ENTRE LA HISTORIA ORAL Y LOS DOCUMENTOS
Manuel Zárate fue un patriota que peleó por las causas liberales, al lado de Porfirio Díaz, muchas veces bajo su mando, cuando éste era liberal y guerrillero. Manuel Zárate fue comandante de las Guardias Nacionales (precisamente de la de Cuajinicuilapan, San Nicolás y Maldonado) que se crearon en los pueblos afines a los liberales, en esos episodios que se suelen llamar la guerra de Reforma. La tradición oral en Cuajinicuilapa asegura que fue un criollo de piel obscura, cabello cuculuste y rasgos “de negro”, y que fue amigo de Díaz, a quien visitó cuando era presidente de la República. Los datos documentales que se tienen no coinciden totalmente con las versiones orales.
Las versiones orales
El primer relato es más o menos así: Que un día un negro alto y cargado de morralas de ixtle, unas jícaras y un manojo de iguanas maneadas se plantó en la puerta del palacio nacional, en la ciudad de México, y que ante quien quisiera escucharlo decía: Yo quiero ve’ a Porjuirio, quiero ve’ a Porjuirio, pero nadie lo tomaba en cuenta. Que hizo lo tal durante varios días, hasta que alguien de adentro —un guardia del palacio, dicen algunos— lo escuchó y le comentó el hecho al presidente don Porfirio Díaz, quien pidió que le preguntaran su nombre, y, luego de averiguado éste, que lo llevaran ante él; y al verlo, lo abrazó con emoción y familiaridad. Que el hombre negro le reprochó que no lo atendiera antes, y que el presidente de la República se excusó diciendo que él no había sabido que estaba afuera; si no, hubiese mandado entonces por él. Que el hombre sacó de sus morralas carne seca de venado, pescado seco y asado y las jícaras, las que le dio a su amigo Porfirio, además de las iguanas, alimentos esos a los cuales éste era muy adicto. Que el presidente le preguntó si lo visitaba por tener algún problema que él pudiera ayudar a solucionarlo, teniendo como respuesta de Manuel Zárate que él no iba a pedirle nada, que era pobre, pero honrado, sino que sólo iba a saludarlo, porque le daba mucho gusto que su amigo hubiese llegado “a la grande”. Hasta allí, este relato. Alguien me comentó hace unos treinta años que un relato similar salió publicado en El Universal. Aunque, en ese universo paralelo, urdido por no sé quién, se aludía a que “ese negro” había ayudado a Díaz a sanar unas heridas de un combate que tuvo por estas tierras costeñas antes de que fuera presidente de la República, y que lo mantuvo en su casa —bajareque— y lo alimentó con harta chucherías y alimañas de caza y pesca de la región de los bajos. Y no más.
Pero hay otro relato paralelo. Y fue Félix Calleja Díaz, criollo de Cuajinicuilapa, quien lo relató hace unos quince días. Él dice que el amigo del presidente no fue Manuel Zárate, sino otro criollo “alto y muy oscuro”, de Tierra Colorada, localidad de este municipio. Que a finales de los años 80 del siglo pasado (tal vez en el 79), en casa del comisariado ejidal de esa comunidad, Julio Magallón, conoció a un señor muy mayor de edad, como de cien años o más. Que la gente de Maldonado ya le había platicado que don Lucas Parral había sido soldado de Porfirio Díaz. Que él mero le contó que él participó en la Revolución con Porfirio Díaz. Era un hombre ya muy grande don Lucas —acota Félix—, ya andaba rebasando los cien años, y no estaba muy lúcido, pero su plática coincide con lo que la gente grande le había echado. Que él fue soldado de Porfirio Díaz, que anduvo hasta en otros estados, como Morelos, como parte de su ejército. Que en Colorada —comunidad aledaña— le tocó atenderlo por estar herido, porque en un batalla salió baleado y se fue a refugiar allá. Cuando a él lo mandaban a combate y le asignaban como soldados a “indígenas puros”, a Porfirio no le gustaba, sino cuando le asignaban a criollos, individuos ya cruzados, negros con indios o negros con blancos. Don Lucas era negro, “negro negro, negro puro, se puede decir” —precisó Félix. Y relató que don Lucas fue a la ciudad de México, de repente, sin anticiparse, a buscar a su amigo Porfirio, que ya era presidente, y le llevaba comida de la que le gustaba, es decir: venado, iguana, pescado oreado, conejo, chichalaca, etc. Que don Lucas estuvo preguntando y, luego, esperando por mucho tiempo, en una oficina, a que lo atendieran. Al final de algún día, ya cansado el costeño, la secretaria le avisó al presidente que un amigo suyo lo estaba buscando. Luego, Díaz, después de saber quién era, lo hizo pasar y lo atendió de muy buen gusto. Que don Lucas le reprochó que no quisiera recibirlo: —Ya porque estás sentado en la burra, ya no quieres recibir a los amigos, chinga’o. Así, más o menos. En un recuento de este relato, Domingo Mingo Rodríguez Cruz agregó que don Lucas le reprochó con un Porjuirio ‘e mierda, pero aplicada esta expresión familiar al decir de Manuel Zárate. El caso es que se trata de la familiaridad de un negro criollo (ya Manuel, ya Lucas) con el presidente Díaz.
