lunes, 24 de febrero de 2025

IV encuentro de pueblos negros

[Croniquilla larga]



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A resultas de una espontánea petición hecho por uno de los Diablos de Collantes (luego de haber bailado ante un público abundante y eufórico en Cuajinicuilapa, en la clausura del III encuentro de pueblos negros), los organizadores decidieron que el siguiente encuentro se realizara en Collantes, Santiago Pinotepa Nacional, Oaxaca, los días que iban del 22 al 26 de marzo de 2000, convocado por los grupos de danza de los Diablos, autoridades y la comunidad de Collantes y de El Cerro de la Esperanza, Santiago Pinotepa Nacional, Oax., la asociación civil México Negro, la Unidad Regional Huajuapan de Culturas Populares y el Instituto Oaxaqueño de Cultura. Para los encuentros anteriores, las sedes se habían elegido luego de analizar conveniencias e inconveniencias; en este caso, la asociación civil México Negro (la cual realmente organiza y opera el encuentro) aceptó la petición de los collanteños porque estos han participado, con gusto y empeño, en todos los encuentros. Y, emocionados por los resultados obtenidos en Cuajinicuilapa (donde el encuentro duró cinco días, a diferencia de los otros dos anteriores que se llevaron a cabo en tres días), para Collantes se optó por repetir la cifra de cinco días.

Los objetivos propuestos para el encuentro eran:

...compartir los avances sobre los problemas e inquietudes que detectaron en los tres encuentros anteriores; diagnosticar las condiciones que favorecen el desarrollo comunitario y regional de los pueblos negros; realizar un taller en el que se obtenga como resultado la formulación de proyectos para motivar y encauzar el desarrollo comunitario bajo los siguientes criterios: participativo, comunitario, sustentable, autogestivo, de corto, mediano y largo plazo; reflexionar sobre la identidad social y cultural de los pueblos negros, sobre la política y economía nacionales e internacionales, para ver el lugar que ocupamos y qué lugar queremos ocupar en el México de hoy; y, fortalecer la organización a nivel comunitario y regional, tanto de los pueblos negros como de la asociación civil México Negro, para que éste sea un espacio de reflexión, análisis e impulso del proceso de revaloración y reivindicación de los pueblos negros*.

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En la segunda mitad del xvi, gran parte de la zona costera de la Mar del Sur fue “concedida” por Su Majestad al Mariscal de Castilla, y fueron traídos unos doscientos negros y negras esclavos, para trabajos de cría y engorda de ganado. Ellos representan, en gran medida la ancestral tercera raíz de los afromestizos collanteños.

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Collantes se ubica en el margen izquierdo del Río de la Arena; sus terrenos son fértiles y están dominados por las palmeras. Según datos del Agente Municipal, Gildardo López Juárez, tiene proximadamente 5 000 habitantes; cuenta con servicios de energía eléctrica, teléfono y fosas sépticas y carece de agua potable, drenaje y pavimentación; existe en la comunidad un Centro de Salud de la SSA y dos consultorios particulares, siendo las enfermedades parasitarias, de las relacionadas con hábitos higiénicos, las más comunes; la mayoría de las habitaciones están construidas de madera y barro y, las menos, de concreto (algunas, edificadas con la ayuda selectiva del gobierno con motivo de resarcir las destruidas por el huracán Pauline, sin que se hayan atendido todos los casos, a decir de algunos afectados), y casi todas poseen patios o solares, donde siembran tomatillo, chile puya, frijol, yerbamora, chipile, plátano, mango, chicozapote y limón; se comunican con Pinotepa Nacional por medio de una carretera con demasiados baches; sus anuncios y noticias se difunden a través de bocinas aéreas; se utilizan la bicicleta y el caballo como medios de transporte local; el basquetbol y el volibol son los deportes más practicados; muchas casas poseen televisión; los niños y jóvenes se educan en un jardín de niños, dos primarias, una secundaria y una telesecundaria; por todos lados se escuchan chilenas, cumbias, boleros y baladas; las actividades económicas principales son la agricultura (actualmente se produce papaya maradol para el mercado de la Ciudad de México) y la ganadería.

Caminar por la calles de Collantes, sobre todo en los alrededores, desmiente la sensación de encontrarse en un pueblo que convive con la naturaleza: hay demasiada basura plástica por todos lados; bolsas, botellas y envolturas, sobre todo. Todas las casas vacían sus aguas sucias, de desecho, a la calle, donde se forman charcos, que a los cerdos sirven como estanques para refrescarse. Se dirige uno hacia la playa, la Costa de la Mar del Sur; en el camino siguen enseñoreándose las palmas y las grandes parotas y pochotas; frutillos, algarrobos y matas de zanate adornan los campos de siembra y de cría y engorda de ganado; es época de secas y los cultivos de cacahuate, maíz, sandía y papaya y los pastizales se riegan para que produzcan; los limoneros quedaron devastados después del paso del huracán y no han podido recuperarse ni parir como antes. Las aves, con sus cantos variados como ellas, son omnipresentes. El camino es polvo, y sus orillas, basurero del progreso: la maldición del plástico insiste y domina. La playa es fina arena y olas fuertes golpeando para esparcir su espuma a varios metros de altura; muchas aves marinas reposan al acecho de que la barra se abra completamente. Hacia el oeste se encuentra Puerto Minizo, donde se embarcaba algodón y ganado hacia Acapulco, hasta que vino la Revolución y la hacienda algodonera La Guadalupe fue abandonada, quedando sus ruinas como prueba que desde el siglo pasado Collantes existía; hacia el este, dos morenos tiran su trasmallo para capturar algunas lisas y robalos.

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El acto inaugural del encuentro fue la muestra fotográfica “Identidad afromestiza”, de Ariel Mendoza Baños, de la ciudad Oaxaca, quien ha expuesto individual y colectivamente a lo largo del país y en el extranjero, y obtenido distinciones tales como ser el ganador del Primer Premio Nacional del V Concurso Internacional Geomundo 95. El pintor y fotógrafo se propone encontrar imágenes con valores estéticos propios de la fotografía que sirvan para mostrar la realidad que viven los afromestizos de la costa oaxaqueña; su contribución a los objetivos de México Negro es ofrecer ese modo de mirar, para que la realidad fotográfica trascienda la localidad de los pueblos afromestizos y llame la atención de las instancias gubernamentales y la sociedad mexicana, en el afán de modificar las condiciones de pobreza en que viven. Por el momento, logra un gran interés de los casi doscientos collanteños asistentes a la inauguración, que se ven retratados o ven retratados a personas de la comunidad; ese sentido de familiaridad imprime regocijo al acto.

Hay una fotografía que destaca: dos mujeres, de perfil. Conversando frente a frente, contra el sol y con el mar de fondo, la una, más joven que la otra, adornada con un peinado alto, que le confiere elegancia; la otra no se adorna, como para contrastar la belleza de aquella; ambas cruzan sus brazos a la altura del pecho, en aparente actitud de rechazo, y sus rostros se enfrentan, en aparente actitud de desafío. Una línea comunica las miradas; cada cuerpo forma un bloque oscuro triangular cuyas bases descansan en la parte inferior de la fotografía, y otro triángulo de claridad que apunta hacia abajo se forma entre ambas, haciendo dramática la escena. Si se miran con atención los gestos y las miradas, se percibe cordialidad y complicidad, lo que pone en duda la naturalidad de las poses y hace entender que el fotógrafo dirigió la composición, y se puede explicar la contradicción de la actitud cerrada de los brazos sobre el pecho ante las miradas casi sonrientes.

