lunes, 8 de marzo de 2010

HABLANDO DE MUJERES Y TRAICIONES


Para la gata que ronronea si le rascan la espalda

El síndico de mi pueblo quiere con una empleada del Ayuntamiento; la acosa y no le puede. Ella va con un par de regidoras, lo acusa, le prometen ayuda. Las dos ediles van con el presidente municipal, denuncian la situación, las escucha, y hasta allí para el asunto: José Guadalupe las ve, las oye, les da palabras de consuelo, y las despide. Es normal, es común, aunque no debiera. El uso del poder para conquistar el cuerpo y la voluntad presionada de la otra, como hacen los funcionarios de todas las latitudes del planeta. Como hacen casi invariablemente quienes están en una relación de privilegio con respecto a las mujeres con quienes trabajan, enseñan, estudian o conviven. Común, normal, parece.

Día internacional de la mujer, 8 de marzo. Hace unos meses, un hombre de 21 años “se robó” a una niña de 12; se casaron y asunto resuelto. No voy a abundar en que se le jodió la vida a ella, eso todo mundo lo sabe y lo acepta. Es común, es normal, parece natural. Así son nuestros usos y costumbres. Claro que criticamos acerbamente (y en el fondo tal vez envidiamos esa práctica) a los indiacos (terminajo recién aprendido por mí para entender cómo discriminamos). Esos indiacos son “los que viven de Ometepec parriba, hablan dialecto y venden a sus hijas” vírgenes en menos de lo que cuesta una vaca lechera. Chiquitas, y ya las venden, dicen, decimos. Es cierto que el uso de dinero a cambio de la simbólica indemnización por despojar a la virgen ha pervertido la situación; esa moneda de cambio, entre nosotros es el matrimonio, y cuando el asunto no tiene solución por esa vía viene el dinero: hasta 50 mil se paga por una virginidad o una honra (concepto éste más acertado, dado que no siempre se topa el tomador con virgen sino con experta). En fin.

Sigo mi ensarta de anécdotas que retratan a la clase política que gobierna el municipio. Pues, bien, lector morboso: para consolarse, la chava a la que no le pudo el síndico anda con el subdirector de seguridad pública. Se sabe que uno de los usos que le dan a las patrullas es llevarla y traerla de su comunidad; de otros usos, se desconoce, y no se anotan aunque se sospechen o se presuman. Pero no es el único jefe que actúa así; lo mismo ocurre con el director de tránsito, cuya novia trabaja en la misma oficina y viaja con él en la famosa patrulla 02 hacia distintos e interesantes sitios, entre ellos uno cuyo nombre tiene cuatro letras. Y en esa misma oficina, el subdirector de tránsito, desde antes que su jefe, tiene a disposición esa misma patrulla para cosas parecidas, relacionadas con supuestos amores o amores supuestos. Y hasta un regidor ha hecho lo mismo. O como hace el exitoso empresario (que compró barato y cobra caro) que despacha a quien quiere y cuando quiere, el déspota (si lo dudas, lector quisquilloso, pregúntale a la regidora del mismo ramo), director de obras públicas, quien tiene a su novia en un cargo innecesario y gana el doble de lo que gana una secretaria. Por si eso fuera poco, esa novia de director de obras públicas fue novia del síndico que no le pudo a la chamaca que ahora sí le puede el subdirector de seguridad pública; pero el punto no es que haya sido novia de aquel y ahora sea novia del déspota, sino que antes de éste a ella aquel le dio un grueso apoyo (decenas de miles de pesos) como parte de los programas que manejó el Ayuntamiento para procurarle empleo a desempleados con oficio y emprendedores. Y que ahora ella gana siete mil al mes a costa de nuestras costillas, es decir, dinero del municipio, porque el déspota la conquistó y le dio chamba a un tiempo, pero no de su dinero.

Otros no tan jefes también pegan su chicle aunque sea un ratito: el licenciado que ya se refinó como a cuatro empleadas, en algo que llaman “pisa y corre”. La secretaria que las dio por tener privilegios en la oficina, o para que no la muevan de su lugar o para que la manden a otro donde no le gustaría estar. En contraste, están las acosadas que no las dan ni aunque las acosen ni las acusen. Éstas prefieren palabras de amor y atenciones que nadie les da. O las de plano inapetecibles. En fin, lector erótico, que todo parece moverse en el palacio municipal aderezado con bonitos sentimientos, pero no es así: se usa la posición de poder para conseguir desnudarlas; y ellas se desnudan para no tener problemas, para tener una mejor posición, para conseguir favores y privilegios. Tristemente nadie coitea por placer, por mero gusto, porque sí, nomás de ganas, nomás por ahuyentar los fantasmas de la destrucción del mundo.

