viernes, 20 de febrero de 2026

MANUEL ZÁRATE, LIBERAL Y PATRIOTA CUISLEÑO:

ENTRE LA HISTORIA ORAL Y LOS DOCUMENTOS

Manuel Zárate fue un patriota que peleó por las causas liberales, al lado de Porfirio Díaz, muchas veces bajo su mando, cuando éste era liberal y guerrillero. Manuel Zárate fue comandante de las Guardias Nacionales (precisamente de la de Cuajinicuilapan, San Nicolás y Maldonado) que se crearon en los pueblos afines a los liberales, en esos episodios que se suelen llamar la guerra de Reforma. La tradición oral en Cuajinicuilapa asegura que fue un criollo de piel obscura, cabello cuculuste y rasgos “de negro”, y que fue amigo de Díaz, a quien visitó cuando era presidente de la República. Los datos documentales que se tienen no coinciden totalmente con las versiones orales.




Las versiones orales

El primer relato es más o menos así: Que un día un negro alto y cargado de morralas de ixtle, unas jícaras y un manojo de iguanas maneadas se plantó en la puerta del palacio nacional, en la ciudad de México, y que ante quien quisiera escucharlo decía: Yo quiero ve’ a Porjuirio, quiero ve’ a Porjuirio, pero nadie lo tomaba en cuenta. Que hizo lo tal durante varios días, hasta que alguien de adentro —un guardia del palacio, dicen algunos— lo escuchó y le comentó el hecho al presidente don Porfirio Díaz, quien pidió que le preguntaran su nombre, y, luego de averiguado éste, que lo llevaran ante él; y al verlo, lo abrazó con emoción y familiaridad. Que el hombre negro le reprochó que no lo atendiera antes, y que el presidente de la República se excusó diciendo que él no había sabido que estaba afuera; si no, hubiese mandado entonces por él. Que el hombre sacó de sus morralas carne seca de venado, pescado seco y asado y las jícaras, las que le dio a su amigo Porfirio, además de las iguanas, alimentos esos a los cuales éste era muy adicto. Que el presidente le preguntó si lo visitaba por tener algún problema que él pudiera ayudar a solucionarlo, teniendo como respuesta de Manuel Zárate que él no iba a pedirle nada, que era pobre, pero honrado, sino que sólo iba a saludarlo, porque le daba mucho gusto que su amigo hubiese llegado “a la grande”. Hasta allí, este relato. Alguien me comentó hace unos treinta años que un relato similar salió publicado en El Universal. Aunque, en ese universo paralelo, urdido por no sé quién, se aludía a que “ese negro” había ayudado a Díaz a sanar unas heridas de un combate que tuvo por estas tierras costeñas antes de que fuera presidente de la República, y que lo mantuvo en su casa —bajareque— y lo alimentó con harta chucherías y alimañas de caza y pesca de la región de los bajos. Y no más.

Pero hay otro relato paralelo. Y fue Félix Calleja Díaz, criollo de Cuajinicuilapa, quien lo relató hace unos quince días. Él dice que el amigo del presidente no fue Manuel Zárate, sino otro criollo “alto y muy oscuro”, de Tierra Colorada, localidad de este municipio. Que a finales de los años 80 del siglo pasado (tal vez en el 79), en casa del comisariado ejidal de esa comunidad, Julio Magallón, conoció a un señor muy mayor de edad, como de cien años o más. Que la gente de Maldonado ya le había platicado que don Lucas Parral había sido soldado de Porfirio Díaz. Que él mero le contó que él participó en la Revolución con Porfirio Díaz. Era un hombre ya muy grande don Lucas —acota Félix—, ya andaba rebasando los cien años, y no estaba muy lúcido, pero su plática coincide con lo que la gente grande le había echado. Que él fue soldado de Porfirio Díaz, que anduvo hasta en otros estados, como Morelos, como parte de su ejército. Que en Colorada —comunidad aledaña— le tocó atenderlo por estar herido, porque en un batalla salió baleado y se fue a refugiar allá. Cuando a él lo mandaban a combate y le asignaban como soldados a “indígenas puros”, a Porfirio no le gustaba, sino cuando le asignaban a criollos, individuos ya cruzados, negros con indios o negros con blancos. Don Lucas era negro, “negro negro, negro puro, se puede decir” —precisó Félix. Y relató que don Lucas fue a la ciudad de México, de repente, sin anticiparse, a buscar a su amigo Porfirio, que ya era presidente, y le llevaba comida de la que le gustaba, es decir: venado, iguana, pescado oreado, conejo, chichalaca, etc. Que don Lucas estuvo preguntando y, luego, esperando por mucho tiempo, en una oficina, a que lo atendieran. Al final de algún día, ya cansado el costeño, la secretaria le avisó al presidente que un amigo suyo lo estaba buscando. Luego, Díaz, después de saber quién era, lo hizo pasar y lo atendió de muy buen gusto. Que don Lucas le reprochó que no quisiera recibirlo: —Ya porque estás sentado en la burra, ya no quieres recibir a los amigos, chinga’o. Así, más o menos. En un recuento de este relato, Domingo Mingo Rodríguez Cruz agregó que don Lucas le reprochó con un Porjuirio ‘e mierda, pero aplicada esta expresión familiar al decir de Manuel Zárate. El caso es que se trata de la familiaridad de un negro criollo (ya Manuel, ya Lucas) con el presidente Díaz.

