulatos que llegaron de Guamantla. Cabe mencionar que, en el censo, los apellidos de pardos, en su mayoría, no coincidían con los de las familias de otros grupos y, respecto a las relaciones maritales, se pudo observar que los matrimonios de afrodescendientes con españoles e indígenas eran escasos. Lo más habitual era que se casaran con mestizos y entre sí. En el primer caso, hemos identificado 20 uniones de hombres pardos con mujeres mestizas y 14 de pardas con mestizos, mientras que matrimonios en los que ambos contrayentes eran afrodescendientes se contabilizaron 25. La frecuencia de uniones de individuos de origen africano con mestizos permite apreciar que, en Tixtla, el “mestizaje” en el sentido amplio y pluriétnico del término era común y se puede pensar que varias personas clasificadas en los registros de la época como mestizas, en realidad, eran afrodescendientes.

[Tomado de “Vicente Guerrero: Lo cierto e incierto de un insurgente de origen africano”, de María Teresa Pavía Miller]


(28 de septiembre de 2024)

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