Un amigo mío, maestro, opina que se prostituyen porque quieren, puesto que nadie las obliga por la fuerza. Yo le argumento que el mundo así ha sido hecho: para abusar unos de otros, para abusar los fuertes de los poderosos, para abusar los hombres de las mujeres. Economía, pues, nada que no se sepa, lector leyendo, y este fenómeno, el de la prostitución soterrada, de escondidas, se agudiza en tiempos de poco dinero y mucha necesidad. Mi amigo insiste en que no hay tal, que son sólo las decisiones de los individuos e individuas las que los llevan y las llevan a prostituirse. Su argumento central es que un individuo ético soportará la pobreza y todos los males habidos y por haber sin corromperse, sin prostituirse. Y le respondo que los valores éticos tienen una jerarquía móvil, que se acomoda a las circunstancias. Ejemplifico, lector moralino: la preservación de la vida humana es un valor alto, tal vez el más alto, coincidirás conmigo. Sin embargo, si tu vida está en peligro de ser privada, matarías por defenderte, ¿o no? En ese momento, se pospone la primacía de la vida humana, es decir, en general, en abstracto, por la vida propia, la individual, la mía; es decir, pasa a un segundo plano la implícita preservación de la especie humana por la mezquina preservación de mi vida, de yo individuo. Me refiero a que las circunstancias suelen influir en darle valor a una conducta por encima de otra, aunque en nuestro sistema de valores esas conductas tengan posiciones invertidas.

Con trampa y todo (según le atribuyen al regidor de desarrollo rural), se hizo un concurso al estilo de la televisión y se nombró a una niña de 15 años como reina de la feria de mi pueblo, y la coronaron. Yo discutí con alguna gente esa práctica tradicional: ¿Cómo es posible que en este pueblo exhibamos a las niñas de 15 años como mujeres eróticas? ¿No es una invitación a la pederastia? Más allá de juzgar los postizos anhelos de las niñas, pienso en que somos una sociedad machista, sexista y autoritaria, en la que los abusos en contra de menores de edad (hombres y mujeres) son cosa corriente, y al mostrarlos con atributos pretendidamente eróticos estamos aceptando tácitamente que se den conductas pederastas. Lo más grave del asunto es que estas prácticas las promuevan las autoridades como algo natural y digno de celebrarse.

No puede ser de otro modo. No pueden hacerlo de otro modo. ¿O sí? Mira, lector atento, cómo las mismas autoridades por las que votamos para que nos gobernaran permiten que sus intimidades invadan la cosa pública, el gobierno mismo. La regidora de educación, cultura y no sé cuántas cosas más, que utiliza su desbordado sex appeal para controlar al regidor de comercio y al presidente municipal; el regidor de desarrollo rural que pretende imponer a su novio como presidente de la feria; el presidente municipal que tiene a su concubina como juez del registro civil (el mismo que en su informe dijo [se respeta la redacción]: “…y por ultimo agradecerle a mi señora Esposa y a mis hijos a quienes quiero tanto, por sacrificar el tiempo de no estar al 100% a su lado y sacrificar también, parte de nuestro patrimonio; solo les pido un poco de espera y paciencia, muchas gracias a todos y cada uno de los presente y que Dios los bendiga”). Mayor hipocresía no se puede ver o, cuando menos, no se había visto tan al descubierto en otros gobiernos.

De seguro que muchos de los mencionados admiran y disfrutan aquella estúpida canción que postula a la mujeres como divinas, a las que no queda otro camino que adorarlas. Hipocresía pura, porque no se ama a una mujer o a un hombre por serlo sino por su conducta, por su comportamiento, por sus hechos, por sus acciones, más que por sus palabras; en todo caso, por la congruencia que exista entre sus palabras y sus actos. Esa canción retrata la moral de una sociedad como la nuestra, donde se finge lo que no es ni existe, donde se aparenta lo que no se hace, donde la mujer tiene asignado un papel de subordinación, sometida al dominio violento del varón, independientemente de su posición económica (casi en todos los casos). Es decir, a la mujer no se le trata como a igual sino como a esclava, a menor, a dependiente, a pendeja. Ese es el crimen; por ello es hipócrita cantar algo distinto. Por ello es hipócrita la conducta de los representantes, funcionarios y servidores públicos que he descrito, porque utilizan su posición de poder para someter, que es una forma de envilecimiento, y no es sano amar a alguien a quien se envilece; más bien, si envileces a alguien no puedes amarlo. En realidad, hablar de mujer es hablar, inevitablemente, de traiciones, de las traiciones cometidas por el varón, en general, en abstracto, y de los hombres, en tanto individuos, contra la mujer, contra las mujeres, contra cada una de ellas. Tómate esta botella conmigo, lector amigo, y a la última copa nos vamos.

(La Esquina de Xipe)

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