En octubre de 2022, el amigo Filemón Marín Magallón platica que: «Se cuenta que ese Juan Bruno asistió a Porfirio Díaz, y que lo mantuvo oculto en Charco Choco, ejido de San Nicolás, cuando andaba en campaña para ser presidente, y este negro africano le daba de alimento unas grandes mojarras criollas riquísimas, tan sabrosas, que Porfirio Díaz anduvo contentísimo, y, en pago, Porfirio le hizo una promesa a Juan Bruno, le dijo que lo visitara cuando ya estuviera de presidente de la República, cuando tuviera algún problema difícil de resolver. Con el tiempo, un hijo del moreno Juan jurtó a una vecina, morena de buen ver, de las de risa escandalosa y alegradora; y cuando su familia quiso arreglar con la familia de ella, estos no aceptaron arreglo y pidieron cárcel, o le darían muerte. Entonces, Juan Bruno agarró sus tiliches, entre ellos, un costal de totopo, y agarró camino. Y caminó, y caminó, y caminó, como un mes (ya iba nejo, nejo), hasta que llegó a la capital, donde Prejuirio era ya presidente, y en la entrada del palacio estuvo porfiando por verlo, pero no le hacían caso, hasta que alguien se acomidió de él, a pesar de que lo vio muy nejo, le preguntó qué hacía allá por el frío, si luego luego se le veía que él era de orilla de playa, y Juaniquito le contó sus peripecias, y éste, el funcionario, lo hizo firmar un papel, el que enseñó al presidente Díaz. Al ver el papel, éste reconoció los garabatos de su amigo, y salió él mero a recibirlo, y lo abrazó y le dijo muchas palabras de aprecio, y se abrazaron. Entonces, Juan le narró la desgracia que amenazaba a su chocoyote, y Prejuirio le escribió una carta avalando a Juan y a su hijo, con lo que la familia de la muchacha quedó conforme, y se casaron en una ramada de diez horcones, en una fiesta que duró tres días, a la que asistieron de todos los pueblos de por aquí, de Soto, Tacubaya, Huehuetán, Juchitán, Tecoyame, Collantes y un montón más». Pa’l caso es lo mismo: Juan Bruno, El Africano, nativo, también, de estas tierras, fue compañero de ideas y armas de Vicente Guerrero y Juan Álvarez, junto a quienes combatió a los centralistas encabezados por los traidores Bustamante y Bravo, y quiso ir a rescatar al primero, después de que lo licenciaron de la presidencia por ser negro —aunque, más bien, porque encabezaba un proyecto federalista, contrario al de los poderosos—, y que Picaluga lo agarrara preso en Acapulco, para llevárselo a Huatulco y entregarlo al gobierno; se armó, en compañía de Francisco Atilano Santa María, encabezando a la brosa de esta zona, para ir a rescatar a su amigo, su hermano, Vicente, pero les cerraron los caminos, por órdenes de Florencio Villarreal y de Nicolás Bravo, y no pudieron auxiliarlo. En fin, tal vez Juan Bruno sí conoció a Porfirio, que era más joven que él, pero uno no sabe de ello.