El programa de actividades se continúa con la presentación de los invitados frasteros, los no afromestizos, quienes comparten su visión del encuentro. Los invitados de los veintitrés pueblos negros, que presuntamente forman parte de México Negro, A. C., no aparecen. Concluye el acto; los frasteros van a hospedarse a algún hotel en Pinotepa Nacional y, pocos, con alguna familia collanteña. En la calle, la gente se resiste a retirarse sin que tenga qué hacer, como ante la expectativa de algo más, o con las expectativas frustradas. El comité directivo evalúa los trabajos y se concluye que no hay la concurrencia esperada. Finalmente, se decide no dar lugar para que se realice una exhibición de vestimenta africana “porque se presta para otras cosas”.




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México Negro se registró formalmente como asociación civil para poder administrar los apoyos económicos de instancias particulares y del gobierno. Después de realizar el primer encuentro, en Corralero, Oax., el presbítero Glyn Jemmott Nelson, originario de Trinidad y Tobago, quien manda en el grupo, en compañía de otras personas, creyeron importante dar continuidad al rescate de “la identidad” de los pueblos negros de la Costa Chica de Guerrero y Oaxaca y, para ello, se constituyeron en un grupo promotor del segundo encuentro; y, luego, de los otros dos.

A pesar de aceptar que los habitantes de la Costa Chica son afromestizos, Glyn (como mejor se le conoce) se resiste a dejar de utilizar el término “negro” para designar al movimiento, argumentando que sería una concesión que restaría fuerza a sus acciones y a su presencia. “Es un modo de atraer la atención, la mirada, hacia estos pueblos. Una afirmación del movimiento”, dice. Por tal afirmación, la anterior directora del programa Nuestra Tercera Raíz, de Culturas Populares, Luz María Martínez Montiel, se oponía a participar en los encuentros y descalificaba a México Negro, acusándolo de ser un movimiento político que pretendía la segregación de los pueblos negros. El actual director, Carlos García, asistió el primer día para ofrecer al apoyo del programa y la disposición institucional para trabajar con México Negro, hecho que, al parecer, comenzará con un curso de formación de marimbistas, impartido por un músico nacional y un trinitobaguense experto en steelband.

Glyn acepta que esa afirmación tenga que estar acompañada con acciones que vayan más allá del mero escaparate cultural y del turismo social que se ha propiciado en los encuentros; sin embargo, reconoce que no han sido capaces de motivar y encauzar el desarrollo comunitario de proyectos productivos para mejorar la calidad de vida de estos pueblos:

Cuando creímos llegado el momento de dejar que el movimiento se nutriera con la participación autogestiva y fuera dirigido por los líderes naturales de las comunidades, la respuesta no llegó; por ejemplo, pocos asistieron al encuentro. Ha habido trabas organizativas; sin embargo, en el fondo, hay poco compromiso de la gente.

Existen quejas de personas como Juan Ángel Serrano (quien fuera presidente formal de la asociación), sobre que México Negro es un grupo cerrado en torno al “padre” Glyn, cuyos miembros asumen con enjundia las actividades, sin que hayan sido capaces de involucrar en ellas a más personas, como, por ejemplo, a las de José María Morelos, cuya delegación asistió al encuentro para manifestar su descontento en ese sentido, por la falta de información y para invitar al “reencuentro” de pueblos negros que realizarán el 1 y el 2 de mayo próximos. Para Glyn es bueno ver que haya otros esfuerzos, aunque poco se pueda hacer ante la fragmentación. Gran parte de la participación de los lugareños en alimentar y hospedar a los frasteros, se debe al liderazgo que sobre las comunidades ejerce Glyn como sacerdote, sobre todo por los apoyos que les ha conseguido por ser parte de la Iglesia católica apostólica y romana, como en el caso de los afectados por el Pauline.

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En Collantes, la mayor parte de los habitantes tienen rasgos africanoides: cabello rizado, piel color oscuro, labios gruesos. Existen afromixtecos, morenos con rasgos más “indígenas” y que hablan mixteco, pero sólo lo usan para ciertas ocasiones; forman parte de una cultura que presume algunos rasgos como de origen africano, aunque muchos de ellos sean discutibles, como los bailes de los Diablos y del Toro de Petate, que algunos investigadores consideran de origen indígena, como Machuca Ramírez y Motta Sánchez; para otros estudiosos, en el baile de los Diablos, que se ejecuta durante la fiesta de los muertos que regresan de sus tumbas a convivir, alegremente, con los vivos, entre los instrumentos acompasadores de la danza, están presentes el bote y la charrasca, los que no niegan su vena africana, además de la cinética de los cuerpos en el baile: en ambos, el zapateo, los gestos, manoseos, sarandeos, meneos y las evoluciones, enérgicos todos, tienen clara influencia africana**. El proceso de mestizaje fue complejo; los rasgos distintivos de los negros africanos fueron desapareciendo, al grado de integrarse con los de los indios y españoles, para dar paso al afromestizo. A costa de la palabra dicha, la memoria colectiva no registra ni transmite los hechos verdaderos de la presencia africana ni de la afromestizos en los últimos siglos; sí hace posible un riqueza verbal manifestada en el corrido, las coplas, los cuentos, los dichos y en el habla cotidiana, reforzada por la vena de la lírica popular española: la figura del griot africano fusionada con la del juglar medieval para formar al trovador-versero, presente en los ritos y festejos de bautizo, quince años, bodas y en los duelos del fallecimiento; en Collantes, la tradición de la verseada está viva en boca de las mujeres.

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El segundo día es desencuentro, porque no asisten los esperados y en las mesas de trabajo hay pocas personas locales; asisten los de José María Morelos a desacordar. Los frasteros van y vienen. Las evaluaciones sobre la presencia de México Negro en los llamados “pueblos negros” no puede llevarse a cabo porque apenas trece asistentes han participado en otros encuentros.

Se inaugura una exposición de pintura y escultura de artistas locales, la que pretende “afirmar la negritud”; sus piezas se ponen a la venta y sólo pueden ser y son adquiridos por los frasteros.

A la hora de la comida, los locales sirven y los de afuera comen, asumiendo estos papeles de una muy antigua y extendida subordinación: se encuentran en los mismos lugares, pero no se comunican con naturalidad, aunque hay curiosidad de ambos. Ni el color de la piel los acerca: los gringos son gringos, y los collanteños, pobres; aquellos, dispuestos a ser servidos y estos, a servir.

Ellos, los negros frasteros, miran el asunto desde la perspectiva racial y suponen que convendría ligar este movimiento negrista con los reivindicaciones de los negros norteamericanos; les resulta difícil entender que las causas de la pobreza en estas tierras se debe a condiciones económicas y políticas. “No es un movimiento político”, se cuidará de aclarar Sergio Peñaloza, de Cuajinicuilapa, presidente de México Negro, quien, luego de instarlo a contestar, acepta que Glyn pertenece y dirige la asociación; a su vez, Glyn negará pertenecer a ella. “La ambigüedad en definir y asumir plenamente la negritud del movimiento ha hecho que la gente no se comprometa con él”, opina Glyn, aunque coincide con Peñaloza en que el movimiento no tiene reivindicaciones políticas ni se agota en lo racial y cultural, sino que ha sido incapaz de organizar a nivel comunitario a los pueblos negros para valorar su participación en la conformación de la nación mexicana, buscando ocupar un lugar protagonista en ella.