En octubre de 2022, el amigo Filemón Marín Magallón platica que: «Se cuenta que ese Juan Bruno asistió a Porfirio Díaz, y que lo mantuvo oculto en Charco Choco, ejido de San Nicolás, cuando andaba en campaña para ser presidente, y este negro africano le daba de alimento unas grandes mojarras criollas riquísimas, tan sabrosas, que Porfirio Díaz anduvo contentísimo, y, en pago, Porfirio le hizo una promesa a Juan Bruno, le dijo que lo visitara cuando ya estuviera de presidente de la República, cuando tuviera algún problema difícil de resolver. Con el tiempo, un hijo del moreno Juan jurtó a una vecina, morena de buen ver, de las de risa escandalosa y alegradora; y cuando su familia quiso arreglar con la familia de ella, estos no aceptaron arreglo y pidieron cárcel, o le darían muerte. Entonces, Juan Bruno agarró sus tiliches, entre ellos, un costal de totopo, y agarró camino. Y caminó, y caminó, y caminó, como un mes (ya iba nejo, nejo), hasta que llegó a la capital, donde Prejuirio era ya presidente, y en la entrada del palacio estuvo porfiando por verlo, pero no le hacían caso, hasta que alguien se acomidió de él, a pesar de que lo vio muy nejo, le preguntó qué hacía allá por el frío, si luego luego se le veía que él era de orilla de playa, y Juaniquito le contó sus peripecias, y éste, el funcionario, lo hizo firmar un papel, el que enseñó al presidente Díaz. Al ver el papel, éste reconoció los garabatos de su amigo, y salió él mero a recibirlo, y lo abrazó y le dijo muchas palabras de aprecio, y se abrazaron. Entonces, Juan le narró la desgracia que amenazaba a su chocoyote, y Prejuirio le escribió una carta avalando a Juan y a su hijo, con lo que la familia de la muchacha quedó conforme, y se casaron en una ramada de diez horcones, en una fiesta que duró tres días, a la que asistieron de todos los pueblos de por aquí, de Soto, Tacubaya, Huehuetán, Juchitán, Tecoyame, Collantes y un montón más». Pa’l caso es lo mismo: Juan Bruno, El Africano, nativo, también, de estas tierras, fue compañero de ideas y armas de Vicente Guerrero y Juan Álvarez, junto a quienes combatió a los centralistas encabezados por los traidores Bustamante y Bravo, y quiso ir a rescatar al primero, después de que lo licenciaron de la presidencia por ser negro —aunque, más bien, porque encabezaba un proyecto federalista, contrario al de los poderosos—, y que Picaluga lo agarrara preso en Acapulco, para llevárselo a Huatulco y entregarlo al gobierno; se armó, en compañía de Francisco Atilano Santa María, encabezando a la brosa de esta zona, para ir a rescatar a su amigo, su hermano, Vicente, pero les cerraron los caminos, por órdenes de Florencio Villarreal y de Nicolás Bravo, y no pudieron auxiliarlo. En fin, tal vez Juan Bruno sí conoció a Porfirio, que era más joven que él, pero uno no sabe de ello.



Los datos documentales que uno conoce

De don Manuel Zárate se sabe poco. Apenas se tiene conocimiento de algunos de sus hechos como militar, por los partes oficiales que se conservan y que algunos curiosos han recuperado, como Epigmenio López y Francisco Vázquez, además de algunos datos que se encuentran dispersos en las memorias de Porfirio Díaz. El primer dato documental que se tiene de Zárate (del cual tampoco se conoce su otro apellido), es que fue comandante de las Guardias Nacionales de Cuajinicuilapan, San Nicolás y Maldonado, las cuales combatieron el 1 de noviembre de 1860 contra los conservadores, en la extinta Laguna de Monte Alto (ubicada en los límites de los actuales estados de Guerrero y de Oaxaca, a unos seis kilómetros del pueblo de Cuajinicuilapa, donde también inicia el territorio del municipio), batalla que formó parte de la tal Guerra de Reforma.