Los datos documentales que uno conoce
De don Manuel Zárate se sabe poco. Apenas se tiene conocimiento de algunos de sus hechos como militar, por los partes oficiales que se conservan y que algunos curiosos han recuperado, como Epigmenio López y Francisco Vázquez, además de algunos datos que se encuentran dispersos en las memorias de Porfirio Díaz. El primer dato documental que se tiene de Zárate (del cual tampoco se conoce su otro apellido), es que fue comandante de las Guardias Nacionales de Cuajinicuilapan, San Nicolás y Maldonado, las cuales combatieron el 1 de noviembre de 1860 contra los conservadores, en la extinta Laguna de Monte Alto (ubicada en los límites de los actuales estados de Guerrero y de Oaxaca, a unos seis kilómetros del pueblo de Cuajinicuilapa, donde también inicia el territorio del municipio), batalla que formó parte de la tal Guerra de Reforma.
El segundo dato documental que conozco en que se anotan acciones militares de Zárate se refiere a un combate ocurrido el 25 de enero de 1865, en San Juan Bautista Lo de Soto, Oaxaca, a unos cuantos kilómetros de aquí, cuando los del gobierno, procedentes de la capital del estado, comandados por Juan Ortega, atacaron a Porfirio Díaz sorpresivamente, mientras la mayoría de sus soldados se encontraba dando agua a sus bestias en el río, y refrescándose ellos mismos. Díaz pudo escapar, auxiliado por el capitán Ignacio Añorve, a cargo de la Compañía de Granaderos de Ometepec —según explica Francisco Vázquez—, compuesta por escasos soldados en ese momento; este grupo contraatacó a los contrarios, permitiendo que Díaz y su escolta huyeran hacia Ometepec; en tanto que el grueso de los liberales huyera hacia Cuajinicuilapan. Y, narra Francisco Vázquez: «Se recuerda que los conservadores de Ortega siguieron por el camino real nacional con rumbo a dicha población, a la que no pudieron llegar porque les salió al encuentro don Manuel Zárate, con las Guardias Nacionales, derrotando parte de la columna enemiga, quitándoles algunos estandartes y fusiles en un lugar llamado Las Crucitas, estandartes que durante mucho tiempo estuvieron en el salón de cabildos de Ometepec, de donde desaparecieron sin que se conozca el sitio al que fueron llevados».
El Batallón de Costa Chica, o de Ometepec, al que pertenecían las Guardias Nacionales que mandaba Zárate, combatió «muchas veces formando parte de la división que comandaba el General Porfirio Díaz, por cuyo motivo estuvieron en las acciones militares de Ixcapa, Mesones y Lo de Soto», dice Francisco Vázquez. Es decir, los paisanos de uno estuvieron por varias partes del país combatiendo. «…el batallón de referencia, con los mencionados jefes Coronel Manuel López Orozco, Teniente Coronel Felipe Rodríguez, Comandante Manuel Zárate y Capitán Ignacio Añorve, estuvo en las acciones militares de Mihuatlán, La Carbonera y en la toma de Oaxaca por el citado General Porfirio Díaz». No sé si en todas estas acciones Díaz ya era general, pero, en fin… Incluso, algunos de ellos estuvieron en la mitificada batalla del 5 mayo de 1862 en Puebla, contra los franceses. Francisco Vázquez precisa que «los que asistieron a esas acciones guerreras contaban que en gran parte la victoria de La Carbonera se debió al valor y destreza del Comandante Zárate, quien, al tener contacto con las tropas austriacas, húngaras y belgas, ordenó que se hiciera uso del filoso machete costeño en lugar del fusil o escopeta de mecha, y en esa forma se vieron caer destrozados a machetazos las cabezas de los barbados austriacos, que ignoraban completamente el manejo de esa arma cuando se usa cuerpo a cuerpo en una campaña». Por cierto, en Puebla combatieron soldados africanos1 mercenarios a favor de los franceses, de los llamados zuavos y cazadores de África. Eran los tiempos de la llamada segunda intervención francesa, la perpetrada por Napoleón III, el Pequeño. ¿Se enfrentarían los “negros” de la Costa Chica con los “negros” africanos? El filoso machete costeño.