Es notoria la presencia de las hermosísimas jóvenes de la Telesecundaria en la atención a los visitantes; la Casa del Pueblo ha jugado un papel importante en involucrarlas con las actividades del encuentro, situación a la que los adultos se resisten. Ciertamente, estos se quejan de desinformación y acusan falta de interés en discutir sobre asuntos que podrían beneficiarlos, pero que desconocen y los aburren. Además, hay que trabajar en las labores del campo y cotidianas; dejarlas por asistir al encuentro, sería gastar lo que no se tiene o dejar de percibir lo que se necesita.

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El tercer día el encuentro se traslada a El Cerro de la Esperanza o El Chivo. Lo primero que causa rareza es ver a indios educados enseñar a los negros a percutir los parches de las tumbadoras y los tambores: se supone que estos pueden tocar estas percusiones casi instintivamente. El ritmo provoca algarabía y bullicio en las jóvenes, da sentido de fiesta, hasta que se enteran que es sólo un señuelo para atraparlos y hacerlos estudiantes del taller para la formulación de proyectos. Los frasteros se reúnen aparte para discutir sobre su visión del encuentro. Todo está como flotando, sin definirse.

El Chivo es una comunidad pequeña dominada por un cerro con casas multicolores, construidas por el gobierno para los damnificados del huracán, aunque no han sido terminadas todas ni se ha atendido a todos los enlistados para recibir ayuda. Hay casas construidas con apoyo de Fundación Azteca, FAM, X-FAM y Vamos; están hechas de adoblock, material que agrega al concreto arcilla roja, lo que abarata los costos y hace más generoso el material para mejor defender del calor a los moreno-negros. Hay pobreza y falta de servicios.

Las clases de la primaria se suspenden para sumar a los niños al taller de pintura; una niña se empeña en convencer a un niño pequeño de que las montañas son verdes y no negras. Los pintores improvisados se divierten grandemente, en tanto los profesores observan y, de cuando en cuando, llaman al orden. En otro lado, pleiten a puñetazos y jalones de cabello dos niños: el que más pega se ha dejado llevar por el llanto de coraje, y sigue llorando luego de separado porque no desquitó bien su ira; los espectadores se burlan de él por su llanto, que lo hace perdedor, aunque pegó, porque “sólo las mujeres lloran ”.

Al filo de la noche se baila el Toro de Petate: gran espectáculo que divierte por los juegos eróticos del Terrón Pancho y la Minga, por sus movimientos y contoneos; los Vaqueros ejecutantes del baile emocionan por la fuerza que imprimen a sus zapateos, porque cuando la música que los acompaña se suspende, hacen de la cancha de basquetbol un gran instrumento. La repetitividad de la música y del zapateo provocan en estado de euforia latente, apenas manifestado en las risas de los espectadores. Después de finalizado el acto, una cumbia suena en las bocinas y el cuerpo de las jóvenes de la preparatoria de El Ciruelo asumen la música con elegancia, cadencia y sensualidad; la verdadera fiesta, la no institucional, está a punto de iniciar, pero en ese momento apagan el aparato de sonido.

Este reportero se va en busca de cervezas y música a una cantina, en compañía de un amigo ocasional, discutiendo sobre marxismo y negritudes, y éste le regala un billete de two dollars. “Suerte”, dice y augura, y uno, sin saberlo ni pedirlo, aunque muy a gusto, termina encontrándo en el cuerpo y alma de Le’June (una frastera muy hermosa negra que habla francés y vive en Cuernavaca) para terminar perdiéndola al final de la parranda, después de haber aspirado su perfume y de bailar dos o tres boleritos costeños y jugar a los roles de macho-hembra, según gusto de ella, al que uno se acomoda con placer.




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El sábado era el día dispuesto para las actividades juveniles; sin embargo, los malos resultados obtenidos (sobre todo las escasas asistencia y participación) obligan a los organizadores a modificar el programa de actividades y se programa la clausura para la tarde.

Se ofrece una conferencia sobre la anemia falciforme, “padecimiento de la raza negra”, a decir de las expositoras, que se hereda y que consiste en una deformación de los glóbulos rojos que provocan oclusión en las arterias y venas, hecho que puede causar trastornos en la salud. Interesante; sin embargo, la exposición oral de estas ideas impide que pueda transmitirse a los negros ausentes la información, con la intención de prevenir ciertos padecimientos, se quejan por ahí.

El acto de clausura es el mejor preparado y el más espectacular, que cuenta con la mayor concurrencia de otros pueblos negros: Paso del Jiote, El Chivo, Corralero, El Ciruelo... espectáculo que abarrota la cancha de basquetbol y emociona a todos, al grado tal que se olvida lo fundamental, los objetivos de México Negro que se refieren al trabajo comunitario para mejorar las condiciones de vida de los negros, que les permita decir su versión de las cosas, entre otras, que ellos son lo que son y no tienen problemas de identidad, sino de pobreza.

Al mismo tiempo que ocurre esta fiesta, que amenaza en convertirse en popular, en baile de todos, en la cancha de volibol, Anastacio Molina y su grupo musical interpretan canciones religiosas a ritmo de cumbia ante algunos evangelistas, muchos de ellos afromixtecos, mientras llaman a todos a arrepentirse de la mundanidad de sus actos, de la perversión, del paganismo, de Satán y sus trampas. Y en la cancha de basquetbol, los Diablos de Collantes (latente y punzante el espíritu africano en el cuerpo) contagian su arrechura a los espectadores de aquí y a los frasteros.

Mañana es domingo; los visitantes están en sus casas o camino a ellas; queda como vestigio del encuentro un mar de basura plástica que brilla con el sol tropical, como brillan las orlas del agua del río de la Arena que transcurre hacia la Mar del Sur. Un señor se queja de que no entendió nada, ni de qué se trató el encuentro; aclara que su sobrino toma fotos de negros y las trajo a exponer, que a la mejor todo esto está bien, pero que nadie les aclaró de que se trataba, que alguien debiera decir por qué.


Diez, once años después, estos “activistas” incluirán entre sus objetivos políticos luchar por el reconocimiento constitucional de los “negros”, y comenzarán a atribuirse la paternidad de la idea, aunque ésta comenzó a divulgarla este reportero en 1999, en contraposición al concepto “negro” panafricanista de filiación gringa y al de “mestizo” de las autoridades mexicanas; incluso, estos “activistas” se atribuyeron la creación del Museo de las Culturas Afromestizas de Cuajinicuilapa. Pero no tienen los méritos que se achacaron.