El segundo dato documental que conozco en que se anotan acciones militares de Zárate se refiere a un combate ocurrido el 25 de enero de 1865, en San Juan Bautista Lo de Soto, Oaxaca, a unos cuantos kilómetros de aquí, cuando los del gobierno, procedentes de la capital del estado, comandados por Juan Ortega, atacaron a Porfirio Díaz sorpresivamente, mientras la mayoría de sus soldados se encontraba dando agua a sus bestias en el río, y refrescándose ellos mismos. Díaz pudo escapar, auxiliado por el capitán Ignacio Añorve, a cargo de la Compañía de Granaderos de Ometepec —según explica Francisco Vázquez—, compuesta por escasos soldados en ese momento; este grupo contraatacó a los contrarios, permitiendo que Díaz y su escolta huyeran hacia Ometepec; en tanto que el grueso de los liberales huyera hacia Cuajinicuilapan. Y, narra Francisco Vázquez: «Se recuerda que los conservadores de Ortega siguieron por el camino real nacional con rumbo a dicha población, a la que no pudieron llegar porque les salió al encuentro don Manuel Zárate, con las Guardias Nacionales, derrotando parte de la columna enemiga, quitándoles algunos estandartes y fusiles en un lugar llamado Las Crucitas, estandartes que durante mucho tiempo estuvieron en el salón de cabildos de Ometepec, de donde desaparecieron sin que se conozca el sitio al que fueron llevados».

El Batallón de Costa Chica, o de Ometepec, al que pertenecían las Guardias Nacionales que mandaba Zárate, combatió «muchas veces formando parte de la división que comandaba el General Porfirio Díaz, por cuyo motivo estuvieron en las acciones militares de Ixcapa, Mesones y Lo de Soto», dice Francisco Vázquez. Es decir, los paisanos de uno estuvieron por varias partes del país combatiendo. «…el batallón de referencia, con los mencionados jefes Coronel Manuel López Orozco, Teniente Coronel Felipe Rodríguez, Comandante Manuel Zárate y Capitán Ignacio Añorve, estuvo en las acciones militares de Mihuatlán, La Carbonera y en la toma de Oaxaca por el citado General Porfirio Díaz». No sé si en todas estas acciones Díaz ya era general, pero, en fin… Incluso, algunos de ellos estuvieron en la mitificada batalla del 5 mayo de 1862 en Puebla, contra los franceses. Francisco Vázquez precisa que «los que asistieron a esas acciones guerreras contaban que en gran parte la victoria de La Carbonera se debió al valor y destreza del Comandante Zárate, quien, al tener contacto con las tropas austriacas, húngaras y belgas, ordenó que se hiciera uso del filoso machete costeño en lugar del fusil o escopeta de mecha, y en esa forma se vieron caer destrozados a machetazos las cabezas de los barbados austriacos, que ignoraban completamente el manejo de esa arma cuando se usa cuerpo a cuerpo en una campaña». Por cierto, en Puebla combatieron soldados africanos1 mercenarios a favor de los franceses, de los llamados zuavos y cazadores de África. Eran los tiempos de la llamada segunda intervención francesa, la perpetrada por Napoleón III, el Pequeño. ¿Se enfrentarían los “negros” de la Costa Chica con los “negros” africanos? El filoso machete costeño.

Un tercer documento da cuenta de que Manuel Zárate falleció el 14 de noviembre de 1871 en Ometepec, defendiendo el Plan de la Noria de Porfirio Díaz, quien se oponía a una reelección más de Benito Juárez. Francisco Vázquez narra ese suceso: «El 14 de noviembre de 1871 esta plaza fue atacada como a las 7 de la mañana por el General Vicente Jiménez y don Manuel Zárate, siendo rechazados por el Coronel y Prefecto don Felipe Rodríguez, que mandaba las fuerzas de Ometepec y de Igualapa, defensores del gobierno del señor Licenciado don Benito Juárez, Presidente de la República. La acción de armas fue violenta, pero por fortuna para los defensores de la plaza, a la hora de iniciarse el combate, en uno de los choques de aquella lucha murió el Comandante Zárate, que mandaba las Guardias Nacionales de Cuajinicuilapan. La muerte inesperada de este bravo soldado causó profundo desaliento entre los atacantes, quienes, desmoralizados, abandonaron el campo y, de esa manera, se consumó su derrota».