Un tercer documento da cuenta de que Manuel Zárate falleció el 14 de noviembre de 1871 en Ometepec, defendiendo el Plan de la Noria de Porfirio Díaz, quien se oponía a una reelección más de Benito Juárez. Francisco Vázquez narra ese suceso: «El 14 de noviembre de 1871 esta plaza fue atacada como a las 7 de la mañana por el General Vicente Jiménez y don Manuel Zárate, siendo rechazados por el Coronel y Prefecto don Felipe Rodríguez, que mandaba las fuerzas de Ometepec y de Igualapa, defensores del gobierno del señor Licenciado don Benito Juárez, Presidente de la República. La acción de armas fue violenta, pero por fortuna para los defensores de la plaza, a la hora de iniciarse el combate, en uno de los choques de aquella lucha murió el Comandante Zárate, que mandaba las Guardias Nacionales de Cuajinicuilapan. La muerte inesperada de este bravo soldado causó profundo desaliento entre los atacantes, quienes, desmoralizados, abandonaron el campo y, de esa manera, se consumó su derrota».
Hay otros relatos más minuciosos sobre este hecho, y sobre la relación de Díaz con sus soldados costeños. Pero importa aquí revisar los datos documentales sobre el combate donde salió herido, para compaginar las fechas y los hechos y dilucidar si Zárate o Parral lo asistieron, o El Africano, como dicen las versiones orales que circulan entre nosotros, o ninguno de los tres, y si alguno de ellos lo visitó como presidente o, tampoco, ninguno. En sus memorias, Porfirio relata: «Cuando hacíamos nuestra marcha para incorporamos al Teniente Coronel Bustos o para proteger su incorporación, se nos interpuso entre Santa María Ixcapa y Cuajinicuilapan, del Distrito de Ometepec, el Coronel Salado con su columna de 700 hombres, armados todos con fusiles sin bayoneta, y además como armas de carga, con machetes de los que se usan en el sur [el filoso machete costeño], y nos obligó, como a las dos de la tarde del día 13 de agosto de 1857, a combatir con él, antes de que se nos incorporase Bustos, quien estaba como a diez o quince leguas de distancia, y el enemigo, según informes de nuestros exploradores, se encontraba a menos de una milla, emboscado en el camino que debíamos seguir. En los primeros disparos que mediaron entre mi columna y la enemiga, fui atravesado de la última costilla falsa de la izquierda, a la fosa ilíaca derecha, siendo ésta perforada cerca de su cresta superior, y sin haber interesado la bala los intestinos, pues quedó entre ellos y el trayecto de la bala una lámina muy delgada, lo cual me originó una peritonitis aguda. El tiro me derribó, pues fue tan cerca que quedaron incrustados en el tejido de mi ropa, algunos granos de pólvora, ocasionándome, los que venían en combustión, ligeras quemaduras…». 13 de agosto de 1857. Lo hirieron cerca de aquí, de Cuajinicuilapan. Si en 1860 don Manuel ya era comandante de las Guardias Nacionales, es muy probable que tres años antes ya fungiera como soldado liberal. En 1857, es improbable que don Lucas Parral hubiese nacido. De Juan Bruno se conoce que, después de las guerrillas de 1830 y 1831 a favor de Vicente Guerrero y contra el gobierno espurio de Anastacio Bustamante, fue indultado por el llamado Supremo Gobierno, a través de Florencio Villarreal, y dejó esas borucas, se apaciguó, dejó la política. Es probable que haya fallecido antes de que Díaz asumiera la presidencia.
Sobre su curación y restablecimiento, Díaz dice: «El Sr. Juárez, que comprendió la falta que teníamos los heridos de un buen facultativo, ordenó al Dr. Esteban Calderón, Juez de Tlaxiaco, que por la posta se pusiera en marcha con las medicinas necesarias, hasta donde encontrara nuestro improvisado hospital de sangre, es decir, hasta Cacahuatepec. Yo, que ignoraba esta disposición del Gobierno, y sentía ya la falta de médico y la necesidad de curación para todos los heridos, dispuse que emprendiéramos la marcha para Oaxaca, unos en camilla y a caballo los que podían montar. Así se efectuó, y a poco de haber salido de Cacahuatepec encontramos al Dr. Calderón, quien calificó nuestra determinación de muy imprudente a la vez que de muy audaz; nos estableció a todos en la Hacienda del Pie de la Cuesta, propiedad de Don Venancio Merás, cuyo administrador era un oaxaqueño, amigo personal mío y del médico. Después de diez y ocho días de permanencia en dicha Hacienda, cuyo tiempo aprovechó el Dr. Calderón para preparar la curación de todos los heridos, y después de varias operaciones dolorosas que me practicó en busca de la bala, sin encontrarla, emprendimos la marcha para Tlaxiaco…». Fue atendido, dice, en la Hacienda Pie de la Cuesta, del municipio de Cacahuatepec, no en la zona nuestra.