** Machuca Ramírez, J. Antonio y J. Arturo Motta - “La danza de los diablos en Collantes, Oaxaca”, en: Boletín Oficial del INAH, n. 40: 24-38, 1995. En la revisión de este artículo, para su segunda edición, recupero la convicción manifestada por Motta sobre el origen africano del baile de los Diablos, escrita en su artículo “La danza de Diablos costachiquense y su africanía bantú bajo el escrutinio del tambor de fricción o bote, tigrera, nduyoo”, de 2012. Para el caso de los Vaqueros y el Toro de Petate, Beatriz Morales Fabá asegura que en esta danza tiene un origen bantú-congo, probablemente iniciada por el grupo de los esclavos sudsaharianos que ingresaron tempranamente a la Costa, alrededor de 1530. Estas personas frastereras sudsaharianas crearon en la región una “cultura vaquera negra”, a decir de Arturo Motta.

miércoles, 11 de diciembre de 2024

DE LA FLOR DE TEMPAZUCHE Y LOS DIABLOS AFROINDIOS DE LA COSTA CHICA

Para Nadia Alvarado

En estos días, recién se cierra un tiempo de dolorosa y festiva tragedia en nuestro territorio. Tragedia, porque se sustenta en la muerte de personas que amamos y que ya no están viviendo, sino en ese anfibio tiempo del sustancioso e insistente recuerdo, el que parece ser circular, repetitivo, el mismo todo el tiempo, porque nos parece que retoña cada año, pero que el propio transcurrir de los hechos alarga y alarga, y enriquece, lo que lo torna distinto, retoñado cada vez, con otras ramificaciones y floraciones, perennes, pero persistentes. Esas personas recordadas son nuestros antepasados muertos y, muchas veces, su presencia incorpórea se acompaña de dolor y de tristeza, motivadas por ese amor que les tuvimos y, sobre todo, por su eterna ausencia. Pero, también, esa tragedia es una fiesta, melancólica y humorística. Entiendo aquí al humor como esa experiencia de estar de vuelta de todo, de subsumir el dolor y la tristeza, de nutrirse de ambos, inevitables, de aceptar que las cosas han sido como fueron, pero que seguimos siendo, y, entonces, miramos esos amargos hechos pasados con nostalgia, aceptándolos, asimilándolos, con una especie de sonrisa, que no se quiebra ni se abre totalmente, con esa sonrisa en el ánimo, convencidos de que las cosas siguen y que seguirán… en tanto sigan. No es esto mera retórica; la vida es más compleja que eso, y ninguna palabrería logra retratarla; sí se puede, cuando menos, y eso se pretende aquí, atisbarla, verla de sesgo, ver esos resquicios por donde podemos observar su esencia, enriquecer nuestras vidas, con cierta ternura, con cierto contento, no total, pero sí vital. Es como decir: “¡Ya, ni modos! ¡Así fue, duele, pero, que las cosas sigan!” Y siguen, queramos o no. “¡Vivamos, bebamos, comamos y bailemos, que la vida sigue y nos exige que le demos nuestra vida, nuestros esfuerzos, nuestro propio ser para continuar!”. Que lo peor que uno puede hacer es morirse estando sano, en vida, como reconviene Sancho a Quijote, y le pide que no se deje morir.



Es una fiesta trágica entre nosotros, los afroindios de la Costa Chica, el ‘todosanto’. Pero ésta es la efímera conclusión de aquel tiempo que mencioné al comienzo, el que inicia cuando se siembra el tempazuche o cempasúchil, etc. A fines del mes de julio también inicia este tiempo de celebraciones y fiestas, ligadas, además, a la economía agrícola y ganadera de la región, que deriva, concretamente, del rodeo novohispano, eso que Jorge Arturo Motta Sánchez nombra “cultura vaquera negra” de la Costa Chica: ‘Las Capitanas’ (tuteladas por el ubicuo Santiago Apóstol, el cual fue ‘mata moros’, en la península Ibérica; después, ‘mata indios’ en la mesoamérica, y de cuyo culto y rituales y esencia también se apropiaron nuestros pueblos costeños, arrebatándoselos a los avariciosos invasores mediterráneos); el ‘Toro de Petate y los Vaqueros’ (cuya esencia es el culto al ‘Toro’ bantú-congo, ese afroindio mesteño, chimarrón, que se le escapó y se le escapa al católico-apostólico-romano San Nicolás, pero aquel, en tono de chanza, finge alabarlo, cuando, en realidad, le guiña un ojo y le baila a alguna patente fuerza ancestral, de ésas que los cubanos viejos bautizaron como ‘orichas’, pero más antigua que estos, más desposeídos de taras religiosas formales o de iglesia y culto institucionalizados que estos, incluyendo a la santería (como dice la querida Beatriz Morales Fabá), más de gente de monte, como sus gemelos preciosos que ahora llamamos ‘tono’ o ‘animal’). Anoto aquí que los vaqueros novohispanos, nuestros antepasados, se pintaban al diablo en el cuerpo o lo invocaban para ser diestros en sus oficios, y muchas veces fueron denunciados ante el Santo Oficio de la Inquisición y condenados por ello. «Para coger ganado cimarrón Miguel de Salazar imprecaba: “Ea diablos, ya es tiempo de que me améis, mi corazón, mi alma te entrego”», refiere Gonzalo Aguirre Beltrán en Medicina y magia. El proceso de aculturación en la estructura colonial, en 1963.

Y concluye este tiempo con el bailar de los diablos (esos ‘espíritos’ de muerto que regresan bailando del camposanto, zapateando y rugiendo como tigres-diablos y gritando ‘¡hurra cachucha!’ y otros ruidos, a comerse la ofrenda, a echarse unos tragos y a bailar por su territorio, a regresar a sus comederos, a volver a sus aguajes, a voltiar a sus habitaderos, a acompañar a los vivos, a marear por unos días en sus terrenos). Para ellos, para embellecer las casas y bienvenir a nuestros antepasados muertos, es que cortamos esas sagradas flores amarillas, con efusión de olores intensos y matices de colores que no lo son menos (guardan y obsequian la alegría), y las colocamos en altares y en el suelo, haciendo un camino para que lo transiten cuando lleguen. Y, después de esta fúnebre fiesta, ellos se van: “Mañana me voy, Zamora,/ y ya no me vas a ver./ No me despido de ti,/ pues te vas a enternecer// Ya se van los diablos, ¡caramba!…”. Este, digamos, anti metizaje (porque se opone a lo institucionalizado) nuestro, está también tutelado por el espíritu del tempazuche, el de la flor de las veintitantas flores, el mesoamericano.

En 1993, en el artículo titulado “La Danza de los Diablos en Collantes, Oaxaca”, de J. Antonio Machuca y J. Arturo Motta, en el Boletín Oficial del Instituto Nacional de Antropología e Historia número 40, se lee que: «Resulta que no es privativo de los grupos afromexicanos celebrar así el acontecimiento [cuyas festividades tienen como parte de su ritual una danza conocida como de los Diablos], como algunos querrían para argumentar, con ocasión de la danza de los Diablos, a favor de la existencia de una identidad étnica de raíces africanas entre dichos grupos basándose, primordialmente, en el hecho de que danzar festiva y humorísticamente en un acto de este tipo —que se supondría de gravedad y respeto, como creen, erróneamente, acontece en localidades indígenas— no reflejaría sino la vigencia de una de las prácticas africanas que para exorcizar a las almas de los difuntos tienen los habitantes de dichas localidades». Decían ellos, en 1993, que celebrar ‘todosanto’ bailando los diablos “no es privativo” de los afroindios costeños. Conviene precisar que ellos utilizan el término “afromexicanos” en esta oración, más para contra argumentar un posición política, que consideran “a favor de la existencia de una identidad étnica de raíces africanas entre dichos grupos”, que para definir a un grupo, digamos, étnico; ellos prefieren “afromestizo”, lo cual es un error semántico y político, y reducen este baile de los diablos a un mero ritual para exorcizar las almas de los difuntos, sin precisar en qué consiste el exorcismo. Nos quedan a deber, pues. Pero ese arroz con leche y panela y canela ya se comió y se digirió, mal que nos pese. Y, con este bailar de los diablos no se exorcizan almas, claro, no somos tan incautos. ¡Hurra, cachucha!