Hay otros relatos más minuciosos sobre este hecho, y sobre la relación de Díaz con sus soldados costeños. Pero importa aquí revisar los datos documentales sobre el combate donde salió herido, para compaginar las fechas y los hechos y dilucidar si Zárate o Parral lo asistieron, o El Africano, como dicen las versiones orales que circulan entre nosotros, o ninguno de los tres, y si alguno de ellos lo visitó como presidente o, tampoco, ninguno. En sus memorias, Porfirio relata: «Cuando hacíamos nuestra marcha para incorporamos al Teniente Coronel Bustos o para proteger su incorporación, se nos interpuso entre Santa María Ixcapa y Cuajinicuilapan, del Distrito de Ometepec, el Coronel Salado con su columna de 700 hombres, armados todos con fusiles sin bayoneta, y además como armas de carga, con machetes de los que se usan en el sur [el filoso machete costeño], y nos obligó, como a las dos de la tarde del día 13 de agosto de 1857, a combatir con él, antes de que se nos incorporase Bustos, quien estaba como a diez o quince leguas de distancia, y el enemigo, según informes de nuestros exploradores, se encontraba a menos de una milla, emboscado en el camino que debíamos seguir. En los primeros disparos que mediaron entre mi columna y la enemiga, fui atravesado de la última costilla falsa de la izquierda, a la fosa ilíaca derecha, siendo ésta perforada cerca de su cresta superior, y sin haber interesado la bala los intestinos, pues quedó entre ellos y el trayecto de la bala una lámina muy delgada, lo cual me originó una peritonitis aguda. El tiro me derribó, pues fue tan cerca que quedaron incrustados en el tejido de mi ropa, algunos granos de pólvora, ocasionándome, los que venían en combustión, ligeras quemaduras…». 13 de agosto de 1857. Lo hirieron cerca de aquí, de Cuajinicuilapan. Si en 1860 don Manuel ya era comandante de las Guardias Nacionales, es muy probable que tres años antes ya fungiera como soldado liberal. En 1857, es improbable que don Lucas Parral hubiese nacido. De Juan Bruno se conoce que, después de las guerrillas de 1830 y 1831 a favor de Vicente Guerrero y contra el gobierno espurio de Anastacio Bustamante, fue indultado por el llamado Supremo Gobierno, a través de Florencio Villarreal, y dejó esas borucas, se apaciguó, dejó la política. Es probable que haya fallecido antes de que Díaz asumiera la presidencia.

Sobre su curación y restablecimiento, Díaz dice: «El Sr. Juárez, que comprendió la falta que teníamos los heridos de un buen facultativo, ordenó al Dr. Esteban Calderón, Juez de Tlaxiaco, que por la posta se pusiera en marcha con las medicinas necesarias, hasta donde encontrara nuestro improvisado hospital de sangre, es decir, hasta Cacahuatepec. Yo, que ignoraba esta disposición del Gobierno, y sentía ya la falta de médico y la necesidad de curación para todos los heridos, dispuse que emprendiéramos la marcha para Oaxaca, unos en camilla y a caballo los que podían montar. Así se efectuó, y a poco de haber salido de Cacahuatepec encontramos al Dr. Calderón, quien calificó nuestra determinación de muy imprudente a la vez que de muy audaz; nos estableció a todos en la Hacienda del Pie de la Cuesta, propiedad de Don Venancio Merás, cuyo administrador era un oaxaqueño, amigo personal mío y del médico. Después de diez y ocho días de permanencia en dicha Hacienda, cuyo tiempo aprovechó el Dr. Calderón para preparar la curación de todos los heridos, y después de varias operaciones dolorosas que me practicó en busca de la bala, sin encontrarla, emprendimos la marcha para Tlaxiaco…». Fue atendido, dice, en la Hacienda Pie de la Cuesta, del municipio de Cacahuatepec, no en la zona nuestra.

Aunque hay otros testimonios que difieren, como el de Pablo Serrano Álvarez, quien anota: «El 13 de agosto, ante la rebelión del conservador José María Salado, el gobierno de Oaxaca manda a un batallón de Guardias Nacionales a combatirlo; es comandada por Manuel Velasco. El capitán Díaz es subordinado. En un lugar llamado Ixcapa, se enfrentan los dos grupos en reñida batalla, de la que Díaz sale herido en un costado; primero es atendido en el campo de batalla por el Mayor Montiel, después, por un indio curandero que le aplica un ungüento que le cae fatal y finalmente, él y los heridos de su tropa serán atendidos en el pueblo de Cuajinicuilapan por el juez de Tlaxiaco y el doctor Esteban Calderón». Es probable, entonces, que Manuel Zárate sí haya estado presente y asistido en cierto modo y en lo que le correspondiera —que no era la curación lo suyo— a Díaz.