Aunque hay otros testimonios que difieren, como el de Pablo Serrano Álvarez, quien anota: «El 13 de agosto, ante la rebelión del conservador José María Salado, el gobierno de Oaxaca manda a un batallón de Guardias Nacionales a combatirlo; es comandada por Manuel Velasco. El capitán Díaz es subordinado. En un lugar llamado Ixcapa, se enfrentan los dos grupos en reñida batalla, de la que Díaz sale herido en un costado; primero es atendido en el campo de batalla por el Mayor Montiel, después, por un indio curandero que le aplica un ungüento que le cae fatal y finalmente, él y los heridos de su tropa serán atendidos en el pueblo de Cuajinicuilapan por el juez de Tlaxiaco y el doctor Esteban Calderón». Es probable, entonces, que Manuel Zárate sí haya estado presente y asistido en cierto modo y en lo que le correspondiera —que no era la curación lo suyo— a Díaz.
En otra parte de sus memorias, Díaz relata algunos detalles de su estancia por estos lares, pero en otras fechas, posteriores: «Debilitada mi fuerza porque los surianos se habían dispersado en su mayor parte en los momentos de la sorpresa, y para no exponerme a un golpe de mano, pasé a acamparme a los bajos de Quetzala, con objeto de aprovechar para la caballada los buenos pastos que hay en aquel lugar y porque en la falta absoluta de recursos en que yo estaba, podía vivir allí de la pesca con mis soldados por espacio de una semana poco más o menos, en cuyo tiempo nos llegaron algunos recursos, enviados de La Providencia, por el General Álvarez, a quien referí lo ocurrido en Lo de Soto y me prometió enviarme nuevo refuerzo de infantería. Cuando lo recibí, que sería como otros doscientos hombres, emprendí la marcha sobre el enemigo, sorprendiendo un destacamento de cuarenta o cincuenta soldados que tenía en Pinotepa». Los bajos del río Quetzala, en Cuajinicuilapan: Maldonado, Tierra Colorada, por ejemplo, donde también había llanadas y buenos pastos, y hubo caballos. Ello, en 1866, después del ataque en Lo de Soto. Nueve años después de que fue herido.
Precisamente, y en relación al combate de Lo de Soto, Francisco Vázquez asegura que «…el General Díaz posiblemente hubiera caído prisionero del enemigo porque el ataque fue por sorpresa y sin que se dieran cuenta los republicanos que en ese momento se encontraban descansando y bañándose en el río llamado El Riyito, y el General en Jefe don Porfirio Díaz atendiéndose de una herida que había sufrido en la acción militar de Ixcapa hacía algún tiempo y de la cual no sanaba». Es decir, la herida de Díaz es un referente constante en la narrativa que existe sobre su presencia en estas tierras. Atendiéndose la herida, nueve años después.
Lo cierto es que don Manuel Zárate, liberal y patriota y guerrillero, falleció en 1871, antes de que Díaz llegara a ser presidente de la República, el 5 de mayo de 1877. Casi seis años antes, su amigo y soldado, Manuel Zárate, criollo de Cuajinicuilapan, había fallecido en Ometepec, en la lucha de aquél por ser presidente, contra su exaliado Benito Juárez. Según Francisco Vázquez, al ahora presidente le interesó el destino de su amigo: «Años más tarde, el Gral. Porfirio Díaz, siendo ya Presidente de la República, al Comandante Militar de Ometepec le ordenó buscara la tumba de Zárate y, por cuenta suya, levantara un mausoleo en honor del desaparecido. Aquello no se hizo, porque se contestó al Gral. Díaz que no era posible hallar el sepulcro de Zárate». No es seguro que lo hayan enterrado en Ometepec, sino en su pueblo. Seguro es, pues, que Zárate no pudo enterarse siquiera del desenlace de esta lucha, ni de que su amigo hubiese llegado a ser presidente. Por tanto, ni siquiera pudo haberlo visitado ni llevarle esos animales —caza silvestre— que tanto le gustaba comer, al palacio nacional, según dicen varias versiones que se tienen por fidedignas.
1 Árabes, bereberes, egipcios, sudaneses, provenientes de Argelia, Egipto y Sudán.
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