Minuciosos e inteligentes, como son, estos investigadores no se dieron cuenta de que el ‘bote’ llama y convoca a sus pares, los tigres, por ello suena como rugido de tigre, por eso también se le llama ‘tigrera’ y se utilizó (decían los grandes de edad) para llamar a esos animales en algunos tiempos. Los ‘animales-tigre’, los ‘tonos-tigre’, me refiero. Por eso, también, las, digamos, voces de estos diablos son rugidos de tigre, y con esas múltiples voces guturales rugientes llaman a sus pares, los ‘animales-tigre’. Es decir, en el baile de los diablos hay diálogo sinfónico: entre el ‘bote’ y los ‘animales de monte que son tigres’, entre el ‘bote’ y los ‘diablos-tigre’ que rugen, zapatean y bailan, entre los propios ‘diablos-tigre’, incluso, en medio del baile, algunos de ellos se encaran, se imitan, se dicen y se contestan. A este, digamos, concierto se suman los enstrumentos y el zapatear, claro. Este camino es largo y enredado; ya lo recorreremos. Pero, no quiero perder la oportunidad de anotar aquí una nota de Machuca y Motta sobre el ‘bote’ o ‘tigrera’ (utilizo esos nombres porque esos oí decir en mi infancia, más de cincuenta años hará): «Según los lugareños este instrumento era utilizado para cazar tigres, ya que su sonido semejaría un rugido. Según Moedano (op. cit.) este instrumento tendría una clara raigambre africana puesto “que se le conoce en otras partes de Afroamérica [aunque] bajo diversos nombres: ferruco en Venezuela, puita o cuica en Brasil, zambumbia o puerca en Colombia. Asimismo, ha sido registrado en diversos lugares de África tanto occidental como oriental”». Africano, el ‘bote’, al que también llaman “tambor” y “tambor bailarín”. De los mixtecos costeños le viene el nombre de ‘enduyo’ (que en mucho se asemeja en el sonar a ‘enduto’). Pero no, nada tienen que ver estos diablos con los tantos diablos de otras latitudes. Los nuestros vienen desde la mama África y se amestizaron en estos territorios con nuestros antepasados originarios.

El baile de los Diablos se sustenta en la filosofía bantú; sobre ello, Beatriz Morales escribió: «…los conceptos de “la persona”, “la sombra” y “el tono” o “el animal” [como] ejemplos de lo que la filosofía bantú aportó en la construcción de una cosmovisión en algunos pueblos de la Costa Chica, y que les permitió desarrollar una identidad cultural propia e inédita hasta entonces, como bien observó Aguirre Beltrán en Cuajinicuilapa a mediados del siglo XX».

Y explica su visión sobre nosotros, los afroindios: «La vida cotidiana en los pueblos de la Costa Chica trasluce su espiritualidad a través de la alegría con que efectúan sus bailes y su música, los mismos que funcionan como un vehículo mediante el cual expresan su solidaridad entre unos y otros; ésta es una característica predominante en las culturas y los individuos de ascendencia africana en América. De los grupos africanos bantú hemos heredado una cultura que consiste en un sistema dinámico, en el que la religión es un componente muy importante porque marca todas las actividades sociales, desde las más sagradas hasta las más profanas (yendo de lo más sagrado a lo más profano). También, las expresiones espirituales de los afromexicanos (en este caso particular, de los de la Costa Chica) están moldeadas por la filosofía de los grupos culturales del Congo. Es de este grupo cultural, Congo (Kongo), que nosotros heredamos nuestra concepción como personas en el mundo de los vivos y de los muertos vivos. Los bantú, igual que todos los grupos culturales del África Occidental, piensan en los muertos como si fueran vivos y en sus ritos les ofrecen comidas y cuando toman alguna bebida les ofrecen libación para poder mantener una relación muy estrecha, como la que tuvieron cuando el difunto estaba vivo». Atrás de nosotros, no sólo están, pues, los americanos amuzgos, mixtecos, zapotecos y yopes (por nombrar los más evidentes), sino, también, los bantú-congo y, dicen, los mandinga, quienes eran expertos en el manejo de las bestias equinas y fueron secuestrados, esclavizados y traídos para cuidar ganado bovino de los castellano-andaluces, alrededor de 1530, con otros hombres y mujeres sudsaharianos. Ellos traerían, también, las técnicas de construcción del ‘redondo’, como ha documentado Aguirre Beltrán.

Tampoco vieron Machuca y Motta que la Minga, la del danzar festivo y humorístico, es la ‘Gran Puta’: «La Minga representa las energías espirituales femeninas, es una mujer sensual que, con su movimientos rápidos y sus meneos de hombros y caderas, produce una energía de armonía y del gozo de la vida. Ella baila con los mismos ‘espíritos’ de muerto y trata de seducirlos sexualmente para que se enamoren de sus movimientos femeninos», escribe Beatriz Morales. La Minga es la vida. Bien visto, no cualquiera sale de Minga, tiene que ser alguien especial o, si no lo es, al vestirse se convierte en alguien especial: seguro de sí mismo, fuerte, histriónico, pícaro, atrevido y diestro para bailar, claro. En algunas ocasiones, de entre los mirones, se agrupan algunos para robarse a la Minga; la jalan, y los diablos corren a rescatarla, entre chanzas. Chanza, pero sí pesada. La Minga, pues, es la mujer de cualquiera y de ninguno, asegún ella lo decida, y ello le da libertad e independencia, autonomía. Como dijo una a uno que la mantenía y, por ello, le reclamó que se anduviera metiendo con otro: “Mi culo es muy mío y se lo doy a quien yo quiera. Si no te gusta, ai nos vimos”. La Minga, pues, no se somete, ni al mismo Tenango ni, si es el caso, al Terrón Pancho. Es obvio, además, que la Minga es la mamá de todos los diablos y, en ese sentido, lo es de todos, incluido el inanimado e inerte muñeco o la muñeca que carga como hijo o hija. Y, entre más le escarba uno, más sale. Y, ya saldrán, en otra ocasión, más madejas para tejer y destejer este anarquista, es un decir, mestizaje nuestro.

Todo, al parecer, inicia con un unísono múltiple ‘toque de tambor’: se deja caer el golpe del zapatear de los diablos en el gran tambor de la tierra, y el ¡golpe!, el grito, los gritos que se desgranan en el viento, roncos, graves, raspando las cuerdas bucales (tigres rugiendo), para llamar, para despertar a los ‘espíritos’ de muerto, en el camposanto o panteón (aunque no siempre se pueda hacerlo en ese lugar, pero se prefiere). Luego, la música del ‘bote’, de la flauta y de la charrasca o quijada (dientes y muelas secos de una vaca muerta o, tal vez, de un toro) y de la guitarra y el violín, o del saxofón o del mp3. Y el baile.