En otra parte de sus memorias, Díaz relata algunos detalles de su estancia por estos lares, pero en otras fechas, posteriores: «Debilitada mi fuerza porque los surianos se habían dispersado en su mayor parte en los momentos de la sorpresa, y para no exponerme a un golpe de mano, pasé a acamparme a los bajos de Quetzala, con objeto de aprovechar para la caballada los buenos pastos que hay en aquel lugar y porque en la falta absoluta de recursos en que yo estaba, podía vivir allí de la pesca con mis soldados por espacio de una semana poco más o menos, en cuyo tiempo nos llegaron algunos recursos, enviados de La Providencia, por el General Álvarez, a quien referí lo ocurrido en Lo de Soto y me prometió enviarme nuevo refuerzo de infantería. Cuando lo recibí, que sería como otros doscientos hombres, emprendí la marcha sobre el enemigo, sorprendiendo un destacamento de cuarenta o cincuenta soldados que tenía en Pinotepa». Los bajos del río Quetzala, en Cuajinicuilapan: Maldonado, Tierra Colorada, por ejemplo, donde también había llanadas y buenos pastos, y hubo caballos. Ello, en 1866, después del ataque en Lo de Soto. Nueve años después de que fue herido.

Precisamente, y en relación al combate de Lo de Soto, Francisco Vázquez asegura que «…el General Díaz posiblemente hubiera caído prisionero del enemigo porque el ataque fue por sorpresa y sin que se dieran cuenta los republicanos que en ese momento se encontraban descansando y bañándose en el río llamado El Riyito, y el General en Jefe don Porfirio Díaz atendiéndose de una herida que había sufrido en la acción militar de Ixcapa hacía algún tiempo y de la cual no sanaba». Es decir, la herida de Díaz es un referente constante en la narrativa que existe sobre su presencia en estas tierras. Atendiéndose la herida, nueve años después.

Lo cierto es que don Manuel Zárate, liberal y patriota y guerrillero, falleció en 1871, antes de que Díaz llegara a ser presidente de la República, el 5 de mayo de 1877. Casi seis años antes, su amigo y soldado, Manuel Zárate, criollo de Cuajinicuilapan, había fallecido en Ometepec, en la lucha de aquél por ser presidente, contra su exaliado Benito Juárez. Según Francisco Vázquez, al ahora presidente le interesó el destino de su amigo: «Años más tarde, el Gral. Porfirio Díaz, siendo ya Presidente de la República, al Comandante Militar de Ometepec le ordenó buscara la tumba de Zárate y, por cuenta suya, levantara un mausoleo en honor del desaparecido. Aquello no se hizo, porque se contestó al Gral. Díaz que no era posible hallar el sepulcro de Zárate». No es seguro que lo hayan enterrado en Ometepec, sino en su pueblo. Seguro es, pues, que Zárate no pudo enterarse siquiera del desenlace de esta lucha, ni de que su amigo hubiese llegado a ser presidente. Por tanto, ni siquiera pudo haberlo visitado ni llevarle esos animales —caza silvestre— que tanto le gustaba comer, al palacio nacional, según dicen varias versiones que se tienen por fidedignas.

1 Árabes, bereberes, egipcios, sudaneses, provenientes de Argelia, Egipto y Sudán.

lunes, 3 de marzo de 2025

Suspiro con tiranía

[Cimarronaje, en la copla de mujeres]

Soy cáscara sin olor

y a ninguno le doy tufo.

Quien quiera tener mi amor

debe saber que es un lujo.


Copla de la tradición versera

Sumisión y rebelión

La presencia de los africanos en México está ligada a la violencia. Arrancados de sus culturas, sus familias, sus territorios y sus personas, los africanos fueron esclavizados y reducidos a la condición de mercancías, de cosas. Este proceso de esclavización se basó en la fuerza bruta, utilizó la violencia, la guerra, para capturar hombres y mujeres que sirvieran como fuerza de trabajo en las plantaciones de caña de azúcar, de tabaco y algodón, en las minas y los obrajes, en la cría de ganado, en las casas de los europeos, etc.

Desde los inicios de la Colonia en la Nueva España, los africanos esclavos tuvieron dos modos de asumir la sujeción: la sumisión o la rebeldía. Los europeos poderosos tenían como esclavos acompañantes a negros autorizados para portar y utilizar armas en defensa de su amo. Los esclavos domésticos, sobre todo, se asimilaron a través de la servidumbre y, en ocasiones, pudieron obtener su libertad como dádiva “cristiana” o comprándola con oro. En las ciudades, los esclavos se rebelaron contra los españoles (para ejemplo, el alzamiento de 1537 en la ciudad de México, que fue reprimido a sangre y muerte por órdenes del virrey Antonio de Mendoza); y en las zonas rurales, la huida y las rebeliones fueron más frecuentes.

Aunque muchos investigadores niegan el fenómeno y pretenden “desmitificarlo”, el cimarronaje fue decisivo para la conformación de las actuales comunidades afromexicanas de la Costa Chica de Guerrero y de Oaxaca, según puede fundarse en las investigaciones de Aguirre Beltrán; independientemente de que el fenómeno se puede documentar y constatar sin refutaciones en la historia de Yanga (primer palenque o quilombo donde los cimarrones lograron negociar con la autoridad colonial y obtener tierra y libertad) o la ciudad de Córdoba (creada con el propósito de combatir a los cimarrones). Además, Huatulco, Coyula y Huaspaltepec (en Oaxaca) y La Sabana (en Guerrero) son nombres ligados al cimarronaje. Por otro lado, las cien familias de negros que trajera don Tristán de Luna y Arellano a esta zona de la Costa Chica, “recobraron” y ejercieron su libertad al vivir casi sin sujeción.

Los modos de la independencia

En la copla popular de la Costa Chica es posible encontrar rastros del cimarronaje, huellas de las actitudes libertarias e independentistas de los individuos que preferían la huida y sus riesgos y sufrimiento antes que la esclavitud, que luchaban por su dignidad. Valores como el gusto, el orgullo, la insolencia lo igualado son ejemplos que denotan conductas independientes, de la capacidad de los actuales afromexicanos para asumir la responsabilidad de su persona; son valores que denotan la actitud de resistencia, de rebeldía, ante la intromisión y la imposición de extraños y ajenos; su dignidad. Lo más revelador del asunto es que tales valores no sólo competen a los hombres, como generalmente se piensa, sino que son vividos y expresados por las mujeres. En ese sentido, conviene resaltar que en una zona pluricultural como la Costa Chica, donde conviven mixtecos, amuzgos, nahoas, afrodescendientes y mestizos, las mujeres negras (incluso casadas, aparentemente sujetas a un hombre) tienen y se les atribuyen y reconocen, por propios y extraños, conductas “hombrunas”, como la ejecución de trabajos pesados, el montar a caballo (como puede observarse cada año en la fiesta de Las Capitanas), el gusto por bebidas alcohólicas y el baile; además de actitudes de independencia y autonomía, de atrevimiento, de intrepidez y liberalidad, de autosuficiencia, de desinhibimiento, de dignidad.

Las coplas analizadas y comentadas aquí se recogieron en Cerro de las Tablas, Comaltepec, Cuajinicuilapa y San Nicolás, en el estado de Guerrero, y fueron referidas por mujeres, algunas ya fallecidas, como Constancia Mamatancha Jarquín, Tía Nina Figueroa, doña Amada Chegüe y doña Catalina Bruno; y otras que todavía andan por esos rumbos diciendo sus versos, como doña Berta Calleja.

En general, las coplas (nombradas entre nosotros versos) son formas versificadas de origen español, con un acentuado uso de imágenes: es una poesía muy visual cuyas coplas frecuentemente inician con imágenes varias, para luego derivar en el asunto, siendo éste muchas veces una reflexión, un consejo, una experiencia, un requerimiento, un reproche, un insulto, etc.

El gusto

Este concepto se refiere a la pasión con que se toman las decisiones personales, al ejercicio de la voluntad para vivir según los principios individuales, con dignidad, independientemente de las consecuencias que vengan, asumiéndolas, incluso, en su vertiente negativa.

Corazón, que por un bien

anda mi amor en disgusto,

corazón, paciencia ten,

tú quisiste, fue tu gusto

de amar sin saber a quién

y es causa de tu disgusto.

El verso tú quisiste, fue tu gusto es significativo, pues la voz que conversa con su corazón le pide que acepte las consecuencias por haber amado y seguir lastimado por el amor trunco o fracasado, por la falta de correspondencia, siendo que hizo su gusto, lo que se le dio en gana y, en esencia, esa decisión por sí misma vale la pena y justifica la conducta tenida.

—Vámonos chinche, al piquete,

le dijo la pulga al piojo.

—Contigo me he de casar,

y no le hace que seas flojo.

En esta copla, además de que la protagonista pretende hacer su gusto al casarse con hombre flojo, toma la iniciativa al ser ella quien actúa. Y el ejercicio de la voluntad, según el gusto, se aleja del capricho, porque se asume sin tibiezas las consecuencias visibles y posibles (en este caso, la condición de flojo del doncello púbero, y la consecuente ausencia de maíz para las tortillas porque, de seguro, ni milpa hace el hombrecito, aunque, y de muy seguro, sea bueno para hacer tronar el catre talámico).



El orgullo

Ligado al gusto, el orgullo es su consecuencia inmediata, condensa la satisfacción que proporciona, y coloca al individuo o la individua en una posición moral invulnerable, puesto que se hizo lo deseado y se asumieron las consecuencias por ello.

Yo soy la hija de Adán,

la que nació por entojo.

Quisieron formarme un plan

pero se picaron ‘l’ojo.