Beatriz Morales explica que el diablo que baila fungirá como ‘médium’ o el ‘caballo’ del ‘espírito’, porque estará cargando al muerto, quien estará ‘montado’ encima suyo; así, a través del baile, los diablos-persona se convierten en ‘caballos’ de los espíritus de los muertos, de nuestros antepasados difuntos, para, después del baile ritual, transformarse en aquellos. Cuando ellos bailan, sus cuerpos están doblados hacia adelante y sus brazos están sueltos y son movidos hacia atrás y hacia adelante, con rapidez; sus cuerpos parecen los de una persona muerta, que ha perdido su fuerza vital. Esa posición de su cuerpo resulta idónea para que sea ‘montado’ por el ‘espírito’, quien, al ‘montarlo’, al poseerlo, podrá comunicarse con los vivos. Al mover la cabeza de una manera enérgica y violenta, pareciera que los diablos se resisten a ser cargantes, a ser montados, como negándose a aguantar esa pesada carga. Cuando, al final del baile, los diablos se botan al piso, es como si ya hubiesen sido poseídos: están preparados para comunicar a los muertos con sus gentes, los vivos, son ellos mismos los ‘espíritos’ de muerto (del mismo modo en que la cruz de madera transporta la ‘sombra’ del difunto, después de que se hace “la levanta de sombra”).  Esta investigadora sostiene que en este ritual de los diablos es donde los afroindios “bailan” sus creencias y “recuerdan” su identidad africana: con un zapateo fuerte en el piso imprimen el código de la sabiduría de los viejos africanos. La africanidad, que nunca se pierde, aunque las personas no estén conscientes del origen del baile. 

Y así, van caminando y bailando los diablos transfigurados a las casas de sus gentes, las moradas de los criollos que celebran a sus difuntos con este baile, con esas flores, con esas ofrendas, con esas músicas, los que piden que vayan a bailarle a sus muertos ante los altares que adornaron, y a por la ofrenda, para agasajarlos y, si se puede, cooperar con unos centavitos para el grupo; con esa alegría (creada y promovida grandemente por la Minga, en principio, y por su primer marido el Tenango o Diablo Viejo, el de la cuarta, el que ruge más que los demás, el más viejo, el más ñaco, el que da los chicotazos más recio, el de los cachos más grandes, el diablo de la campana o el cencerro, el que jefatura a sus hermanos e hijos espíritos de muerto que regresan por sus comederos, a quienes estimula y disciplina); de esa alegría que concita la Minga al chancear con los hombres a los que les ensarta su hijo o hija, con las mujeres que hacen bola y bulla a su alrededor, y la provocan, la chulean, la tutean, se hermanan; con la bola de chamaquitos que la sigue como enjambre de zancudos hambrientos y que ella dispersa a chicotazos al aire (y, a veces, en el lomo de alguno) de vez en cuando, nomás pa’ que se diviertan, sobre todo cuando alguno de ellos se atreve a chucharle el culo, también por diversión y picardía de él mismo y de sus compañeros y, por ende, de todos los mirones y las mironas); y, junto con la alegría está ese dolor por la pérdida permanente del difunto, hermanados en esta celebración. Por cierto, los diablos de Cuaji no van a misa a la iglesia, no tienen nada que ver con los curas, no transigieron con ellos, son indómitos, son mesteños, son insolentes, son igualados, son podedores, son cimarrones. Son diablos.

Hay algunos estudiosos, de esos de academia, que piensan y afirman que este baile de los diablos es un juego. En realidad, en esto los frasteros han ganado terreno y han convencido a muchos que este baile debe ser y es un mero juego, algo superficial y vacío de sentido, una mera diversión, un mero espectáculo. El asunto viene de largo. Machuca y Motta dicen que: «Parece ser que lo que influyó para este cambio fue la presencia en la localidad [Collantes] del productor televisivo Óscar Cadena, quien los filmó. Y a raíz de su publicitación por televisión, el gobierno del estado de Oaxaca les financió –aunque para estas fechas, no totalmente– la adquisición de su indumentaria –que no su selección– a fin de utilizarlos como representantes del estado en los concursos dancísticos interestatales que promueven las distintas entidades gubernamentales. Ello ha llevado también a los integrantes del grupo a organizarse “profesionalmente”. Han nombrado su “encargado de relaciones públicas”, quien establece las tarifas que se deben cobrar por fotografías, grabaciones, etcétera. Tienen también un encargado y un tesorero, estos últimos, parece, anteriores a la presencia gubernamental y televisiva. Hay también un comité que se encarga de nombrar a los jefes de los danzantes y de reproducir socialmente, al impartir su enseñanza, la danza». Ello ocurrió hace más de treinta años y ha continuado hasta ahora.

O sea, que los frasteros han convertido este rito tradicional en un juego, en un espectáculo, en un ‘show’, en un tema de tesis hecha sobre las rodillas, con la complicidad de muchos paisanos ‘culodulce’, seducidos por ‘la fama’ y los centavos. Alrededor del año 2000, miré un programa del Canal Once, llamado “Mochila al hombro”, en que unos muchachos urbanos acudieron a entrevistar a personas implicadas en el baile de los diablos, precisamente en Collantes. Ante algunas preguntas de los televisioneros, unos muchachos les respondían, por ejemplo, que la charrasca se obtenía de un caballo sagrado, que había sido cuidado para ello desde su nacimiento y que, llegado el momento (a los dos años, creo), tenía que ser sacrificado en una ceremonia especial para obtener de él la quijada con la que se elaboraría la charrasca. Y tonteras por el estilo. Pero, decir que traicionan a nuestros pueblos los criollos que le entran a este aro, sería una acusación excesiva: se traicionan a sí mismos, se engañan a sí mismos. “Pero los llevan a bailar a Bellas Artes”, arguyen algunas personas. No hay, pues, mejor prueba de esa traición auto infligida: asumen que el baile es un mero espectáculo, un mero juego para divertir frasteros. Están, pues, fuera de sitio y de ocasión. Aun sin ellos, este tiempo del tempazuche (de las afroindias capitanas, del toro y los vaqueros, de los diablos) renace cada vez que esta verde mata brota del suelo y, en un tiempito, se luce de alegres amarillos, cuyo olor nos recuerda que estamos y no estaremos, y que alguien tal vez nos lleve a bailar, diablos, a la vieja casa, al hogar de carne y hueso y sangre y sudor cuando nos llegue el tiempo. Bien dice Pakal que no hay que dejar de poner altar, que es una tradición nuestra.


AÑIDIDO

En Madrid, diciendo yo que era de México: "¡Qué rico será su rey de ustedes, pues de allá viene tanta plata!". En la oficina del rey en Madrid me sucedió entrar, y diciendo que era americano se quedaron admirados. "Pues usted no es negro" —me decían—. Por aquí ha pasado un paisano de usted, me decían los frailes de San Francisco de Madrid y preguntándoles cómo lo conocían, me respondieron que era negro. En las Cortes, el procurador de Cádiz, clérigo filipense, pregunt´si los americanos éramos blancos y profesábamos la religión católica. En algunos lugares, oyendo que yo era de América, me pedían razón de fulano o zutano; es fuerza que usted lo conozca, me decían, pues tal año pasó a las Indias. Como que éstas se redujesen a algún lugarejo. Cuando yo llegué a las Caldas, iban los montañeses "a ver al indio" —así decían. "La España, dice el arzobispo de Malinas en su 'Guerra de España', sólo pertenece a la Europa en razón de la religión; es de África, y sólo por error de geografía se coloca en Europa".

Al entrar uno en Nápoles le parece a uno que entre en un pueblo de indios, porque tiene el pueblo el mismo color. Especialmente son morenas y feas las mujeres, y mucho más bien parecidos los hombres comparativamente, cosas que notan todos los viajeros.

Un Papa del siglos xii mandó dar libertad a todos los cristianos, como confiesa Voltaire en su análisis de la Historia. Tenían los romanos en su gentilismo derecho de prostituir a sus esclavas para vivir a su costa, lo que todavía se practica en las Antillas con las negras.


Memorias, Fray Servando Teresa de Mier. Circa 1820.


[4 de noviembre de 2024]


miércoles, 6 de noviembre de 2024

UNA TRAGEDIA MULTICULTURAL, EN NUESTRO ORIGEN

LAS SEÑAS DEL MESTIZAJE



(22 de octubre de 2024)

El mestizaje nuestro no tiene como origen un idilio, no fue una telenovela (uso un término actual) o un romance de los inscriptos en las llamadas revistas del corazón del siglo XX… tampoco se inspiró en el platónico amor cortés europeo del siglo XIII; menos, fue un encuentro entre dos mundos. Tuvo razón Octavio Paz en calificar el origen del mestizaje nuestro como una violación del padre a la madre: de la Castilla (la España) a la, ahora, América (la de múltiples nombres o naciones: Tzempoala, Tlaxcala, Tenochtitlan, Texcoco, Atzcapultzalco, etc.; los míticos Mictlan, Tollan, Meshico, Chicomostoc y más; Tlachco, Tlapa, Zacatula, Acapulco, Acatlán, Azoyuc, Igualapa, Pinotepa, Tehuantepeque, Guatulco, etc.).

Escribió el burócrata José Iturriaga de la Fuente, en su libro “Viajeros Extranjeros en Guerrero”: «…Hernán Cortés fue el iniciador de la nación mexicana… No se trata de ser hispanistas o indigenistas, posiciones ridículas en quienes somos producto de la mezcla de ambos orígenes». Somos mestizos, plantea, en sentido biológico, y según las clasificaciones de casta novohispanas: Mestizo, quien desciende de la mezcla entre español/española e indígena/indígeno. Ridículo, el burócrata universitario parasitario. En su currículum burocrático, en su carrera, aparecen palabras como ‘multicultural’, ‘pluricultural’, etc. Y racista, claro, igual que el también burócrata Octavio Paz, quien en su “Laberinto de la soledad” habla de los mismos protagonistas: de españoles y de indígenas, omitiendo a los compañeros de los primeros en la tal conquista, conquistadores ellos mismos, a los de piel oscura, a los de color quebrado, a los negros (‘dioses del agua’, por su color, a decir de los tlaxcaltecas) latinizados o ladinos, como Juan Garrido (cercano a Cortés, quien lo envió a explorar la región de Michoacán y las costas de Zacatula en busca de oro), Juan Sedeño y Sebastián Toral. Racistas burócratas, ambos, como nos han enseñado a ser en este país y, creo, en todas partes.

Víctor Gómez Pin, en su libro “Filosofía. El saber del esclavo”, denuncia que existe «una humillante jerarquización… entre los humanos que acumulan alimento cultural, en definitiva, prescindible, y los que sólo poseen lo esencial. […] En tan generalizada, como estúpida jerarquización, reside, quizá, la matriz psíquica de todo racismo. Racismo que mutila radicalmente, tanto al que lo ejerce, como a la víctima, y ante el que ésta sólo podría revelarse en términos que vinculan intrínsecamente alma y cuerpo», y propone que, «en el presupuesto ético de impedir que tales prejuicios sigan desarrollándose, es condición de posibilidad de todo esfuerzo, no ya por resolver, sino por aproximarse a la problemática que realmente a todos por igual nos constituye, aproximarse a la problemática de la verdad»; es decir, reflexionar, desde la ética, para entender esta problemática es algo que «a todos por igual nos constituye», es decir, es algo que está al alcance de todas las personas, más allá de la posición jerárquica que se nos otorgue en el sistema económico, social, político y cultural (entre quienes tienen demasiado y entre los que tenemos lo esencial, pasando por los previsibles estados intermedios). Apela, pues, a reflexionar, a pensar, a filosofar, para impedir que esa «posición diferencial jerarquizante de los diversos humanos [que] equivale a apartarse de tal lugar de la verdad, [que] equivale a sustituir el deseo de verdad por una tendencia a algún tipo de identificación narcisista y forzosamente edulcorante» siga imperando en las relaciones entre las personas, y ello es asunto de todos nosotros. Filosofar y actuar, para cambiar.

Más allá de que Hernán Cortés no fue el iniciador de la nación mexicana (un individuo no es tan poderoso, aunque los conquistadores-colonizadores y sus descendientes privilegiados, a lo largo de siglos han empoderado —valga esta mala palabreja para esta jodida situación— esta falacia), tampoco los mexicanos descendemos solamente de esas, digamos, raíces humanas: la española-mediterránea y la mesoamericana, sino que, desde el mismo instante de estar presente los violadores en la violada América (sigo a Octavio Paz), también estuvieron presente sus siervos y esclavos, los de color quebrado u oscuro, los infames por su sangre africana (una gota), a quienes se llegó a calificar como “nuestra tercera raíz”, por parte del Estado mexicano, a fines del siglo pasado. La doctora Luz María Martínez Montiel fue (falleció hace algunos días) la teórica más relevante de la inclusión en la historia oficial de México de los hechos ligados a los africanos negros esclavizados que fueron traídos, durante siglos, por los españoles, a lo que llamaron la Nueva España. Esta investigadora también fundó el Colegio de Estudios Latinoamericanos en la Universidad Nacional Autónoma de México, porque, a mediados de los años setenta del pasado siglo, no existían condiciones para que fuera de estudios sobre la tercera raíz. Racismo institucional, claro. También fundó, ideológicamente, es decir, impuso la visión de la colección del Museo de las Culturas Afromestizas “Vicente Guerrero Saldaña”, en 1998, en Cuajinicuilapa de Santa María.

Regreso al tema central. Todavía, en 1749, el segundo conde de Revillagigedo escribió: «Al paso que se prohibió en América la entrada de los europeos y personas blancas [la Corona española no quería compartir la riqueza de estos territorios], que hubieran mejorado de muchos modos la raza de los indios, se han conducido a grande costa, negros que en todos sentidos han afeado la casta india, y han sido origen y principio de tantas castas deformes, como se ven en estos reinos. Ellos ahuyentan también a los europeos, del servicio doméstico y de algunos otros ejercicios, porque no es fácil que con las ideas que se tienen en todas partes, de las gentes de semejantes castas, se atrevan a alternar con ellos los que vienen de Europa». Y esa idea, la de la fealdad por el color negro u obscuro de la piel de los amestizados y sus castas, de donde provenimos los costeños, todavía se opone, entre nosotros, a la de la belleza de las personas blancas, y se enuncia más o menos así: ‘Cásate con una blanquita o un blanquito para mejorar la raza’. Pase de casta o de raza, le dicen a este fenómeno. Racismo ancestral y cotidiano, actual, nuestro.