Como soy de Huehuetán,

no sudo ni me acongojo.

No sudo ni me acongojo, decía doña Amada Chegüe, y en esa línea podemos ver el cuerpo del orgullo. Aunque más parece hija de Zeus Tronante, la protagonista de la copla hace su gusto desde antes de existir: nació por decisión y antojo propio; y los enemigos no la vulneran, ante ella se pican el ojo.

Subí a la punta del palo

a divisar pa’l rincón.

Mi negrito es muy bonito

como una flor de algodón,

yo no dejo de quererlo

hasta botarlo al panteón:

primero le echo la tierra,

luego le pido perdón.

En los terrenos del amor ocurre lo mismo: aunque la amada diga amar a su negrito muy bonito para toda la vida, no está dispuesta a sojuzgarse, a pedirle perdón (el motivo poco importa), excepto ante su muerte. El orgullo, esa independencia moral, esa dignidad a ultranza, lleva a la coplera a rendir cuentas sólo a sí misma y, en caso extremo, a su amado muerto, es decir, a La Muerte. Es curiosa la comparación/contraposición que ella hace entre su amado y la flor de algodón: dicotomía: blanco/negro; similitud: negro amado = flor preciosa (y preciada, si tomamos en cuenta que hasta principios del siglo xx la Costa Chica fue zona algodonera). Pero el orgullo también puede pasar al desprecio del otro, del ajeno, y ser hostil:

¡Quítate de aquí pelón,

repelón de mis quintales!

Ya no cortan tus tijeras

ni arrempujan tus dedales.

Valerás para quién quieras,

pero para mí no vales.

“Es que me andaba chinga y chinga, puro detrás de mí”, dice Mamatancha para contextualizar la copla que compuso a un comaltepeco que la acosaba; desde entonces, dice, dejó de pretenderla con desmesura. Ser podedor podedora es la condición de él o de ella, quienes actúan con orgullo y se jactan de su conducta.

Me quisiste, yo te quise.

Me olvidaste, te olvidé.

Buscaste nuevos amores,

y yo, sin buscar, jallé.

Y lo que en los dos primeros versos de doña Cata parece igualdad entre los amantes desamados, se convierte, al final, en jactancia de ella: Yo no busco, yo encuentro, podría leerse; yo no ando necesitada, yo no me rebajo, podría decir. Y esta actitud puede llevarse al extremo, a burlarse del contrario (en este caso, amoroso):

Sobre la mesa te puse

tiras de papel ardiendo.

No porque me río contigo

pienses que te estoy queriendo;

ya mi modito es así:

es burla que te ando haciendo.



Ya mi modito es así, dice Mamatancha: es su personalidad, y no piensa ni desea cambiarla. O, como decía doña Amada:

Yo soy La Chegüe chiquita,

te lo digo en realidad

que, cuando la otra cuelga el pico,

La Chegüe, riéndose va.

La insolencia

Y del orgullo a la insolencia hay un paso. La insolencia, consciente e inconsciente.

¡Válgame, Dios de los cielos,

qué mala fortuna tengo!

Unas agradan al mundo

y yo, con mirar, ofendo.

Donde no puede uno dejar de percibir la doblez irónica de Tía Nina cuando aparenta quejarse o dolerse por su mala fortuna: al contrario, en ese verso se descubre una actitud maliciosa y retadora. Y la mirada ofendedora tiene que ver con la insolencia: la vista que se impone ante los otros, característica de gente que tiene la sombra pesada; aunque, si nos atuviéramos a que es Tía Nina quien lo dice, el mensaje de la copla tendría más fuerza, si tomamos en cuenta que era tono de alagarto. Pero el mensaje puede ser más directo:

Yo tengo unas estijeras

que llegan la punta al mar,

no cortan ni tienen filo,

pero chingan al pasar.

Saber que las tijeras no tienen filo para cortar, pensar que, aun así, chingan y dañan, imaginar la circunstancia en que fueran afiladas y cortaran... Doña Cata no se mide, dirán. Pero es de todos conocido, cuando menos en la Costa Chica, que la insolencia de las negras (no sólo de oscuro color de piel, sino de moditos) no respeta ni a los hombres fuertes y de acero:

Ya la lumbre se apagó

y un tizón se quedó ardiendo.

Alza la cara, cabrón,

que a ti te lo estoy diciendo.


Y esa furia insolente, tal vez apenas la apague la ternura amorosa del cabrón entre piernas de ella (y más, si sigue los consejos amatorios de Abelardo Marín El Disfrutoso), y encienda la brasita, y hagan lumbre en cantidad para consumirse. Porque, entre mujeres, la insolencia puede llevar al pleito sin descanso, a la enemistad que se termina sólo cuando se aniquila a la contraria:

‘garré el arroyo pa’rriba,

rompí cien hilas de alambre.