Y es que, desde 1697, ya hay quejas de los ‘ilustrados’ europeos mediterráneos que visitan estas tierras sobre la abundancia y proliferación de los negros, como escribe Juan Francisco Gemelli Carreri, al referirse a Acapulco como un lugar difícil de habitar y lo llama «humilde aldea de pescadores, mejor que el engañoso de primer mercado del mar del Sur y escala de la China, pues que sus casas son bajas y viles y hechas de madera, barro y paja», donde proliferan “graves enfermedades”, calor agobiante, fango e incomodidad, y remata: «Por estas causas no habitan allí más que negros y mulatos, que son los nacidos de negros y blancas…». Informa, pues, de ese proceso de mestizaje del que provenimos, no sólo, de los indígenas y los españoles, sino, de negros y mulatos. También informa sobre algunas cualidades extraordinarias que les observa: «El domingo, día 17 [de febrero], por ser el primero del carnaval, después de comer corrieron parejas a caballo los negros, mestizos y mulatos de Acapulco, en número de más de cien, con tal destreza que me pareció sobresalían en mucho a los grandes que yo había visto correr en Madrid; aunque los de Acapulco solían ejercitarse en este juego un mes antes. Sin mentir, puede decirse que aquellos negros corrían una milla italiana, cogidos unos por las manos y abrazados otros, sin soltarse un momento, ni descomponerse en todo aquel espacio».

Mestizaje que se hace, proceso inacabable, en el que la violencia fue la moneda corriente con la que los castellanos y sus aliados tlaxcaltecas y tzempoaltecas y cholultecas y texcocanos (et. all.) cobraron el imperio (no tengo otra palabra para designarlo, aunque no creo que sea exacta) de los azteca. Los primeros que supieron que la presencia de los invasores castellanos mediterráneos, en este territorio que ahora llamamos México, no implicaba, ni su descubrimiento (el tal ‘Descubrimiento de América’), ni un encuentro (de ‘Dos Mundos’), fueron los pueblos, digamos, americanos: primero, quienes vivían en lo que ahora llamamos Caribe y, después, la multitud de los que ahora llamamos mesoamericanos. Y, la muy choteada idea del encuentro entre dos ‘mundos’ fue examinada por Edmundo O’Gorman en un artículo titulado “La falacia histórica de Miguel León Portilla sobre el ‘encuentro del Viejo y el Nuevo Mundos’”; allí concluye: «Ahora bien, lo verdaderamente grave de ese hecho que he calificado de ‘eufemismo interpretativo’ estriba en que implica, si no el olvido, si el ‘ocultamiento’ de un capítulo del devenir histórico iberoamericano, proceder que hace sospechoso de improbidad intelectual a quien incurra en ello». Improbidad: falta de moralidad, integridad y honradez en las acciones, informa el diccionario.

Miguel León Portilla explicó que «hubo, ciertamente, enfrentamientos y violencia, pero, a la postre, se produjo acercamiento, fusión y mestizaje, no sólo biológico, sino cultural». Pensaba en ello hace un rato, y pensé (no lo he olvidado) en que mi padre golpeaba a mi madre (es una metáfora recurrente en nuestras vidas costeñas), y aunque desciendo de ambos y los quiero a ambos, no puedo olvidar que él la golpeaba; que él la sedujo, la conquistó, la preñó con un montón de hijos e hijas, y, después, la ignoró, se buscó a otra, etc., por lo que ella tuvo que aguantarlo, reclamarle y, obviamente, guardarle rencor e inocularnos éste al montón de hijos que tuvieron. Y, me llega el adagio: ‘Al que preña, se le olvida; a la que empreñan, nunca’. Pero, éstas son meras ideas caseras.

Vamos con O’Gorman: «…en verdad, sólo hubo una entrañable asimilación ontológico-histórica de la realidad natural y moral americana a la del mundo europeo, el inventor del concepto mismo de ‘cultura’, entendido, por definición, como universal». Ni ‘Descubrimiento de América’, ni ‘Encuentro de Dos Mundos’, pues. Mestizaje de entes igualmente potentes, dice uno ahora, aunque, en apariencia, según una visión, los invasores hayan destruido violentamente a los invadidos; y, en otra visión, ambos se hayan reconciliado. Hubo dominio de los primeros sobre los segundos, claro, pero no sometimiento absoluto. Además, esos entes (mediterráneos y mesoamericanos) se enriquecieron con la presencia forzada de los africanos, siendo África un continente de civilizaciones como Kémit (antiguo Egipto), Áxum (Etiopía), Nápata-Méroe (Sudán), la meseta rhodesiana (Zimbabwe), Kilwa (Tanzania) y Mapungubwe (Sudáfrica). Precisemos que los secuestrados, esclavizados y traídos a la Nueva España desde el siglo de la conquista provenían fundamentalmente de La Mauritania, Bilad-es-Sudán, los ríos de Guinea, los ríos de Sierra Leona, la fortaleza de São Jorge de Mina, el establecimiento de São Thomé, Manicongo y La India de Portugal.

Por ello, las relaciones erótico-amorosas más recurrentes en la Nueva España ocurrieron entre los explotados, excluidos y pobres, cuyos descendientes fueron clasificados en primera instancia como castas mestiza (español-india), mulata (español-negra) y zamba (negro-india); es decir, la mayoría de la población fue ubicada allí y el abigarrado proceso humano de mestizaje entre ellas produjo innumerables individuos clasificados, con motivo de control y sometimiento, como castizos, moriscos, albinos, torna-atrás, lobos, zambaigos, cambujos, albarazados, barcinos, coyotes, chamisos, coyote-mestizos, ahí-te-estás, tente-en-el-aires, gibaros, calpa-mulatos, etc. Hasta que llegó la Independencia y, todos: mexicanos. Y ese mestizaje, a lo largo de siglos, se ha enriquecido con grupos humanos provenientes de otros rumbos, como del Pacífico asiático, por ejemplo.

Que esa destrucción de ‘los vencidos’ y sus descendientes fue aparente lo prueba nuestra historia, la de los últimos cinco siglos, en que su resistencia se opuso y guerreó, tanto en batallas regionales, como en gestas nacionales, para concentrarse en la gran guerra por la independencia y por la abolición de la esclavitud y el sistema de castas, en la guerra de reforma y en la revolución mexicana; y, en tiempos actuales, en la guerrilla, en el 68, en las batallas electorales por conseguir que alguien semejante a uno, como Andrés Manuel López Obrador y, por ende, Claudia Sheinbaum, llegara a tener el poder político del país, en afán de justicia económica, social y política, antirracismo, inclusión, etc.

Confrontación, negociación y coincidencia. El mestizaje no se detiene. De que nuestros ancestros no fueron exterminados, nosotros somos la prueba. De que el mestizaje que nos hizo, nos hace y nos seguirá haciendo no viene de un idilio, sino de un tragedia multicultural, nuestras experiencias, nuestras palabras, nuestras carencias, nuestras luchas y nuestras aspiraciones son prueba.


AÑIDIDO

A UNA COSTEÑA


Negra del corazón ¿por qué tan fea

te muestras hoy a tu galán querido

y corres por no verme cuando has sido

pegajosa otra vez como jalea?


No rompas tu corona de zalea

en medio del berrinche… presta oído,

nada te pedí nunca, ni te pido.

¿Dices que me aborreces? Vaya, sea.


A tu desdén mi risa sobrepuja.

Soy un bruto en tomar por un instante

como un ángel de Dios cualquier maruja.


Adiós, adiós, oh gente maleante,

sólo me duele que tu amor de bruja

haya puesto mi cuerpo hecho un bramante.


Ignacio Manuel Altamirano.

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