Hay cuchillos que degüellan

y perros que lamben sangre.

La que no me pueda ver,

conmigo se quita el hambre.

La insolencia es sangrienta. Lo hermoso de esta copla, además, son las reminiscencias, las imágenes que se ligan a otras distantes: Lorca, Cancerbero lamiendo la ofrenda sanguínea de Ulises. El reto no es para ciega, sino para caníbal. Porque la retadora nunca se dobla, mejor se quiebra y no recula:

Dicen que Calleja ha sido

causa de toda la acción.

Calleja nunca se espanta

ni se tienta el corazón.

O, como decía Mamatancha:

A mí no me espantan gatos

ni me acobardan ratones.

Yo saco de la olla y como,

y dejo pa’ los mirones.

Las copleras no son insolentes perpetuas; asumen esa actitud en situaciones donde esté en juego su integridad física y moral, su dignidad. Aunque Mamatancha decía que ella era muy mala, que a otras más grandes había desgreñado. A fin de cuentas, lo que pretenden los insolentes es vivir en paz, vivir bien y tranquilos, siempre y cuando no sean molestados, siempre y cuando se respete su condición de personas; y, a veces, a pesar de eso, o porque las acciones de los otros no deben hacer mella en su carácter:

Ya las tejas se cayeron,

ya se están apulillando.

Muy bien sé que no me quieres

porque tu gente anda hablando.

¡Que te busquen la que quieren

y a mí no me estén chingando!

Lo igualado

La aspiración final es no ser menos, es estar al mismo nivel que cualquiera, es rebelarse ante el sojuzgamiento e igualarse ante el otro.

Al pasar por una huerta

me corté la mejor caña.

No soy blanca ni bonita,

soy como rosa de España.

Mi color es trigueñita,

pero sin ninguna maña.

En esta copla, la protagonista, la de color socialmente disminuido, se compara con una blanca y bonita (siendo del color del trigo, moreno tostado), y sin tener estos atributos que denotan superioridad, puede compararse puesto que su condición moral (no tener maña alguna, negativa, por supuesto) y su dignidad le permiten igualarse. Doña Berta dice una copla donde esta actitud se muestra de manera abierta y frontal:

Cupido me dio un cuaderno

para que yo lo estudiara.

Yo no quiero ser querida

ni tampoco despreciada:

si hemos de ser, por igual,

y si no, que no haya nada.

Referida a la relación amorosa, la actitud, el igualamiento está expresado con claridad y de un modo directo: como iguales, en equilibrio, con equitatividad, o nada. No se hacen concesiones, con la dignidad no se transige. La independencia, la igualdad, condiciones de quien se precie de humano. A fin de cuentas, lo que se ha perseguido con la rebelión, con el cimarronaje, no es más que esa condición, la de humano, la dignidad, en toda la extensión del concepto.

Yo soy como el mái frondoso

despuntado de la guía.

Como no soy cauteloso

suspiro con tiranía.

Maíz frondoso, despuntado de la guía para mejor frondecerse: plenitud en crecimiento. Estar sometido a la tiranía propia, sin falsedades, con sinceridad, sin cautela para ser de sí mismo. Es curioso: esta copla la verseaba doña Amada Chegüe en masculino, tal vez para no perder la imagen del maíz, tan ligado a la vida nuestra. Pero tiranía es femenino. Y dignidad, también.

La otra cara

En complemento con estos valores se encuentra la amistad, la solidaridad, la ternura, la generosidad. Valores que permiten tener una visión más completa de los afromexicanos de la Costa Chica que, como cualquier otro grupo, aspiran a cantar y sufrir, a beber y trabajar, a rezar y comer, a creer y hablar, a entender el mundo y habitarlo, a morir y vivir como personas, tan inteligentes o no, dignas, como cualquier otro individuo de cualquier latitud.

Estos rastros, estas huellas de la resistencia contra la opresión, contra la violencia, contra la crueldad, contra el crimen, por la dignidad, nos permiten volver la vista hacia el origen, hacia otras tierras, y devolvernos nuestra imagen enriquecida y enraizada, para que mejor nos humanice. Lo precioso es que nuestras mujeres guarden y administren los misterios de esas huellas ancestrales y nos las den tan nuevas, tan originales, rebeldes, dignas, ante estos tiempos de publicidad excesiva y de información vacía, ante esta modernidad que no termina de terminar sin dejar de explicarse por su origen tan antiguo, ante este mercado que planea borrar nuestra identidad; y, a partir de reconocerlas, poder exclamar, con boca de doña Berta: Con otras habrás jugado,pero conmigo te espinas.

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